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miércoles, 2 de diciembre de 2020

¿Como hablan los niños trilingües?

¿Cómo hablan los niños trilingües?

Como pueden, chica. Como pueden. Y a menudo muy mal.

Cuando sólo tenía al monstruito trilingüe muchas veces me sentí culpable, (todavía me siento), por poner a mis hijos en esta situación. Cada vez que una de mis criaturas me dice "un niño me ha geschlagen", cada vez que me encuentro con la palabra "chamon" escrita para referirse a esas lonchas de embutido que se toman en pan con tomate y aceite, me digo a mi misma ¿qué he hecho, amigas? ¿No podía casarme con un vallisoletano y comprarme una casa en Pedrajas?

Para la comunicación, el lema de mi hijo es "lo mínimo imprescindible". Palabras sueltas, incluso, en un idioma cualquiera, con suspiro y puesta de ojos en blanco incluida, si es que no descifro el puzzle lingüístico que me propone. El monstruito es de los de "el cole bien", de los de "hola abuela" y preguntarme "¿qué digo ahora?",  y de los de arrugar la nariz, igual que su padre, si le pregunto como se siente.

Pero ahora viene la traductora de bolsillo. Y es distinta. Habla mucho, muchísimo, aunque la mayor parte de las veces sea en alemán. A sus cinco años me dice cosas como, "mamá, esto es lo que quiere mi corazón", o "mamá, ¿no ves que me ha roto el corazón?" Y otras menos poéticas, como cuando le llamo para cenar, y sin levantar los ojos de una hoja de papel, me responde "¡Ahora no tengo tiempo para eso, mamá!". Cuando la miro, me acuerdo de Conchita Velasco (mira que soy mayor) diciendo eso de "mamá, quiero ser artista".

¿Cómo hablan los niños trilingües? Mezclan idiomas, asesinan la erre, y no podrían hacerse pasar por un niño madrileño. Pero hablan, y son ellos mismos cuando lo hacen. Y eso es lo más importante. ¡Qué suerte tenemos de ir conociendo a estas personitas!

viernes, 29 de mayo de 2020

Una mochila llena de palabras

En mi familia tenemos un pasatiempo interesante. Coleccionamos palabras.

Las palabras están por todas partes y son gratuitas. Una vez en tu colección, puedes lanzarlas al aire, y allí hacen cosas increíbles: aterrizan en el oído de alguien y le hacen sonreír, o entran en un bar para pedirte unas patatas. Luego, ligeras, invisibles, vuelven a tu cabeza hasta que las vuelves a necesitar.

Ligeras e invisibles. Así tienen que ser. ¿Te imaginas que cada palabra pesara un gramo? ¿Que tuviéramos que guardar nuestras palabras en una mochila y llevarlas a cuestas?

Yo me imagino algo así.



A todos los bebés les gusta coleccionar palabras. Las recogen de cualquier parte, las chupan, se atragantan con ellas, las escupen, y por fin las guardan en su bolsa de viaje.



Pero a algunos bebés, cuando nacen, les dan dos o tres bolsas para sus palabras y tienen que aprender a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con su galleta como viene la otra con su sušenky, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto.



Así son mis hijos. Con los años, en lugar de acabar con todo su lenguaje bien dispuesto en una maleta, ellos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas.



Y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren.


A veces encuentran las palabras correctas, pero no las han sacado de la bolsa adecuada...



…Y el resultado no es el esperado.




Y a veces, aunque todo sea correcto...



Sí, es complicado, pero vivir con varios idiomas es también divertido. En Navidades Jezisek, los Reyes Magos y el Christkind nos alegran las fiestas.



Tres idiomas transmiten más información que uno.



Disfrutamos de pequeñas competiciones entre el equipo español y el checo.



Y de vez en cuando nos permitimos ser un poco arrogantes.


Y les permitimos ser un poco arrogantes.



Pero después de años jugando con las palabras como si fueran bloques de Lego, hay que ponerse serio porque empieza el colegio. El primer día la mayoría de los niños llevan todo su lenguaje bien organizado en una maleta. Pero los nuestros, tienen que dejar sus mochilas de español y checo en casa, y apañarse con su bolsa de alemán.



Para ayudar a niños como los míos a llenar sus mochilas, algunas escuelas proponen juntarlos en un grupo pequeño en el que se refuerce el alemán. El problema es que, si estos niños ponen sobre la mesa todas sus palabras, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke. ¿Quién les va a regalar los sustantivos que les hacen falta?



Algunas familias intentan hablar un sólo idioma en casa. Podría ser una buena idea, pero por más que busco en mi modesto bolso de mano, no encuentro qué puedo ofrecer a mis hijos que no tengan ya. Ni Eichhörnchen ni Einhörner aparecen en mi equipaje.

—Leer también vale, mujer

—¡Ah bueno! ¡Eso lo hago encantada!



Auf Deutsch, klar.





No podemos evitar preocuparnos. Pensábamos que sería un regalo vivir con tantos idiomas, pero a veces es más bien un problema que hay que solucionar. Logopedia, actividades de refuerzo, juegos educativos, libros especiales… intentamos ayudarles tanto que no les dejamos tiempo para aprender palabras del modo que siempre lo han hecho: jugando.



Así que nos hemos parado un momento a pensar…

 

 

 

 

 

…y hemos descubierto algo que ya sabíamos.


El equipaje de nuestros niños es algo especial y necesitan que les demos tiempo para prepararlo. Tienen que meter los mandiles que les regaló la abuela, los punčochače para el frío, y los Brezen que a veces compran en el colegio. El Patio de mi Casa, y Včelka Mája. Son tres maletas que no pueden abandonar, porque han guardado en ellas tres esquinas del mundo. Es un equipaje único, del que nos sentimos orgullosos.



