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miércoles, 2 de diciembre de 2020

¿Como hablan los niños trilingües?

¿Cómo hablan los niños trilingües?

Como pueden, chica. Como pueden. Y a menudo muy mal.

Cuando sólo tenía al monstruito trilingüe muchas veces me sentí culpable, (todavía me siento), por poner a mis hijos en esta situación. Cada vez que una de mis criaturas me dice "un niño me ha geschlagen", cada vez que me encuentro con la palabra "chamon" escrita para referirse a esas lonchas de embutido que se toman en pan con tomate y aceite, me digo a mi misma ¿qué he hecho, amigas? ¿No podía casarme con un vallisoletano y comprarme una casa en Pedrajas?

Para la comunicación, el lema de mi hijo es "lo mínimo imprescindible". Palabras sueltas, incluso, en un idioma cualquiera, con suspiro y puesta de ojos en blanco incluida, si es que no descifro el puzzle lingüístico que me propone. El monstruito es de los de "el cole bien", de los de "hola abuela" y preguntarme "¿qué digo ahora?",  y de los de arrugar la nariz, igual que su padre, si le pregunto como se siente.

Pero ahora viene la traductora de bolsillo. Y es distinta. Habla mucho, muchísimo, aunque la mayor parte de las veces sea en alemán. A sus cinco años me dice cosas como, "mamá, esto es lo que quiere mi corazón", o "mamá, ¿no ves que me ha roto el corazón?" Y otras menos poéticas, como cuando le llamo para cenar, y sin levantar los ojos de una hoja de papel, me responde "¡Ahora no tengo tiempo para eso, mamá!". Cuando la miro, me acuerdo de Conchita Velasco (mira que soy mayor) diciendo eso de "mamá, quiero ser artista".

¿Cómo hablan los niños trilingües? Mezclan idiomas, asesinan la erre, y no podrían hacerse pasar por un niño madrileño. Pero hablan, y son ellos mismos cuando lo hacen. Y eso es lo más importante. ¡Qué suerte tenemos de ir conociendo a estas personitas!

viernes, 29 de mayo de 2020

Una mochila llena de palabras

En mi familia tenemos un pasatiempo interesante. Coleccionamos palabras.

Las palabras están por todas partes y son gratuitas. Una vez en tu colección, puedes lanzarlas al aire, y allí hacen cosas increíbles: aterrizan en el oído de alguien y le hacen sonreír, o entran en un bar para pedirte unas patatas. Luego, ligeras, invisibles, vuelven a tu cabeza hasta que las vuelves a necesitar.

Ligeras e invisibles. Así tienen que ser. ¿Te imaginas que cada palabra pesara un gramo? ¿Que tuviéramos que guardar nuestras palabras en una mochila y llevarlas a cuestas?

Yo me imagino algo así.



A todos los bebés les gusta coleccionar palabras. Las recogen de cualquier parte, las chupan, se atragantan con ellas, las escupen, y por fin las guardan en su bolsa de viaje.



Pero a algunos bebés, cuando nacen, les dan dos o tres bolsas para sus palabras y tienen que aprender a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con su galleta como viene la otra con su sušenky, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto.



Así son mis hijos. Con los años, en lugar de acabar con todo su lenguaje bien dispuesto en una maleta, ellos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas.



Y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren.


A veces encuentran las palabras correctas, pero no las han sacado de la bolsa adecuada...



…Y el resultado no es el esperado.




Y a veces, aunque todo sea correcto...



Sí, es complicado, pero vivir con varios idiomas es también divertido. En Navidades Jezisek, los Reyes Magos y el Christkind nos alegran las fiestas.



Tres idiomas transmiten más información que uno.



Disfrutamos de pequeñas competiciones entre el equipo español y el checo.



Y de vez en cuando nos permitimos ser un poco arrogantes.


Y les permitimos ser un poco arrogantes.



Pero después de años jugando con las palabras como si fueran bloques de Lego, hay que ponerse serio porque empieza el colegio. El primer día la mayoría de los niños llevan todo su lenguaje bien organizado en una maleta. Pero los nuestros, tienen que dejar sus mochilas de español y checo en casa, y apañarse con su bolsa de alemán.



Para ayudar a niños como los míos a llenar sus mochilas, algunas escuelas proponen juntarlos en un grupo pequeño en el que se refuerce el alemán. El problema es que, si estos niños ponen sobre la mesa todas sus palabras, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke. ¿Quién les va a regalar los sustantivos que les hacen falta?



Algunas familias intentan hablar un sólo idioma en casa. Podría ser una buena idea, pero por más que busco en mi modesto bolso de mano, no encuentro qué puedo ofrecer a mis hijos que no tengan ya. Ni Eichhörnchen ni Einhörner aparecen en mi equipaje.

—Leer también vale, mujer

—¡Ah bueno! ¡Eso lo hago encantada!



Auf Deutsch, klar.





No podemos evitar preocuparnos. Pensábamos que sería un regalo vivir con tantos idiomas, pero a veces es más bien un problema que hay que solucionar. Logopedia, actividades de refuerzo, juegos educativos, libros especiales… intentamos ayudarles tanto que no les dejamos tiempo para aprender palabras del modo que siempre lo han hecho: jugando.



Así que nos hemos parado un momento a pensar…

 

 

 

 

 

…y hemos descubierto algo que ya sabíamos.


El equipaje de nuestros niños es algo especial y necesitan que les demos tiempo para prepararlo. Tienen que meter los mandiles que les regaló la abuela, los punčochače para el frío, y los Brezen que a veces compran en el colegio. El Patio de mi Casa, y Včelka Mája. Son tres maletas que no pueden abandonar, porque han guardado en ellas tres esquinas del mundo. Es un equipaje único, del que nos sentimos orgullosos.



Es un equipaje que nunca deja de crecer, y cuanto más crece, menos pesa.

Porque las palabras no pesan nada.

Ni un gramo.




martes, 12 de mayo de 2020

Lo que quiere mi corazón

Pero mamá, es lo que quiere mi corazón.

Eso me dice la pequeña traductora de bolsillo, en alemán, en pijama frente al congelador, cuando me pide el mismo helado de fresa que, hace tan solo una hora, era "asqueroso".

Claro. Si su corazón ha cambiado de opinión, ¿qué le vamos a hacer?

Me pregunto si hay alguna expresión así en español. Decir que algo te apetece se queda corto. El sujeto de la frase sigues siendo tú, pero cuando el sujeto pasa a ser algo tan caprichoso como tu corazón, ¿quién se atreve a culparte por pensar hoy lo contrario de ayer?

Quizá la frase "lo que me pide el cuerpo" sería similar, pero esta versión apunta a un apetito físico, mientras que el corazón habla de las necesidades del alma. Contra las primeras, puede uno luchar con algo de disciplina, pero al alma hay que darle lo que te pide. O eso, o volcarte en escribir poesía romántica.

La traductora me dice esto, tan segura de sí misma, con tanta naturalidad, que la discusión queda fuera de lugar. Pues nada, cariño, si es lo que quiere tu corazón, toma el helado.

En realidad estos días, los niños pasan las horas haciendo lo que quiere su corazón. Se visten cuando se lo pide su corazón, cogen del frigorífico lo que le apetece a su corazón, y es la última de sus preocupaciones salir de esta cuarentena más sabios, más ejercitados, o hablando italiano. No es eso lo que les pide su corazón ahora mismo.

¿Y quién se atreve a decir que su corazón no tiene razón?



lunes, 23 de marzo de 2020

Teletrabajo durante el apocalipsis


Es marzo de 2020 y son tiempos extraños. Nos preocupa el hecho de sólo nos quedan tres rollos de papel higiénico. Gritamos a los niños para que se laven las manos al llegar a casa y hablamos con la familia sólo por Internet. El sábado nos quedamos dormidos viendo basura en el móvil. En realidad, las cosas no son muy diferentes para nosotros en medio de la pandemia. Supongo que nuestra vida familiar era ya una distopía y no nos habíamos dado cuenta.

Incluso esto del teletrabajo con niños ya lo habíamos probado. Y jurado nunca jamás volver a hacerlo. “Mejor cogerse un día de vacaciones”, decíamos. "Por salud mental", añadíamos.

Cuanto el monstruito era pequeño, contraté una babysitter para poder atender a una reunión. Habrían pasado diez minutos cuando la chica me interrumpió para pedirme una fregona. El monstruito había dejado muy claro, en marrón sobre la alfombra, lo que opinaba del teletrabajo de mamá.

Creo que su opinión no ha mejorado con los años. O la misma proteína que les hace inmune al virus (madre mía, parece que escribo ciencia ficción), les hace también inmunes a las videoconferencias.
Mis reuniones de trabajo van más o menos así:

-Hallo team

Viene la mini traductora y se sienta en mis rodillas

-Hallo teeeeam

-Vamos a revisar las tareas relativas al incremento de producto

Viene el monstruito, cuaderno de mates en mano

-Mamá

-¿Quién quiere empezar con el primer punto de...?

-Mamá

Mamá, apartando el micrófono

-Espera cariño

Mini traductora en el micrófono

-blah blah blah, jajaaa

Mamá, separando a la traductora

-Disculpadme momento, por favor

-¡Mamá!

-¡¡¡¡Qué!!!!

-Ya he acabado el primer ejercicio de mates

-¡¡¡Pues haz el siguiente!!!

Whatsapp arde. Me mandan sugerencias de actividades para hacer con niños. Peleas de almohadas, marionetas, el escondite… lo importante es crear una rutina. Recetas de bizcochos. No sé si reir o llorar.

La traductora sigue interactuando con mi equipo

-Hallo team. Ja ja jaaaa

Mamá, al monstruito

-¿Dónde está tu padre?

-Se ha encerrado con la Tablet en el baño

Por favor, ahórrenme los consejos. Ya lo hemos probado. Sí, eso también. Sí, de verdad. Ya nos lo han mandado. Desde los planes de trabajo con rotuladores de colores hasta dejar la patrulla canina en bucle. Nuestras reuniones coinciden, tu jefe te llama cuando no lo esperas, y la realidad de estos días es que mientras atiendes a una conferencia, pones una lavadora y das vuelta a un filete en la sartén, los niños son libres de hacer lo que les da la gana. Y, querida amiga soltera, te aseguro que cuando los niños son libres para aburrirse, lo último que se les ocurre es ponerse a hacer ejercicio o sacar un puzle de quinientas piezas. O sí, se les ocurre, pero para tirarlas como nieve por el hueco de la escalera, y luego montarse un trineo con la esterilla de yoga.

Que qué tal la semana, me preguntan. Pues no me ha dado tiempo a hacer la visita virtual que ofrece el Museo del Prado, por ponerlo de alguna manera. A ver si mañana.



via GIPHY

jueves, 13 de febrero de 2020

Según se mire, una comedia

En la universidad tenía una amiga con una habilidad curiosa. Era capaz de contarte una historia, la misma historia, dos veces. La primera vez como comedia y la segunda como drama. Y eran buenas historias en todo caso, ¿eh? Porque esta amiga venía del salvaje Este, donde no hace tanto había guerras y las capitales de los países no se encontraban en los mapas mudos.

Puede que experiencias así te conviertan en alguien mayor más pronto de lo que te toca, o más probablemente, es que mi amiga siempre ha sido un pelín bipolar. Pero por la razón que sea, ahora que yo me hago mayor, y me pasa cada vez más que un día soy la reina de todo, y al otro una mota de polvo estelar, mis historias también empiezan a cambiar de género, a convertirse en thrillers, películas de terror o comedias románticas según cuando las cuente.

La sinopsis es la misma, por ejemplo, mis niños hablan cuatro idiomas. O ninguno del todo, según cómo se mire. Los diálogos incluyen líneas divertidísimas, o terroríficas, depende:

Niña: Mamá, el abuelo no me verstanden
Niño: Los deberes ya los he gehecho
Niña: Yo puedo solallein

Solallein - Sola + Allein. Porque mis hijos se ven en la necesidad de decirme dos veces la misma cosa. O porque desbordan creatividad.

Incluso los adultos nos unimos a este extraño dialecto familiar, y preguntamos a las criaturas si quieren hacer "basteln". Es una locura. Pero no sé si una locura jajaja, o una locura ayayay.

Y entre tanto, los protagonistas crecen contando sus propias historias, y son historias que no admiten género, como las de todos los niños.

"Estábamos en el patio y Leon vio una Marienkäfer, y entonces cogimos un Eimer, und der Leon sagt Ich will es zu Hause nehmen und, und... und mami, ¿a ti te gustan las Marienkäfer?"

Son historias que no me canso de oír.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Un amor de madre algo miope

Para una madre, su hijo es el mejor del mundo entero. El más guapo, el más listo. El que seguro que llega a futbolista. Aunque el resto del mundo piense que el niño en cuestión es un grano en el culo, y más feo que un troll, su madre lo ve perfecto. ¿Tan ciegas estamos? Yo creo que no. El amor de madre es incondicional, pero no ciego. Si acaso, algo miope.

Esto viene al caso porque hemos tenido otra charla en el cole de esas en que nos cuentan que el pequeño monstruo es muy listo, sí, pero también es un dolor de muelas. Su mesa es un caos. Interrumpe la clase. Su mochila es un caos. No escucha, no sigue las normas. Su estuche es un caos Tiene dos pies izquierdos... la profesora cree que es hiperactivo y tiene déficit de atención.

No estoy ciega, no. Yo entiendo que mi hijo pueda ser un dolor de muelas. El monstruito tiene mucha imaginación. A menudo entra en su mundo especial, se pone a luchar contra dragones o Pokémon, y los sonidos de la vida tangible no le llegan, sea su madre, su profesora, o la realidad de una cena sobre la mesa. Tener que repetirle las cosas veinte veces, claro, es irritante.