Es un equipaje que nunca deja de crecer, y cuanto más crece, menos pesa.

Porque las palabras no pesan nada.

Ni un gramo.




martes, 12 de mayo de 2020

Lo que quiere mi corazón

Pero mamá, es lo que quiere mi corazón.

Eso me dice la pequeña traductora de bolsillo, en alemán, en pijama frente al congelador, cuando me pide el mismo helado de fresa que, hace tan solo una hora, era "asqueroso".

Claro. Si su corazón ha cambiado de opinión, ¿qué le vamos a hacer?

Me pregunto si hay alguna expresión así en español. Decir que algo te apetece se queda corto. El sujeto de la frase sigues siendo tú, pero cuando el sujeto pasa a ser algo tan caprichoso como tu corazón, ¿quién se atreve a culparte por pensar hoy lo contrario de ayer?

Quizá la frase "lo que me pide el cuerpo" sería similar, pero esta versión apunta a un apetito físico, mientras que el corazón habla de las necesidades del alma. Contra las primeras, puede uno luchar con algo de disciplina, pero al alma hay que darle lo que te pide. O eso, o volcarte en escribir poesía romántica.

La traductora me dice esto, tan segura de sí misma, con tanta naturalidad, que la discusión queda fuera de lugar. Pues nada, cariño, si es lo que quiere tu corazón, toma el helado.

En realidad estos días, los niños pasan las horas haciendo lo que quiere su corazón. Se visten cuando se lo pide su corazón, cogen del frigorífico lo que le apetece a su corazón, y es la última de sus preocupaciones salir de esta cuarentena más sabios, más ejercitados, o hablando italiano. No es eso lo que les pide su corazón ahora mismo.

¿Y quién se atreve a decir que su corazón no tiene razón?



jueves, 13 de febrero de 2020

Según se mire, una comedia

En la universidad tenía una amiga con una habilidad curiosa. Era capaz de contarte una historia, la misma historia, dos veces. La primera vez como comedia y la segunda como drama. Y eran buenas historias en todo caso, ¿eh? Porque esta amiga venía del salvaje Este, donde no hace tanto había guerras y las capitales de los países no se encontraban en los mapas mudos.

Puede que experiencias así te conviertan en alguien mayor más pronto de lo que te toca, o más probablemente, es que mi amiga siempre ha sido un pelín bipolar. Pero por la razón que sea, ahora que yo me hago mayor, y me pasa cada vez más que un día soy la reina de todo, y al otro una mota de polvo estelar, mis historias también empiezan a cambiar de género, a convertirse en thrillers, películas de terror o comedias románticas según cuando las cuente.

La sinopsis es la misma, por ejemplo, mis niños hablan cuatro idiomas. O ninguno del todo, según cómo se mire. Los diálogos incluyen líneas divertidísimas, o terroríficas, depende:

Niña: Mamá, el abuelo no me verstanden
Niño: Los deberes ya los he gehecho
Niña: Yo puedo solallein

Solallein - Sola + Allein. Porque mis hijos se ven en la necesidad de decirme dos veces la misma cosa. O porque desbordan creatividad.

Incluso los adultos nos unimos a este extraño dialecto familiar, y preguntamos a las criaturas si quieren hacer "basteln". Es una locura. Pero no sé si una locura jajaja, o una locura ayayay.

Y entre tanto, los protagonistas crecen contando sus propias historias, y son historias que no admiten género, como las de todos los niños.

"Estábamos en el patio y Leon vio una Marienkäfer, y entonces cogimos un Eimer, und der Leon sagt Ich will es zu Hause nehmen und, und... und mami, ¿a ti te gustan las Marienkäfer?"

Son historias que no me canso de oír.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Charlando con la traductora

¿Conoces esos libros en que se van apuntando todos los hitos de tu bebé? La primera palabra, cuando levanta la cabeza, cuando sonríe, cuando gatea, cuando empieza a andar, el primer diente... Como si tuvieras un experimento entre manos en el que hay que tomar medidas y asegurarse de que encajen dentro de la desviación estándar. Y si no encajan te preocupas, claro que sí. Porque los libros dicen, y los retoños de tus amigas confirman, que con seis meses los niños hacen la croqueta. Y cuando el crío tiene seis meses y todavía no se gira en el suelo, te pones de rodillas frente a la colcha de colores con luces y monitos de plástico y le haces gestos con la mano. ¡Gira! ¡Gira! ¡Venga, yo te ayudo! Y le enseñas cómo tiene que girar la pierna, y cuando al fin lo consigue corres a apuntar "Seis meses y Pocholito ya gira sólo. Es un genio".

Con el segundo experimento, es un poco distinto. Es más estar sentada en el sofá, y ver que la niña viene rodando hacia ti y decir, ¡fíjate, ya rueda! ¡Habrá que proteger los enchufes! Y darte cuenta de que no hace falta porque hace siglos que perdiste el chisme de plástico para quitar los que llevan ahí desde que el primer vástago tenía seis meses. Perfecto.

Y no está mal. ¿Cuándo empezó a andar la traductora? Pues pronto, para poder seguir a su manada si se la olvidan. ¿Cuándo empezó a hablar? Pues pronto, para poder defenderse cuando su hermano la acusa de una trastada ¿Cuándo le salió el primer diente? Pues ni idea, pero me imagino que también pronto. Cuestión de supervivencia. Así hemos vivido los avances de la pequeña. Sin presión por parte de los otros churumbeles y las revistas de la consulta del pediatra.