Además el monstruito es muy curioso. Cuando leemos juntos, me interrumpe constantemente para hacerme preguntas. ¿Qué es eso? ¿Y lo otro? ¿Y por qué? Y una tiene que responder que tampoco se ha leído el libro y que tendremos que pasar la página para descubrirlo. Así que él se pone a pasar páginas antes de tiempo, a ver si los dibujos le resuelven las dudas. No se puede negar que la lectura sería más fácil si se estuviera callado y quieto.

Por si esto fuera poco, el monstruito es un niño que enseguida se emociona con las cosas, sean los tiburones, o las banderas de los países de África. Le digo que deje de pensar en las musarañas y acabamos buscando musarañas en Internet y aprendiendo que musaraña en alemán se dice Spitzmaus. Y cuando aprende algo, no puede esperar para decírselo al mundo. Todo lo quiere contestar, todo lo quiere comentar. Yo entiendo que en una clase esto pueda resultar molesto. 

Y para colmo, mi hijo es un rapidillo. Hace la tarea en un segundo, y el resto del tiempo en lugar de esperar sentado y tranquilo a que todos acaben, mirando a la pizarra por ejemplo, se levanta, le pregunta algo al compañero, y molesta a todo el mundo. Si por lo menos se desfogara haciendo ejercicio... pero no. A él le gusta cambiar cromos y jugar al ajedrez.

Todo esto es muy cansino para la profe, es irritante, yo lo entiendo. Pero ser un dolor de muelas no es una enfermedad en sí, ni es motivo para medicar a alguien. Ahora bien, si la profe necesita un paracetamol al llegar a casa,  y quien dice un paracetamol dice un vodka, no seré yo quién la juzgue.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Charlando con la traductora

¿Conoces esos libros en que se van apuntando todos los hitos de tu bebé? La primera palabra, cuando levanta la cabeza, cuando sonríe, cuando gatea, cuando empieza a andar, el primer diente... Como si tuvieras un experimento entre manos en el que hay que tomar medidas y asegurarse de que encajen dentro de la desviación estándar. Y si no encajan te preocupas, claro que sí. Porque los libros dicen, y los retoños de tus amigas confirman, que con seis meses los niños hacen la croqueta. Y cuando el crío tiene seis meses y todavía no se gira en el suelo, te pones de rodillas frente a la colcha de colores con luces y monitos de plástico y le haces gestos con la mano. ¡Gira! ¡Gira! ¡Venga, yo te ayudo! Y le enseñas cómo tiene que girar la pierna, y cuando al fin lo consigue corres a apuntar "Seis meses y Pocholito ya gira sólo. Es un genio".

Con el segundo experimento, es un poco distinto. Es más estar sentada en el sofá, y ver que la niña viene rodando hacia ti y decir, ¡fíjate, ya rueda! ¡Habrá que proteger los enchufes! Y darte cuenta de que no hace falta porque hace siglos que perdiste el chisme de plástico para quitar los que llevan ahí desde que el primer vástago tenía seis meses. Perfecto.

Y no está mal. ¿Cuándo empezó a andar la traductora? Pues pronto, para poder seguir a su manada si se la olvidan. ¿Cuándo empezó a hablar? Pues pronto, para poder defenderse cuando su hermano la acusa de una trastada ¿Cuándo le salió el primer diente? Pues ni idea, pero me imagino que también pronto. Cuestión de supervivencia. Así hemos vivido los avances de la pequeña. Sin presión por parte de los otros churumbeles y las revistas de la consulta del pediatra.

Y ahora nos enfrentamos a un nuevo hito. El año que viene, la traductora de bolsillo irá a la guardería y ayer fue la reunión para contarnos todo lo que hay que saber sobre el tema. Y resulta que las otras madres estaban mucho más preparadas que yo.

-Clara está emocionada con ir al Kindergaten
-Lo he hablado con Sofia y también está muy contenta. Me ha dicho que le gusta dormir la siesta en la habitación de los mayores
-Jan lo mismo. Hemos comprado una mochila nueva. No deja de hablar de hablar de los niños grandes

Y yo -La traductora no habla. Bueno sí. Dice agua, oben, ¿Quéseso? ¿Qué hases? Ich auch...
-Bueno, no pasa nada, todavía queda tiempo- es lo que me han dicho en la reunión. Pero no puede evitar una preocuparse cuando todos sus compañeros de clase mantienen tan elevadas conversaciones con sus respectivas madres. Igual es culpa mía, que todavía no le he explicado nada. Así que por la noche, con ella sentada en la encimera, mientras yo pelaba ajos, he intentado introducir el tema.

-El año que viene vas al Kindergarten, cariño
-¿Qué hases?
-La cena. Tu amiga Charlotte va al Kindergarten, también
-¿Quéseso?
-Un ajo. Los niños mayores van al Kindergarten. Tú eres ya mayor...
-¿Quéseso?
-Una cebolla. ¿Quieres ir a la misma clase que Charlotte?
-¿Qué hases?
-Cortar ajos. A ver, el Kindergarten...
-Ich auch
-¿Tu también quieres ir al Kindergarten?
-Ich auch. Cot-tá

Bueno, pues nada. O mi hija me está diciendo que aprender a manejar un cuchillo le parece más importante que aprender los colores en el Kindergarten (que todo pudiera ser con esta pequeña drama queen), o es que es muy pronto para tener esta conversación. Creo que vamos a tener que asumir como siempre que las locas son las otras madres y dejarlo estar.



viernes, 2 de marzo de 2018

Galletas cachondas

España, tierra querida. Las tiendas de productos españoles, y los que organizan la semana española en el Lidl, saben perfectamente lo que los expatriados echamos de menos. El Colacao. Las galletas María. Las latas de atún y las de tomate frito. La sepia. La colonia Nenuco. Las pipas.

Yo no soy mucho de comprar Colacao. Presumo de poder sobrevivir sin comer jamón más que en Navidades y Semana Santa. Pero hay una cosa que echo de menos de España. Me di cuenta hace un par de tardes.

Con el abuelo en casa, hacía varios días que no recogía a la traductora de bolsillo de la guardería, así que esperaba, como así fue, tener que repetir la rutina que la pequeña tirana le obliga a llevar al abuelo y que incluye una parada en la panadería, subir y bajar todos los bordillos y muros que se encuentran entre la guardería y la casa, y jugar con el inodoro público, quiero decir, la cabina telefónica que tenemos en la esquina del parque.

Pero en fin, tenía tiempo y necesitaba comprar pan, y no me quejé mientras la pequeña me cogía de la mano y me llevaba a la panadería. No me había  dado tiempo ni a pedir el pan, ni a sacar el monedero cuando la traductora se pone a gritar ¡coño! ¡Coñooo!