Y ahora nos enfrentamos a un nuevo hito. El año que viene, la traductora de bolsillo irá a la guardería y ayer fue la reunión para contarnos todo lo que hay que saber sobre el tema. Y resulta que las otras madres estaban mucho más preparadas que yo.

-Clara está emocionada con ir al Kindergaten
-Lo he hablado con Sofia y también está muy contenta. Me ha dicho que le gusta dormir la siesta en la habitación de los mayores
-Jan lo mismo. Hemos comprado una mochila nueva. No deja de hablar de hablar de los niños grandes

Y yo -La traductora no habla. Bueno sí. Dice agua, oben, ¿Quéseso? ¿Qué hases? Ich auch...
-Bueno, no pasa nada, todavía queda tiempo- es lo que me han dicho en la reunión. Pero no puede evitar una preocuparse cuando todos sus compañeros de clase mantienen tan elevadas conversaciones con sus respectivas madres. Igual es culpa mía, que todavía no le he explicado nada. Así que por la noche, con ella sentada en la encimera, mientras yo pelaba ajos, he intentado introducir el tema.

-El año que viene vas al Kindergarten, cariño
-¿Qué hases?
-La cena. Tu amiga Charlotte va al Kindergarten, también
-¿Quéseso?
-Un ajo. Los niños mayores van al Kindergarten. Tú eres ya mayor...
-¿Quéseso?
-Una cebolla. ¿Quieres ir a la misma clase que Charlotte?
-¿Qué hases?
-Cortar ajos. A ver, el Kindergarten...
-Ich auch
-¿Tu también quieres ir al Kindergarten?
-Ich auch. Cot-tá

Bueno, pues nada. O mi hija me está diciendo que aprender a manejar un cuchillo le parece más importante que aprender los colores en el Kindergarten (que todo pudiera ser con esta pequeña drama queen), o es que es muy pronto para tener esta conversación. Creo que vamos a tener que asumir como siempre que las locas son las otras madres y dejarlo estar.



jueves, 12 de octubre de 2017

Mis hijos y su equipaje

Imagina que el vocabulario, la gramática, y la pronunciación de una lengua fuese algo físico que tuviéramos que llevar como quien lleva un equipaje. Yo, por ejemplo, llevaría conmigo una maleta de las grandes con mi español, una mochila de las de montaña con mi inglés, un bolso de mano con mi alemán, una riñonera con mi checo y un monedero con algo de francés.

La mayoría de los niños nacerían con un bolso que van llenando con todas las palabras que encuentran por ahí. En la tele, en el parque, tiradas por la cocina, en casa de algún amigo... ¡todo dentro! Juntando y acumulando hasta que al cabo de un tiempo pueden cambiar su bolso por una maletita, y llevarla orgullosos a la guardería.

A mis hijos, los pobres, nada más nacer les hemos dado tres bolsos, y han tenido que ir aprendiendo a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con sus párečky que hay que meter en el bolso de checo, como viene la otra con su salchichón, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto. Así, con los años, en lugar de acabar con todo bien dispuesto en una maletita, mis hijos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren. Me duele la, el... ¿bauch? ¿břicho? ¿belly? ¡Barriga!

Al principio esto es divertido. Sacar las cosas checas en casa de los abuelos españoles y enseñarles qué pinta tiene una kráva, coger los zapatos en lugar de los Schuhe cuando te apetece, volver loco a papá jugando al veo-veo, y conquistar a camareros de media Europa pidiendo zumo en tres idiomas. Pero después de varios años de tratar las palabras como si fueran bloques de Lego con los que jugar estamos empezando a lidiar con los problemas de los niños trilingües.

Por ejemplo, una cosa que a veces les pasa es que si llevan mucho tiempo utilizando una mochila, les cuesta encontrar las cosas que tienen en otra. Es algo que entiendo bien cada vez que voy de compras en Chequia, pregunto si tienen otra talla en una mezcla de alemán-pobre y checo-triste, y parezco idiota.

Otro problema que uno se puede imaginar es que aunque mis hijos han acumulado un montón de términos y expresiones, están todas repartidas en sus bolsas, y cuando llegan a la escuela y tienen que dejar sus mochilas de español y checo en la entrada, no pueden competir con el equipaje de otros niños. ¿Floh? ¿Kopfsalat? ¿Fußballweltmeisterschaften? Esas cosas no las han oído nunca.

Mis hijos, por supuesto, no están solos en esta tesitura. Y la escuela ha decidido que la mejor manera de gestionar la situación es juntar a todos los niños que necesitan llenar sus mochilas de alemán en un grupo aparte. Eso me pone muy nerviosa. ¿De dónde se supone que van a recoger estos niños la gramática y el vocabulario que les falta? Me parece que si sacan todo lo que llevan encima y lo ponen encima de la mesa, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke, mientras que estando en el grupo normal, nadie tiene que recordar a los niños que compartan tanto lápices como vocablos.

Otra cosa que nos han recomendado es que en casa hablemos y leamos en alemán. No sé qué se piensa la profesora que tengo en mi modesto bolsito de mano que le pueda servir a mi hijo. Desde luego, por más que busco, la correcta declinación de los adjetivos no aparece por ninguna parte. Sé que la puse por ahí, pero cuando la necesito nunca la encuentro. La profesora también me ha recordado las bondades de dar ejemplo con la lectura. No he podido dejar de responder que raramente estoy a más de un metro de un libro, y que además leo libros a mis hijos todas las noches, y con gusto, poniéndoles diferentes voces a los personajes. La lectura en alemán, ha puntualizado. Al parecer tengo que cambiar mi rutina nocturna, que todos disfrutamos, por el enunciado a trompicones de un texto que me es ajeno. Todavía me acuerdo de cuando eran pequeños y se enfadaban si intentaba leerles un libro en checo. Esas no son tus palabras, mamá, parecían decirme. No son tontos, mis hijos, no.

Me gustaría continuar diciendo que pese a todo sigo estando feliz de darles a mis hijos la oportunidad de hablar varias lenguas. Que Internet, así en general, parece estar de acuerdo en que es una buena idea, y que cuando crezcan me lo agradecerán, pero la verdad es que estoy empezando a sentirme terriblemente culpable. Lo que pensábamos que sería una "ventaja" se ha convertido en un "problema" y aquí estoy, buscando una logopeda, alguna actividad donde mi hijo pueda practicar el alemán, libros de primeras lecturas, juegos de letras... y ese es tiempo que mis hijos no están practicando matemáticas, tocando instrumentos o jugando al ajedrez. Me da miedo que leer pase de ser un juego a convertirse en una obligación penosa y nunca lleguen a apreciar el lenguaje como lo hace, por ejemplo, su madre, y sobre todo, me preocupa que sean considerados alumnos mediocres, cuando lo único que "de momento" es mediocre es su alemán.

Me gustaría explicarle eso a la profesora. Que mis hijos no son tontos, pero necesitan tiempo para llenar sus mochilas. Quizá tres veces más tiempo que otros. Necesitan jugar con instrumentos para aprender qué es un Geige, y jugar al ajedrez para aprender los nombres de las piezas y desde luego no puedo pedirles que guarden en un armario el español porque no quiero privarles de la oportunidad de aprender palabras tan bonitas como mandil, que sólo les puede regalar su abuela. Me gustaría explicarle a la profesora que entiendo que no es "su tarea" solucionar "el problema" de mis hijos con el alemán, pero quizá si dejáramos de verlo como un problema y entendiéramos que los que tienen una tarea son mis hijos, que tienen que ir recogiendo lo que los demás les ofrecemos, y que eso, simplemente lleva tiempo, se nos ocurriría cómo podemos ayudarles de la mejor manera.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Un inglés de mierda

El inglés. Imprescindible. Si no hablas inglés lo tienes jodido para encontrar un trabajo cualificado, conocer un país exótico sin pagar un viaje organizado o impresionar con tu retórica a un incauto Erasmus noruego. Por eso incontables padres en medio mundo hacen todo lo posible para que sus retoños chapurreen cuanto antes one-two-three, cat-dog-lizard. Con la mejor de las intenciones y el peor de los sentidos estéticos se descargan todos los capítulos de Dora la exploradora y se interesan por guarderías y escuelas bilingües.

Nosotros haríamos exactamente lo mismo, of course, si no fuera por el hecho de que después de Pocoyó en español, Pohadka o Masinkach y Maja Biene no queda tiempo de ver Peppa Pig. Digo esto como metáfora, porque en realidad es mi hijo el que gestiona sus contenidos en la tablet y un noventa por ciento de lo que ve son los vídeos de un señor que juega con trenes y abre huevos Kinder. En inglés, por cierto.

Lo que quiero decir es que la última de nuestras preocupaciones era que el pequeño monstruo trilingüe se convirtiera en cuatrilingüe. Y nuestra preocupación más reciente es que va camino de hacerlo. Las lenguas, para él, han dejado de ser "como habla mamá" y "como habla papá" para adquirir su nombre y su sentido como herramientas para presumir frente a extraños.

-Yo hablo español, checo alemán e inglés
-No, cariño, inglés todavía no lo hablas
-Síííí
-A ver, what colour is this?
-Grüüün

Ante eso, ¿qué se puede hacer si no es sonreír? Pero últimamente el pequeñajo va más allá. Mucho más allá. Por ejemplo, en medio de una conversación de adultos, se oye desde el otro extremo de la mesa "Yisuscraist, Martin!", y a lo mejor resulta que eso es justo lo que estaba pensando decir.

También le he oído chapurrear conversaciones con más o menos sentido con otros niños. "Come here! Look at this!! Guachi guachi prrrrt. ¡Jajaja!" Y cada vez lo hace con más soltura y con más acierto. Por un motivo que se me escapa totalmente, chapurrear en inglés le encanta. "mamá, what's that? Que es fuckinghelldude?"

Así que así estamos. Nuestro pequeño monstruo habla un español de mierda, un checo de mierda, un alemán de mierda, y desde hace un par de meses, un inglés de mierda.

jueves, 14 de abril de 2016

Primer día de clase

Me he vuelto a apuntar a un curso de alemán y la clase es genial. Sólo hay mujeres, pero de todos los colores posibles, y entre tantas nacionalidades, yo, claro, estoy encantada. Como estamos en un curso más o menos avanzado, la gente ya no se siente en la obligación de presentarse siguiendo el patrón del libro: me llamo blah, vengo de blah, trabajo en blah. Ahora las presentaciones son del estilo "Me llamo Nadia, he tenido una vida muy dura y ahora mismo estoy estupendamente. Me he cortado el pelo, me he comprado ropa nueva y voy a perfeccionar mi alemán". "Me llamo Anja y mi título de márketing aquí vale lo mismo que un Gutschine del Rossmann". "Me llamo Rosa y necesito mejorar mi alemán para ayudar a mi nieto con los deberes".

Es curioso que muchas olvidaron decir de qué país venían, y se libraron sin quererlo de eso que hacemos también sin querer que es vaciar sobre las personas que acabamos de conocer una especie de caja con souvenirs horteras del país que se acaba de mencionar. Porque si uno escucha "Me llamo Nadia y he tenido una vida muy dura" normalmente pregunta simplemente "¡vaya! ¿qué te ha pasado?" pero "me llamo Nadia, vengo de Iraq, y he tenido una vida muy dura" invita a otro tipo de preguntas, por mucho que mi marido diga que lo primero que le viene a la cabeza cuando digo "Iraq" es "Mesopotamia". Y el caso es que una discusión sobre la guerra y el Islam hubiera sido del todo irrelevante en este caso concreto, porque los problemas con los hijos no entienden de nacionalidades.