Momento de sorpresa. Sigo con la mirada el dedito de la niña y me encuentro que apunta y señala esto:



Y me da un ataque de risa. No puedo parar. Y nadie se ríe conmigo. Los empleados y otros clientes de la panadería me miran como si estuviera tarada. Estos inmigrantes... Y me pasa algo que no me pasa todo los días. Que echo mucho de menos España. Alguien que me entienda y se ría conmigo

Por cierto, que es entrañable también que la explicación de los numerosos caballos decapitados que aparecían últimamente por casa es que el abuelo le ha estado comprando a la traductora diariamente galletas de tres euros con forma de unicornio. ¿En serio, papá? El abuelo se encoge de hombros. Cosas de abuelo...

jueves, 12 de octubre de 2017

Mis hijos y su equipaje

Imagina que el vocabulario, la gramática, y la pronunciación de una lengua fuese algo físico que tuviéramos que llevar como quien lleva un equipaje. Yo, por ejemplo, llevaría conmigo una maleta de las grandes con mi español, una mochila de las de montaña con mi inglés, un bolso de mano con mi alemán, una riñonera con mi checo y un monedero con algo de francés.

La mayoría de los niños nacerían con un bolso que van llenando con todas las palabras que encuentran por ahí. En la tele, en el parque, tiradas por la cocina, en casa de algún amigo... ¡todo dentro! Juntando y acumulando hasta que al cabo de un tiempo pueden cambiar su bolso por una maletita, y llevarla orgullosos a la guardería.

A mis hijos, los pobres, nada más nacer les hemos dado tres bolsos, y han tenido que ir aprendiendo a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con sus párečky que hay que meter en el bolso de checo, como viene la otra con su salchichón, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto. Así, con los años, en lugar de acabar con todo bien dispuesto en una maletita, mis hijos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren. Me duele la, el... ¿bauch? ¿břicho? ¿belly? ¡Barriga!

Al principio esto es divertido. Sacar las cosas checas en casa de los abuelos españoles y enseñarles qué pinta tiene una kráva, coger los zapatos en lugar de los Schuhe cuando te apetece, volver loco a papá jugando al veo-veo, y conquistar a camareros de media Europa pidiendo zumo en tres idiomas. Pero después de varios años de tratar las palabras como si fueran bloques de Lego con los que jugar estamos empezando a lidiar con los problemas de los niños trilingües.

Por ejemplo, una cosa que a veces les pasa es que si llevan mucho tiempo utilizando una mochila, les cuesta encontrar las cosas que tienen en otra. Es algo que entiendo bien cada vez que voy de compras en Chequia, pregunto si tienen otra talla en una mezcla de alemán-pobre y checo-triste, y parezco idiota.

Otro problema que uno se puede imaginar es que aunque mis hijos han acumulado un montón de términos y expresiones, están todas repartidas en sus bolsas, y cuando llegan a la escuela y tienen que dejar sus mochilas de español y checo en la entrada, no pueden competir con el equipaje de otros niños. ¿Floh? ¿Kopfsalat? ¿Fußballweltmeisterschaften? Esas cosas no las han oído nunca.

Mis hijos, por supuesto, no están solos en esta tesitura. Y la escuela ha decidido que la mejor manera de gestionar la situación es juntar a todos los niños que necesitan llenar sus mochilas de alemán en un grupo aparte. Eso me pone muy nerviosa. ¿De dónde se supone que van a recoger estos niños la gramática y el vocabulario que les falta? Me parece que si sacan todo lo que llevan encima y lo ponen encima de la mesa, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke, mientras que estando en el grupo normal, nadie tiene que recordar a los niños que compartan tanto lápices como vocablos.

Otra cosa que nos han recomendado es que en casa hablemos y leamos en alemán. No sé qué se piensa la profesora que tengo en mi modesto bolsito de mano que le pueda servir a mi hijo. Desde luego, por más que busco, la correcta declinación de los adjetivos no aparece por ninguna parte. Sé que la puse por ahí, pero cuando la necesito nunca la encuentro. La profesora también me ha recordado las bondades de dar ejemplo con la lectura. No he podido dejar de responder que raramente estoy a más de un metro de un libro, y que además leo libros a mis hijos todas las noches, y con gusto, poniéndoles diferentes voces a los personajes. La lectura en alemán, ha puntualizado. Al parecer tengo que cambiar mi rutina nocturna, que todos disfrutamos, por el enunciado a trompicones de un texto que me es ajeno. Todavía me acuerdo de cuando eran pequeños y se enfadaban si intentaba leerles un libro en checo. Esas no son tus palabras, mamá, parecían decirme. No son tontos, mis hijos, no.

Me gustaría continuar diciendo que pese a todo sigo estando feliz de darles a mis hijos la oportunidad de hablar varias lenguas. Que Internet, así en general, parece estar de acuerdo en que es una buena idea, y que cuando crezcan me lo agradecerán, pero la verdad es que estoy empezando a sentirme terriblemente culpable. Lo que pensábamos que sería una "ventaja" se ha convertido en un "problema" y aquí estoy, buscando una logopeda, alguna actividad donde mi hijo pueda practicar el alemán, libros de primeras lecturas, juegos de letras... y ese es tiempo que mis hijos no están practicando matemáticas, tocando instrumentos o jugando al ajedrez. Me da miedo que leer pase de ser un juego a convertirse en una obligación penosa y nunca lleguen a apreciar el lenguaje como lo hace, por ejemplo, su madre, y sobre todo, me preocupa que sean considerados alumnos mediocres, cuando lo único que "de momento" es mediocre es su alemán.

Me gustaría explicarle eso a la profesora. Que mis hijos no son tontos, pero necesitan tiempo para llenar sus mochilas. Quizá tres veces más tiempo que otros. Necesitan jugar con instrumentos para aprender qué es un Geige, y jugar al ajedrez para aprender los nombres de las piezas y desde luego no puedo pedirles que guarden en un armario el español porque no quiero privarles de la oportunidad de aprender palabras tan bonitas como mandil, que sólo les puede regalar su abuela. Me gustaría explicarle a la profesora que entiendo que no es "su tarea" solucionar "el problema" de mis hijos con el alemán, pero quizá si dejáramos de verlo como un problema y entendiéramos que los que tienen una tarea son mis hijos, que tienen que ir recogiendo lo que los demás les ofrecemos, y que eso, simplemente lleva tiempo, se nos ocurriría cómo podemos ayudarles de la mejor manera.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Killer clowns

Hay cosas que le hacen a una madre sentirse muy mayor. Cosas como esos vaqueros que dejan ver las nalgas, (que no me parecen bien ni mal, es que no acabo de entender que ir con el culo al aire sea tendencia), o lo del pelo azul y morado que está muy bonito dos días y después se pone color camisa blanca lavada accidentalmente con calcetín azul marino.