Cuando estudiaba en Holanda teníamos un amigo que cada vez que conocía a alguien tenía que dar su opinión sobre la situación en oriente medio. Parece ser que las frases "¿De dónde vienes?" "De Israel" Sólo pueden ir seguidas de "¿Y qué opinas de la situación en Palestina?" Yo he sido testigo de esto y, la verdad, pedirle a un erasmus en Holanda que te haga un análisis geopolítico mientras está jugando al ping pong, degustando una frikandel, o más frecuentemente, liándose un porro, se merece un "¡Fatal, chico, fatal!" por toda respuesta.

En fin, que me ha dado por pensar en cómo reacciona uno a lo internacional y me ha salido una clasificación, que ya me diréis si es acertada o no.

En una primera fase que podríamos llamar "de la paella y el traje de flamenca" y por la que todos hemos pasado, uno no ha salido de su casa, o si ha salido no se ha enterado y va llenando la caja de los souvenirs que tenemos en la cabeza con toda la mierda que acumula desde primaria. Todo va pa'dentro. Lo que ha oído por ahí ya ni sabe dónde "los esquimales tienen cientos de palabras para decir nieve", lo que ha visto dibujado en los libros infantiles "chinos amarillos con coleta", lo que sale por la tele "las casas ricas las roban las bandas de albano-kosovares"... En esta primera fase uno se cree todo lo que ve en los muros de Facebook y, aunque sin maldad, hace asociaciones atrevidas, gratuitas, y muchas veces desafortunadas "África-hambruna, alemán-nazi".

En una segunda fase, que yo llamo "eres muy rubio para ser español" se tiene un primer contacto con el extranjero. Quizá ha leído uno un libro, se ha hecho un amigo polaco, se ha aventurado a un viaje no organizado o se ha ido de erasmus así, directamente, y le ha dado un choque cultural que casi le deja tonto. En su caja de souvenirs mete todo lo que le llama la atención, por muy inconsistente que sea. Visita el museo del comunismo en Praga y después se compra una matrioska, se cree que el carácter de su conocido, el Japonés sicópata que colecciona Katanas, es universal en el país del sol naciente, y se piensa que en cualquier restaurante de Egipto le van a traer una pipa de agua. De esta fase son típicas revelaciones tipo "¡Pues Hungría está muy bien para ser un país comunista!" "¡ah! ¡Que en Grecia también tienen anís!" Es también cuando uno se mueve entre la vergüenza ajena y la ternura, con preguntas del tipo "¿los musulmanes podéis haceros fotos?" "¿Aquí no ponen pan con la comida?" "¿Eres de Eslovenia? ¿Cómo fue la separación de Chequia?". Es posible que uno intente entrar en algún edificio religioso enseñando los glúteos, y si le cuentas que el sol y sombra es la bebida de moda en España se lo crea.

Si uno le coge el gusanillo a lo extranjero, y viaja un poco, y lee, y hace amigos, normalmente entra en la fase multi-culti, que yo llamo "el Ribera, que sea Crianza". Uno se ha dado cuenta de que su caja de souvenirs está llena de porquería y se pone a seleccionar. El cristal de bohemia se queda, el toro de plástico se va. Uno ya sabe que no todos los rumanos son gitanos, ni los restaurantes en China sirven arroz tres delicias y no se le ocurre preguntarle a su recién conocido cubano si baila salsa o merengue. Todavía se le puede convencer de que en California es típico beber chupitos de whisky cuando llueve, pero es más difícil. Distingue la comida del norte y sur de la India, tiene algún amigo chino en Facebook al que desea feliz año nuevo a mediados de Enero y si conoce a un sirio, se guarda mucho de preguntar cómo llegó aquí, por lo menos en los cinco primeros minutos. Al contrario, va por el mundo siempre presto a censurar los comentarios pelín racistas y poner los ojos en blanco ante cada grupo de Viajes Halcón que enciende palitos de incienso en los templos de Bangkok. Le encanta conocer gente de otros países y a menudo tiene un comentario tipo "¿Eres de Singapur? ¿Qué están construyendo ahora?" Siempre con cuidado exquisito para no ofender, utilizando palabras como "gente de color" y portándose en ocasiones también, como un perfecto pedante.

Hay una última fase a la que sólo se llega cuando uno ha convivido un cierto tiempo en un país y que podemos llamar la del "cocido con chucrut". Uno ha vaciado su caja de souvenirs y ha colocado las cosas en la estantería del salón, y ahora la flamenca coge polvo al lado del osito con Lederhösen. No puede vivir sin jamón, pero tampoco sin poder ir al trabajo en bici, y conoce tantos tipos de salchicha como provincias tiene Castilla. Cuando le presentan a Hans, se interesa por Hans. Ya sabe que Hans viene de Alemania, pero interesarse por Hans el alemán tiene tanto sentido a estas alturas como interesarse por la nacionalidad de Ana María, la de Vallecas. Uno se ha ganado el derecho a decir "estos alemanes son unos nazis", porque ya son de la familia, porque ya se sabe que en Hamburgo como en Palencia de todo hay en la viña del Señor, y porque en cualquier caso si uno lo dice es con conocimiento de causa.