Ahora resulta que algo llamado killer clowns es tendencia. Esto me lo han explicado otras madres y ya ha salido en el periódico, así que imagino que para cuando escribo este post la cosa estará más pasada que el limón que encontramos en el fondo del frigo al hacer la limpieza. Pero por si alguien es todavía más torpe que yo con las nuevas modas explico que un killer clown es un tipo de idiota que se disfraza de payaso terrorífico y se te mete por ejemplo en el gimnasio, o en el súper, o te da un susto a la vuelta de la esquina. O, en el caso de las madres las intentará asustar, porque me temo que una persona con déficit de sueño, que anda a un ritmo de diez sustos la hora porque su retoño mete los dedos en una caca de perro, corre hacia la carretera en cuanto te das la vuelta, y se tira de cabeza de los columpios, no es fácil de sobresaltar. ¿Qué no? A ver, ¿qué da más susto? ¿Un adulto vestido con pijama sudando detrás de una máscara de látex, o tu hijo pequeño saliendo de la cocina con el cuchillo que se había perdido debajo del horno?

Este sábado tuvimos un evento ajeno a toda tendencia. Fue el cumpleaños de mi vecina. Ocho decenas de años muy bien llevados, que celebramos con pasteles caseros, pizza, y gente de esa que ella conoce y que incluye un poco de todo. Amigas de cuando la posguerra, actores, guionistas, colombianos amantes del tango, refugiados sirios, y dos rubitos trilingües de medio y un metro respectivamente. Sí, el círculo social de mi vecina octogenaria es más interesante que el mío. Mi vecina ha completado dos estudios en su vida: el de enfermera y el de payaso. Y por supuesto, sus compañeros de promoción tenían que pasar a desearle cumpleaños feliz. Señores y señoras, bien pasada la cincuentena, con ropa interior en la cabeza, almohadones en el culo, calcetines desparejados, flores de plástico en el pelo, camisas ochenteras, faldas improvisadas a mano con el resto de algún mantel, y la mejor de las intenciones.

Mi hijo venía del baño cuando se cruzó con la tropa camino del salón, armados con regaderas para cantar el cumpleaños feliz, saludando y haciendo muecas con sus bocas pintadas y agitando sus tocados artesanales. El niño puso la misma cara que si le hubiera cortado el paso una horda de zombis, hizo un amago de rescatar los coches de juguete que se había dejado en el salón, y desechada esta imprudente idea bajó disparado la escalera y se encerró en casa.

Sí, amigos killer clowns. Hay algo mucho más terrorífico que vuestra sangre de mentira, vuestros colmillos, pelucas naranjas y nariz roja de plástico, y es encontrarse de frente con el desfile macabro del tiempo que marcha con calzoncillos en la cabeza y la cara arrugada cachondeándose de tu condición de mortal.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Montando un gueto

Por querer lo mejor para nuestros hijos, los padres a veces hacemos chaladuras. Desde el que asegura que es musulmán practicante para que le den plaza en la guarde al lado de casa, hasta el que paga cientos de euros por unos walkies con vídeo, música y detector de zombies, pasando por el que planta cara a un mocoso de tres años por el uso del tobogán.

Por eso los educadores, desde su imponente neutralidad, están en una posición privilegiada para cortar de raíz las tontunas de los padres. Y por eso no me pareció del todo bien que nos dijeran a principios de curso que iban a separar el grupo de mi hijo en dos y nos daban la opción de elegir con qué tres niños nos gustaría compartir grupo. Las opciones son el demonio. Piensen en los dramas que evita el uniforme escolar.

Al final sucedió lo esperado, por supuesto. La guardería se convirtió en la filial de House of Cards, con todos los padres politiqueando para que a sus hijos no los separaran de sus colegas de barbacoa. "Mira, yo te escribo a ti y a Fulano. Fulano que escriba a Mengano y cerramos el círculo con Zutano". Sólo que en lugar de Fulano, Mengano y Zutano eran Heiner Hans y Holger.

El resultado es que los hijos de Heiner, Hans y Holger han acabado en un grupo mientras que en el otro están las mezclas del tipo azerbaiyano-inglés, ítalo-árabe, checo-ibérico y todos los españoles, medio españoles, y cuarto españoles. Yo no sé si es que ha habido también encuentros en la cumbre por parte del sector patrio, lo cual no me extrañaría nada, pero es que ¡hasta la profesora es medio argentina!

A ver, recuerde el lector que mi guardería es muy pija. Que el niño cuyo padre no es doctor en física, tiene una madre cirujana, ¡que contamos incluso con celebridades entre los padres españoles! Vamos, que mi queja no es que mi hijo se vaya a juntar con gente chunga, ni muchísimo menos. Ya he dejado claro más veces que los chungos somos nosotros. ¡Mi queja es que el niño me sale de la clase chapurreando inglés!

Yo no creo que haya ningún tipo de mala intención por parte de los educadores, ni que se haya querido montar un gueto, pero es que voy a buscar al monstruito, leo los nombres de los niños y no doy crédito "¿Pero este crío también es español?" "Bueno, catalán". Y me pregunto, ¿y si en lugar de españoles fuésemos negros?

viernes, 9 de septiembre de 2016

Un inglés de mierda

El inglés. Imprescindible. Si no hablas inglés lo tienes jodido para encontrar un trabajo cualificado, conocer un país exótico sin pagar un viaje organizado o impresionar con tu retórica a un incauto Erasmus noruego. Por eso incontables padres en medio mundo hacen todo lo posible para que sus retoños chapurreen cuanto antes one-two-three, cat-dog-lizard. Con la mejor de las intenciones y el peor de los sentidos estéticos se descargan todos los capítulos de Dora la exploradora y se interesan por guarderías y escuelas bilingües.

Nosotros haríamos exactamente lo mismo, of course, si no fuera por el hecho de que después de Pocoyó en español, Pohadka o Masinkach y Maja Biene no queda tiempo de ver Peppa Pig. Digo esto como metáfora, porque en realidad es mi hijo el que gestiona sus contenidos en la tablet y un noventa por ciento de lo que ve son los vídeos de un señor que juega con trenes y abre huevos Kinder. En inglés, por cierto.

Lo que quiero decir es que la última de nuestras preocupaciones era que el pequeño monstruo trilingüe se convirtiera en cuatrilingüe. Y nuestra preocupación más reciente es que va camino de hacerlo. Las lenguas, para él, han dejado de ser "como habla mamá" y "como habla papá" para adquirir su nombre y su sentido como herramientas para presumir frente a extraños.

-Yo hablo español, checo alemán e inglés
-No, cariño, inglés todavía no lo hablas
-Síííí
-A ver, what colour is this?
-Grüüün

Ante eso, ¿qué se puede hacer si no es sonreír? Pero últimamente el pequeñajo va más allá. Mucho más allá. Por ejemplo, en medio de una conversación de adultos, se oye desde el otro extremo de la mesa "Yisuscraist, Martin!", y a lo mejor resulta que eso es justo lo que estaba pensando decir.

También le he oído chapurrear conversaciones con más o menos sentido con otros niños. "Come here! Look at this!! Guachi guachi prrrrt. ¡Jajaja!" Y cada vez lo hace con más soltura y con más acierto. Por un motivo que se me escapa totalmente, chapurrear en inglés le encanta. "mamá, what's that? Que es fuckinghelldude?"