Yo, día a día me muevo en la última fase, pero cuando entro a clase de alemán soy la pedante que intenta adivinar de donde viene la gente por el nombre de pila y el acento, y por eso me gusta tanto. Me ha dado por pensar en que hubiera sido genial seguir sin saber de donde son ninguna de mis compañeras. Retrasar lo más posible el momento de preguntar cómo van las cosas en Camerún, o Túnez, o Venezuela, sin pensar (imposible evitarlo) si es raro o no lo es que una iraquí lleve o no pañuelo en la cabeza o preguntarme porqué hay tantas enfermeras ucranianas. Quizá es que quiero volver por un momento a no saber nada, a revivir la experiencia de descubrir por primera vez que el mundo es mil veces más rico y variado de lo que vemos desde nuestro pequeña madriguera.

En fin, profesoras de idiomas, ahí dejo la idea, para futuros primeros días de clase.

viernes, 1 de abril de 2016

Traducción simultánea

Mi plan de pensiones puede irse a la mierda en diez años. Let me illustrate:

Todo este esfuerzo, esta cuidada selección de genes eslavo-mediterráneos, las cenas en la cantina de la torre de Babel, las explicaciones atlas en mano, las explicaciones diccionario en mano, las explicaciones a base de gestos con las manos... todo para criar un par de monstruítos cuatrilingües que el día de mañana nos compraran una casita en la playa con su sueldazo de intérpretes de la ONU y resulta que en diez años la ONU no va a necesitar intérpretes. Parece ser que, en diez años, hablar cuatro idiomas europeos va a tener el mismo peso en el currículum que dominar el esperanto y la mecanografía.

Por mucho que aplauda y disfrute los avances de la tecnología, lo cierto es que no puedo esperar con alegría el momento en que practicar tus pobres conocimientos de francés en una cena de amigos se vea como entrar en un establecimiento a pedir un carrete de fotos. La traducción simultánea derribará las barreras del lenguaje, pero va a levantar otras barreras generacionales. Ya me imagino a mis vástagos "mamá, ¡qué vergüenza! Por favor, deja de decir sandeces a Heiner y ponte el traductor" "¿Qué el curso en bioprogramación genética de células óseas te trae de cabeza? Yo a tu edad estudiaba alemán. ¡Imagínate! ¡Alemán!".

Por lo menos nuestros cachorritos aprenden idiomas porque no les queda otra, pero ya lo siento por esos padres que apuntaron a la progenie a clases de mandarín. ¡Que sí, que sí!, que aprender idiomas como mínimo es un sanísimo ejercicio mental, pero a la hora de pagar religiosamente los cientos de euros del curso ¿quién no se imaginaba a su hija de corresponsal del New York Times en Pekin? ¿Quién se iba a figurar que su dinero iba a estar tan bien invertido como en un curso de Cobol?

Lo siento también por Cataluña y País Vasco. Supongo que las instituciones se resistirán durante un tiempo, pero el día que guardar una gramática inglesa en casa sea como tener un radiocassette va a ser difícil justificar el requisito de Euskera C1 en unas oposiciones. 

Lo peor del tema es tener que darle la razón a mi madre, porque al final todos los que nos dicen que les estamos dando un regalo a los niños con el tema de los idiomas van a estar equivocados y va a tener razón ella cuando exclama ¡pobres criaturas!

Yo me imaginaba a mis hijos echándome en cara mil cosas en el futuro, empezando por mi jornada completa y mis habilidades bastante deficientes con el fondant, pero siempre pensé que mis fallos como madre quedaban hasta cierto punto compensados con el regalo de no tener que escribir jamás en un currículum "inglés medio-alto". Estaba tranquila pensando que mis hijos siempre tendrían un as en la manga. Ahora me temo que tendré que oír algo en la línea de "Si hubiéramos estudiado robótica cuántica en lugar de perder el tiempo aprendiendo a pronunciar siete tipos de erre nos hubiera ido mucho mejor".

Muchas gracias, colegas ingenieros. Muchas gracias.

viernes, 18 de marzo de 2016

Protestas

Yo, lo que es hablar alemán, lo hablo. Cuando alguien trata de entenderme se le ven las arrugas de concentración en la frente, y a veces se giran un poco para que mi intento de comunicación le llegue mejor al oído, pero mi mi alemán me consigue comida en los restaurantes, recetas en el médico, y una sonrisa no se sabe si de vergüenza o de solidaridad en las reuniones con clientes.

El caso es que hay sitios donde mi alemán no llega. Las cartas de la Finanzamt, obvio, y quizá menos obvio, las conversaciones del pequeño diccionario trilingüe con sus amiguitos. Es que una madre, como figura de autoridad, necesita saber de un modo preciso qué barbaridad está diciendo su hijo para poder actuar en consecuencia. Cuando una oye "... meine Eltern (padres)...ins Gäfangnis (cárcel)" una entiende, como en las "listenings" de clase, el contexto. Y el contexto en este caso era claramente, mi hijo diciendo burradas a un amiguito. Así que le pedí como le pediría a la profe, que pusiera la cinta una vez más. "¿Qué dices? ¿Qué dices de una cárcel?". Mi hijo me miró muerto de risa. Así que tuvo que ser la madre del amiguito la que me ayudara con la parte pedagógica del asunto. "Das ist nicht nett. Si llevan a tus padres a la cárcel, ¿quién te va a hacer la comida?"

En otras ocasiones mi alemán me llega para entender, pero se queda corto para contestar. Ayer mismo iba paseando por una acera estrecha con la traductora de bolsillo en el carrito. En un punto del camino había dos señoras muy bien vestidas (me aventuro a adivinar, sin hijos) de charleta en mitad de la acera. Mi "entschuldigung" no me llevó muy lejos. Las señoras me miraron un segundo, pero no se apartaron. Tuve que bajar con el carrito de la acera y rodearlas. A muchas lectoras no les tengo que explicar que subir y bajar bordillos con un carrito es un coñazo. Apartarse un poco cuando se dispone de piernas operativas es una molestia menor, que además se compensa con la bonita sensación de haber hecho el bien. Pero no. Cuando pasaba a su lado, lanzando una mirada de odio entendí perfectamente "es ist nicht so dramatisch, oder?". Respondí algo y gesticulé aún más, pero lo cierto es que en ese momento no tenía a mano las palabras que una necesita para llamarle hija de perra a alguien con educación.

Y es que los inmigrantes pagamos un impuesto especial por no dominar el idioma. Cada vez que necesitamos protestar tenemos que poner en un plato de la balanza lo que intentamos obtener de la protesta y en el otro el esfuerzo de juntar un montón de palabras para pedir las cosas. Me faltan dedos en las manos para contar las veces que me he bebido el agua con gas por no discutir, pero es que además no he dicho nada cuando me han dado la vuelta mal. Por no discutir (en alemán) pago religiosamente multas injustas y ni siquiera tengo abogado que hable por mí, porque no puedo leer las cuarenta y cinco páginas que describen las condiciones del seguro de abogados, y me da que si me hago dicho seguro voy a acabar regalándoles dinero también a ellos... por no discutir.

El problema es que saber pedir las cosas, saber protestar y llamar a alguien asquerosa con educación es un recurso importantísimo en la vida. En el día a día, beberte cosas que no te gustan no tiene mayor importancia, pero saber exponer tu problema a la persona adecuada puede ser la diferencia entre que te den la oportunidad repetir un examen o quedarte con un suspenso, puede ser lo que te ayude a salir de la oficina compartida con el compi del dudoso olor corporal y por lo menos te da la satisfacción del deber cumplido cuando le haces saber a una gilipollas que es gilipollas.

Pero si mi hijo no ve eso en mi, ¿de quién lo va a aprender? Temo que no me quede más remedio que hacer algo valiente la próxima vez que me vea en una de éstas. Pararme, mirar a los ojos a la payasa de turno, y decirle "ahora se espera por favor a que traduzca con calma lo que le quiero decir". O eso o le pido a mi hijo que me defienda "¡ojocuidao! ¡Que mi madre ha estado en la cárcel!"

martes, 19 de enero de 2016

Problemillas trilingües

Criar a un niño trilingüe es una experiencia divertidísima. Un día el pequeño te deleita con el clásico "en casa podemos guardar más juguetes porque tenemos más cojones" otro día experimentas el lost in translation de tu marido en la guardería "¿Te han castigado por hacer Quatsch? ¿Estabas imitando a un pato, quatsch, quatsch?" y en cualquier momento el crío se pone a hablar como un turista borracho "Faster, faster! Wir machen fiesta. Vamos, Wagen!!!"

Pero es que además resulta muy apañado para poder dejarle en guarderías de media Europa. "Sísí, su lengua madre es el "alemán/inglés/español". No van a tener ningún problema" Da igual que sea un jardín de nieve en los Alpes, la guardería del festival de cine de Karlovy Vary, o el Ikea de Valladolid. Antes de acabar la frase, mi pequeño terremoto trilingüe está comenzando el protocolo para averiguar qué hablan los críos en ese sitio. "Hola, jak se jmenujes? Kann ich spielen?" 

Y es que hasta ahora sólo hemos vivido la parte bonita del asunto. Cuando algún amigo malayo me decía que me envidiaba por haber crecido con una sola lengua no podía entender qué desventaja podía tener el venir al mundo con un Thesaurus bajo el brazo. Creo que he empezado a darme cuenta estas Navidades.

Para empezar nos han dicho en la guardería que Daniel tiene problemas con la erre alemana de Bruno y de Reis. También tiene problemas con la erre española de perro, distinta de las anteriores, aunque curiosamente pronuncia perfectamente la "ř" checa. O sea, que a lo mejor necesitamos dos o tres logopedas para solucionar este asunto. Mucho subvencionarnos la Erasmus, pero ahora nos toca a nosotros costear las consecuencias.

Y lo de las erres no tendría tanta importancia si no fuera porque además los niños de su edad dominan el español mucho mejor que él. Mi hijo dice "con los azules Kissen jugar quiero, pero", y por primera vez unos pequeños hijos de Hündin le han dicho que no querían jugar con él porque habla raro. Para mí fue como si me estrujaran las vísceras. Yo ya sé que no puedo ahorrarle a mi chiquitín estas cosas, pero mi niño es una criatura inocente, alegre y adorable, y mi instinto de mamífera me empuja a mantenerle a salvo de todo lo malo, aunque para ello tenga que explicar a niños de cuatro años qué significa ser un garrulo xenófobo. Por supuesto que no lo hice. La explicación es difícil cuando el concepto de lengua y de país aún no está claro. Sólo ahora Dani empieza a decir que alguien habla checo cuando antes decía que "habla como papá".

No somos tan inocentes como para no esperar pequeños problemillas con esta mezcolanza lingüística. Pero de algún modo pensé que vendrían cuando nuestro pequeño tuviera las herramientas para afrontarlos. Creo que de momento ni siquiera yo tengo las herramientas para afrontarlos. Hoy Daniel ha dicho que él es alemán, que Alemania es donde los niños hablan como él. Y me ha dejado muda. Le ha salido tan natural, que lo único que puedo pensar es que ahora que el concepto de país está más o menos claro, a ver cómo le explicamos el concepto de pasaporte.

viernes, 12 de diciembre de 2014

10 cosas que he desaprendido aprendiendo idiomas

1- Que es lo mismo aprender inglés o italiano que aprender húngaro, checo o mandarín.
Sin entrar siquiera en los tres géneros, siete declinaciones y demás putadas lingüísticas de los idiomas eslavos, baste mencionar que en checo "Strč prst skrz krk" es una frase.
Debería ser obvio, pero aún así, el sufrido estudiante de checo tiene que aguantar mil veces el injusto "pues yo en tres meses hablaba catalán" de los amigos y colegas. Lo mismo cabe decir de los cursos intensivos de tres o cuatro semanas. Un curso de tres semanas en checo te cualifica para pedir una salchicha a la brasa en Staroměstská, nada más. Es duro, pero mejor saberlo antes de desembolsar unos cientos de euros.