Así que así estamos. Nuestro pequeño monstruo habla un español de mierda, un checo de mierda, un alemán de mierda, y desde hace un par de meses, un inglés de mierda.

domingo, 5 de junio de 2016

Aventuras trilingües

Mi madre dice que mi primera palabra fue agua, a los siete meses de edad y en casa siempre hemos sido un poco escépticos con esa afirmación. "Que sí, que sí", dice mi madre, "que te apartaba del vaso de agua y gritabas ¡guagua!" En fin, lo dicho. Escéptica hasta hoy, que tengo que anunciar que la primera palabra de mi hija ha sido ma-má, a los ocho meses recién cumplidos.

Hay gente maledicente que afirma que sí, que dice mamá, pero que se lo dice a cualquier cosa. A esos les digo ¡no señor! ¡Ni mucho menos! ¡A cualquier cosa no! Se lo dice a la comida, lo cual es absolutamente coherente con el hecho de que me lo diga a mí. A ver, desde su punto de vista, ¿qué diferencia hay? ¿Por qué tendría que entender el concepto de ser humano? Ma-ma es lo que le soluciona la papeleta cuando tiene hambre. Aquí la única discusión pendiente es con su padre, que afirma, con una soltura un poco irresponsable, que su primera palabra ha sido el binomio papá-tata. Que sí, que mi bebé es un genio. Es evidente. Pero que su primera palabra sea papá en dos idiomas... bueno, dejémoslo en un quizás.

Mientras tanto, el monstruito trilingüe ha estado en Castilla ampliando su repertorio de español.

-Tu hijo ha dicho Ti-co-ti-ño
-¡No he dicho eso! ¡He dicho coño!
-Y tú, ¿para qué dices eso, si no sabes lo que significa?
-Sí lo sé. Es cuando quieres que alguien haga algo

Pues sí que lo sabe el maldito, sí. Entonces me callo. No le viene mal al pobre un poco de vocabulario. Y es que no sé si el ambiente de su guardería multiculti es demasiado happyflower, pero observando a mi hijo jugar con otros niños españoles en el parque, mi único pensamiento era "¡qué mal lo iba a pasar este pobre en una escuela española!". Es que mientras los otros niños sugerían jugar al fútbol, mi hijo tiraba el balón a lo alto "¡basketball!" o se ponía a cuatro patas y jugaba a ser un gatito y además resulta que esta es una de esas situaciones en las que ser trilingüe no sólo no te ayuda, sino que es una putada, a juzgar por las conversaciones entre criaturas.

-Este balón es mejor, porque es de cuero.
-¿De qué?
-De cuero
-¿Qué es eso, el cuero?
-Mira, da igual (el niño se aleja)
-¡Espera! ¡Espera, amiguito! ¡Amiguito!

A veces pienso que la única ventaja del trilingüismo va a ser protegernos a todos de la demencia. A ellos, y también a mí. Por eso del ejercicio mental:

-Mamá, ahora los coches tienen que ir a la lampa 
Lampa. Lámpara o farola en checo. Aunque suena muy parecido a "Ampel", el semáforo en alemán. Miro alrededor buscando uno o lo otro, y mi hijo me señala una regla apoyada en un extremo por una goma de borrar.
-La lampa, mamá, mira, por aquí suben los coches, saltan y ¡buuuuum!


Buuuum, Sí. Para colmo vamos a necesitar un logopeda.

viernes, 1 de abril de 2016

Traducción simultánea

Mi plan de pensiones puede irse a la mierda en diez años. Let me illustrate:

Todo este esfuerzo, esta cuidada selección de genes eslavo-mediterráneos, las cenas en la cantina de la torre de Babel, las explicaciones atlas en mano, las explicaciones diccionario en mano, las explicaciones a base de gestos con las manos... todo para criar un par de monstruítos cuatrilingües que el día de mañana nos compraran una casita en la playa con su sueldazo de intérpretes de la ONU y resulta que en diez años la ONU no va a necesitar intérpretes. Parece ser que, en diez años, hablar cuatro idiomas europeos va a tener el mismo peso en el currículum que dominar el esperanto y la mecanografía.

Por mucho que aplauda y disfrute los avances de la tecnología, lo cierto es que no puedo esperar con alegría el momento en que practicar tus pobres conocimientos de francés en una cena de amigos se vea como entrar en un establecimiento a pedir un carrete de fotos. La traducción simultánea derribará las barreras del lenguaje, pero va a levantar otras barreras generacionales. Ya me imagino a mis vástagos "mamá, ¡qué vergüenza! Por favor, deja de decir sandeces a Heiner y ponte el traductor" "¿Qué el curso en bioprogramación genética de células óseas te trae de cabeza? Yo a tu edad estudiaba alemán. ¡Imagínate! ¡Alemán!".

Por lo menos nuestros cachorritos aprenden idiomas porque no les queda otra, pero ya lo siento por esos padres que apuntaron a la progenie a clases de mandarín. ¡Que sí, que sí!, que aprender idiomas como mínimo es un sanísimo ejercicio mental, pero a la hora de pagar religiosamente los cientos de euros del curso ¿quién no se imaginaba a su hija de corresponsal del New York Times en Pekin? ¿Quién se iba a figurar que su dinero iba a estar tan bien invertido como en un curso de Cobol?

Lo siento también por Cataluña y País Vasco. Supongo que las instituciones se resistirán durante un tiempo, pero el día que guardar una gramática inglesa en casa sea como tener un radiocassette va a ser difícil justificar el requisito de Euskera C1 en unas oposiciones. 

Lo peor del tema es tener que darle la razón a mi madre, porque al final todos los que nos dicen que les estamos dando un regalo a los niños con el tema de los idiomas van a estar equivocados y va a tener razón ella cuando exclama ¡pobres criaturas!

Yo me imaginaba a mis hijos echándome en cara mil cosas en el futuro, empezando por mi jornada completa y mis habilidades bastante deficientes con el fondant, pero siempre pensé que mis fallos como madre quedaban hasta cierto punto compensados con el regalo de no tener que escribir jamás en un currículum "inglés medio-alto". Estaba tranquila pensando que mis hijos siempre tendrían un as en la manga. Ahora me temo que tendré que oír algo en la línea de "Si hubiéramos estudiado robótica cuántica en lugar de perder el tiempo aprendiendo a pronunciar siete tipos de erre nos hubiera ido mucho mejor".

Muchas gracias, colegas ingenieros. Muchas gracias.

jueves, 24 de marzo de 2016

La niña de papá

Los bebés son la democratización de la felicidad. Da igual quién seas y cómo seas. Alto, bajo, joven, viejo, pobre, rico, una buena persona, un ser indeseable, o incluso un póster en cartón piedra. A poco que les mires te devuelven una sonrisa sin dientes diseñada específicamente para sacarte la tuya junto con un "oooh" o un "ahhh", según el caso. Los bebés son suaves al tacto y la mayor parte del tiempo huelen como ropa nueva espolvoreada con azúcar y canela. Es poner la nariz cerca de su cabeza, inspirar, y llenarse los pulmones de gozo puro.

Si te parece que no eres una persona divertida, prueba a hacerle gracias a un bebé. A veces se descojonan con sólo oírte estornudar. Si has tenido un día de mierda, coge a un bebé un rato. Están calentitos y te miran como si fueras el puto amo de todo. A veces incluso te hablan. Mi traductora de bolsillo dice "papapapa" y "tatatata", y no le hace falta más para lograr hacer feliz a una persona en concreto.

-¿Has oído? Ha dicho papá
-papapapapa
-Sí cariño, pero no creo que...
-tatatatata
-¿Ves, ves? ¡Tata! Clarísimo
-Lo que tú digas. Con cinco meses dice papá en dos idiomas. Pásame el móvil que llamo a Mensa
-Estás celosa porque no dice mamá
-Mhmm, me has pillado. Yo creo que quiere que papá le cambie el pañal
-¡Pues claro que se lo cambio! Di papá pa-pá paaa-paaa
-papapapapapa
-papapapapapa

viernes, 18 de marzo de 2016

Protestas

Yo, lo que es hablar alemán, lo hablo. Cuando alguien trata de entenderme se le ven las arrugas de concentración en la frente, y a veces se giran un poco para que mi intento de comunicación le llegue mejor al oído, pero mi mi alemán me consigue comida en los restaurantes, recetas en el médico, y una sonrisa no se sabe si de vergüenza o de solidaridad en las reuniones con clientes.

El caso es que hay sitios donde mi alemán no llega. Las cartas de la Finanzamt, obvio, y quizá menos obvio, las conversaciones del pequeño diccionario trilingüe con sus amiguitos. Es que una madre, como figura de autoridad, necesita saber de un modo preciso qué barbaridad está diciendo su hijo para poder actuar en consecuencia. Cuando una oye "... meine Eltern (padres)...ins Gäfangnis (cárcel)" una entiende, como en las "listenings" de clase, el contexto. Y el contexto en este caso era claramente, mi hijo diciendo burradas a un amiguito. Así que le pedí como le pediría a la profe, que pusiera la cinta una vez más. "¿Qué dices? ¿Qué dices de una cárcel?". Mi hijo me miró muerto de risa. Así que tuvo que ser la madre del amiguito la que me ayudara con la parte pedagógica del asunto. "Das ist nicht nett. Si llevan a tus padres a la cárcel, ¿quién te va a hacer la comida?"

En otras ocasiones mi alemán me llega para entender, pero se queda corto para contestar. Ayer mismo iba paseando por una acera estrecha con la traductora de bolsillo en el carrito. En un punto del camino había dos señoras muy bien vestidas (me aventuro a adivinar, sin hijos) de charleta en mitad de la acera. Mi "entschuldigung" no me llevó muy lejos. Las señoras me miraron un segundo, pero no se apartaron. Tuve que bajar con el carrito de la acera y rodearlas. A muchas lectoras no les tengo que explicar que subir y bajar bordillos con un carrito es un coñazo. Apartarse un poco cuando se dispone de piernas operativas es una molestia menor, que además se compensa con la bonita sensación de haber hecho el bien. Pero no. Cuando pasaba a su lado, lanzando una mirada de odio entendí perfectamente "es ist nicht so dramatisch, oder?". Respondí algo y gesticulé aún más, pero lo cierto es que en ese momento no tenía a mano las palabras que una necesita para llamarle hija de perra a alguien con educación.

Y es que los inmigrantes pagamos un impuesto especial por no dominar el idioma. Cada vez que necesitamos protestar tenemos que poner en un plato de la balanza lo que intentamos obtener de la protesta y en el otro el esfuerzo de juntar un montón de palabras para pedir las cosas. Me faltan dedos en las manos para contar las veces que me he bebido el agua con gas por no discutir, pero es que además no he dicho nada cuando me han dado la vuelta mal. Por no discutir (en alemán) pago religiosamente multas injustas y ni siquiera tengo abogado que hable por mí, porque no puedo leer las cuarenta y cinco páginas que describen las condiciones del seguro de abogados, y me da que si me hago dicho seguro voy a acabar regalándoles dinero también a ellos... por no discutir.

El problema es que saber pedir las cosas, saber protestar y llamar a alguien asquerosa con educación es un recurso importantísimo en la vida. En el día a día, beberte cosas que no te gustan no tiene mayor importancia, pero saber exponer tu problema a la persona adecuada puede ser la diferencia entre que te den la oportunidad repetir un examen o quedarte con un suspenso, puede ser lo que te ayude a salir de la oficina compartida con el compi del dudoso olor corporal y por lo menos te da la satisfacción del deber cumplido cuando le haces saber a una gilipollas que es gilipollas.

Pero si mi hijo no ve eso en mi, ¿de quién lo va a aprender? Temo que no me quede más remedio que hacer algo valiente la próxima vez que me vea en una de éstas. Pararme, mirar a los ojos a la payasa de turno, y decirle "ahora se espera por favor a que traduzca con calma lo que le quiero decir". O eso o le pido a mi hijo que me defienda "¡ojocuidao! ¡Que mi madre ha estado en la cárcel!"

lunes, 25 de enero de 2016

Viaje con niños

Antes de tener hijos yo era una viajera bastante profesional. De las que meten en la maleta lo justo y calzan zapatillas de deporte para que nada las detenga en el control de seguridad. De las que no hacen cola en la puerta de embarque, ni se levantan en cuanto el avión toca tierra, ni mucho menos aplauden cuando el piloto realiza la proeza de aterrizar sin matarnos a todos.

Ahora viajo con dos niños. Y hay cosas que ya no sirven. Por ejemplo el viejo mantra cartera-pasaporte-billetes (actualizado a cartera-pasaporte-teléfono) ahora es cartera-tres pasaportes (comprobar semanas antes que aún son válidos)-teléfono-pañales-agua-ropa de recambio-portabebés-chupete-libro de Gerónimo Stilton o entretenimiento similar-bolsón medio vacío para meter guantes, gorros, bufandas y chaquetas en el aeropuerto-escapulario de la santa virgen de las Angustias para rezar por que ningún niño la prepare parda.

Antes, cuando iba a España viajaba con una maletita mediana, que se transportara bien, pero se pudiera rellenar de jamón y zapatos nuevos a la vuelta. Ahora tengo que meter ropa para tres en una maleta de la que pueda tirar con una mano mientras empujo el carrito con la otra. Esto me deja espacio para unos vaqueros y un detalle para mi hermana, a la que robo hasta la ropa interior de su armario en Valladolid. Siempre solía meter un vestidito mono y unas medias, para salir alguna noche. Ahora me descojono de pensarlo. Y luego lloro. ¿Queda sitio en el bolsón para el ordenador? Va a ser qué no.