2- Que basta con escuchar la tele y practicar en la panadería para aprender un idioma.
Sí, para aprender portugués a lo mejor sí. Pero puedo decir por experiencia propia que sentarse en una reunión de tres horas en alemán sin saber alemán no contribuye en nada a mejorar el vocabulario de uno. Sólo contribuye a mejorar la capacidad para imaginarte películas de nazis en las que tus colegas son los protagonistas

3- Que tienes que dominar con fluidez el idioma de tu pareja. Además de hablar entre vosotros en el idioma nativo de la persona que tiene una opinión sobre qué idioma debes hablar en tu casa.
Aparte de que me parece muy sano que cada uno hable lo que le de la gana, el inglés es para muchas parejas Erasmus esa zona neutral en la que nadie queda por encima del otro. Y esto a veces es muy importante. Tener que pensar con un poco de cuidado qué burradas se dicen durante una pelea es algo que puede salvar matrimonios.

4- Que todo el mundo aprecia oír las tres frases que sabes decir en ese idioma extranjero.
"Estuve seis meses en Palma de Mallorca" " Una cerveza, por favor" "¿Dónde está la zapatería?" La primera vez que oigo esto me da la risa, la segunda, sonrío educadamente, la tercera, finjo sordera y me pongo a mirar a otro lado, y si hay aún más, rezo una oración por el alma de Cervantes. Hay un checo en particular que insiste en decir estas cosas cada vez que me ve, como ejemplo de lo fácil que es aprender un idioma y cómo puedo ser tan torpe con el checo. A veces fantaseo con que se queda atrapado un mes en Conejeras del Páramo y tiene que negociar comida y agua.

5- Que los cuentos son el material más fácil para practicar la lectura.
"Pues eso es hurtar. Y como todo lo que es hurto hay que restituirlo, y no vas a saber ni cuánto ni a quién se lo has de devolver, te vas a hacer otro celemín que le falte para la medida justa tanto como le sobraba al grande, y con eso vendrás a restituir todo lo que has hurtado." I rest my case

6- Que saber un idioma implica saber enseñar el idioma.
¿Cómo es posible que tu pareja no te enseñe su idoma? Porque nos queremos y no veo motivo alguno para convertir nuestras horas juntos en una clase lamentable, frustrante y soporífera con un profesor venido del infierno con el que después tienes que irte a la cama.

7- Que tu B2 te cualifica para decirle a un alemán como hablar su idioma y hacer atrevidas generalizaciones.
-La tortilla española también se puede decir "tortilla de España", ¿no?
-No
-¿Por qué?
-Porque no
-Pero...
-No
-P...
-¡Chst!

8- Que el hecho de hablar un idioma significa que tienes que utilizarlo siempre
Si hablas alemán, ¿porqué necesitas un dentista que hable inglés? Pues porque cuando me pregunte si quiero que me haga el empaste sin anestesia (cosa que al parecer sucede en este país) y sólo entienda "empaste" y "anestesia" no quiero sonreír y asentir como una idiota. 

9- Que si sabes un idioma significa que puedes pedir un café y discutir de política con la misma destreza. Tú hablas alemán, ¿no? Pues eso.
Has terminado tu B2. Te sabes el imperativo, el genitivo y los pronombres reflexivos. Pero ¿sabes hablar realmente?
-Seguro que puedes pedir comida en un restaurante y dar direcciones por la calle
-Tambien puedes hablar con tu pareja, y con profesores en general
-Probablemente puedes mantener un tête-à-tête con la madre de tu pareja
-Si sigues el argumento de una película más compleja que Avatar te felicito
-Aunque lo practicaste durante el curso, dudo mucho que puedas mantener una entrevista de trabajo
-Y si entiendes a los amigos borrachos de tu pareja cuando discuten de política en un bar, o a la abuela de tu novio cuando habla ese dialecto raro, lo siento mucho pero no me lo creo

10- Que ese inmigrante que lleva 20 años en Alemania y no sabe el idioma no tiene nada que ver contigo
Como Auslander, uno escucha bastante frase xenófoba, que obviamente, no va dirigida a él/ella.
Que los inmigrantes deberían hablar alemán en su casa, que se debería expulsar a quien no hable el español, que los extranjeros nos destrozan el italiano, que no hablar francés es no quererse adaptar...
Normalmente el aprendiz de xenófobo se da cuenta de la presencia del Auslander y entonces añade, conciliador. "Me refiero, claro, a la gente que lleva aquí veinte años y no habla el idioma". ¡Ay, amigo! Si tuviera un euro por cada "expat" americano que llevaba quince años en Praga y no sabía ni pronunciar na schledanou... Cuando te das cuenta de que cualquier "inmigrante" vietnamita, turco o ruso habla el alemán mejor que tú, que las señoras del parque se refieren a tí como si hubieras llegado escondido entre cajas de plátanos y que aunque tengas un PhD los empleados de oficina tienen que hablarte como si fueras retrasado... entonces, amigo, ha llegado el momento de ponerte las pilas. Ese inmigrante que no se quiere integrar eres tú.