El control de seguridad que antes cruzaba grácilmente ahora me hace pensar en un puente sobre el averno custodiado por trolls. El de Barajas es un poco peor. En Munich son amables, tranquilos, y te ayudan a desmontar las ruedas del carro que, nunca, nunca cabe, porque fue Herodes mismo el que diseñó las máquinas de rayos X de los aeropuertos. ¿Señorita, puede levantar el pie? ¿En serio pretende que me ponga a la pata coja mientras tengo un bebé en brazos? Venga, va, le sujeto a la niña. En Barajas siempre hay una cola demencial, y para hacer las cosas más fáciles han vestido de amarillo "relajante" a esa gente que te grita "¡ordenador, líquidos!", te pasa decenas de bandejas de plástico, te secuestra los biberones y te obliga a quitarle las botas al niño, no vaya a haberse escondido la Kalashnikov de un Playmobil. ¿Qué tengo que hacer para convencer a Barajas de que no soy una terrorista? ¿Quieren una muestra de orina o algo? Porque yo se la doy encantada. Como mi hijo, que una vez no se aguantó la cola y se meó en el control de seguridad.

Que a lo mejor Barajas no sabe que nos está puteando, oiga. La gente puede ser muy hija de puta sin darse cuenta. Amiga con progenie, si cuando iba sin críos alguna vez te pasé por delante en un andén de tren con la maleta, mientras tú peleabas con tus bultos soñando con convertirte en pulpo, o peor aún, te dediqué un "¡qué bebé más mono!" al pasar, en lugar de echarte una mano para subir, si cuando estabas en el pasilllo del vagón, tratando de recomponerte y jugando al tetris mental con el carrito, te dije "pasooo" camino de mi asiento, si cuando estabas desmontando y plegando el carrito antes de entrar al avión, con pañales, abrigos, y bolsa de viaje desparramados por el sueño y tu hijo dando la coña pasé esquivandote (no sea que el avión fuera a irse sin mi) y luego encima te corte el paso en el pasillo mientras colocaba mi maleta, si cuando llegabas con tu prole al metro te hice entrar la última y tuviste que lanzar niños y carrito en el vagón a lo bestia, y no tuve la decencia de cambiarme de sitio con tu hijo para que no fuera chillando "¡mamá, mira!" desde el otro lado del vagón, si me metí en el ascensor del metro porque alguna tara mental me impedía usar las escaleras y te tocó esperar, si tu hijo se meaba "¡ya, mamá, ya! y no te dejé paso en el baño, si fui uno más de esos bultos con que tuviste que lidiar estilo huída del apocalipsis zombie mientras tratabas, en el medio de transporte que fuera, de llegar a la puerta, lo siento. Entendería que me hubieses mentado a la familia. No puedo cambiar el pasado pero puedo proponer que se haga un simulacro de viaje con niños en los institutos. Como método anticonceptivo. Así las cosas, cuando te encuentras con ese señor que te deja pasar en la cola del bar, y esa señorita que se sienta a tu lado en el vuelo y te entretiene al niño, te dan ganas de abrazarlos como si fueran familia.

Cuando era joven una vez me quedé dormida en la puerta de embarque. Esto ahora es imposible que me pase. La última vez, cuando quedaban cinco minutos para embarcar, con la niña tranquilita y el niño haciendo pasatiempos, e ilusa de mí pensé que tenía la situación controlada, se desencadenó la tormenta perfecta: Primero se cagó la niña y se puso a gritar. Agarré niños y bultos y corrí en una dirección cualquiera buscando el servicio con cambiador de bebés más cercano mientras se oía por los altavoces "el vuelo a Madrid tiene overbooking, si no le importa quedarse en tierra... etc". Mierda y mierda. No encontraba el cambiador y no podía arriesgarme a pasar las vacaciones sola, o peor, con la familia política. Gracias al cielo, con los años he desarrollado técnicas ninja para cambiar pañales y he perdido todo sentido de la vergüenza así que puse a ello en una esquinita discreta. Entonces el otro niño "mama, pipí". Tres veces mierda. Con el bebé a medio cambiar, pañal sucio en mano, y arrastrando niño y abrigos corrí, esta vez de verdad al servicio, y gritando a mi hijo en el baño "¡date prisa!", "mamá, tú siempre me dices que hay que hacer las cosas despacito", vestí a la niña, agarré abrigos y demás y llegamos justo a la puerta de embarque. Justo para ver que había que bajar un piso de escaleras hasta el avión y el ascensor estaba estropeado. El operario de Lufthansa me miró a la cara sin entender mis ojos de odio.

Antes, cuando me iba de viaje sóla me decían "pásalo bien". Ahora me dicen "hija, no sé cómo te atreves".

La perspectiva de unas semanas con babisitter jamón y gambas, que te da valor.

martes, 19 de enero de 2016

Problemillas trilingües

Criar a un niño trilingüe es una experiencia divertidísima. Un día el pequeño te deleita con el clásico "en casa podemos guardar más juguetes porque tenemos más cojones" otro día experimentas el lost in translation de tu marido en la guardería "¿Te han castigado por hacer Quatsch? ¿Estabas imitando a un pato, quatsch, quatsch?" y en cualquier momento el crío se pone a hablar como un turista borracho "Faster, faster! Wir machen fiesta. Vamos, Wagen!!!"

Pero es que además resulta muy apañado para poder dejarle en guarderías de media Europa. "Sísí, su lengua madre es el "alemán/inglés/español". No van a tener ningún problema" Da igual que sea un jardín de nieve en los Alpes, la guardería del festival de cine de Karlovy Vary, o el Ikea de Valladolid. Antes de acabar la frase, mi pequeño terremoto trilingüe está comenzando el protocolo para averiguar qué hablan los críos en ese sitio. "Hola, jak se jmenujes? Kann ich spielen?" 

Y es que hasta ahora sólo hemos vivido la parte bonita del asunto. Cuando algún amigo malayo me decía que me envidiaba por haber crecido con una sola lengua no podía entender qué desventaja podía tener el venir al mundo con un Thesaurus bajo el brazo. Creo que he empezado a darme cuenta estas Navidades.

Para empezar nos han dicho en la guardería que Daniel tiene problemas con la erre alemana de Bruno y de Reis. También tiene problemas con la erre española de perro, distinta de las anteriores, aunque curiosamente pronuncia perfectamente la "ř" checa. O sea, que a lo mejor necesitamos dos o tres logopedas para solucionar este asunto. Mucho subvencionarnos la Erasmus, pero ahora nos toca a nosotros costear las consecuencias.

Y lo de las erres no tendría tanta importancia si no fuera porque además los niños de su edad dominan el español mucho mejor que él. Mi hijo dice "con los azules Kissen jugar quiero, pero", y por primera vez unos pequeños hijos de Hündin le han dicho que no querían jugar con él porque habla raro. Para mí fue como si me estrujaran las vísceras. Yo ya sé que no puedo ahorrarle a mi chiquitín estas cosas, pero mi niño es una criatura inocente, alegre y adorable, y mi instinto de mamífera me empuja a mantenerle a salvo de todo lo malo, aunque para ello tenga que explicar a niños de cuatro años qué significa ser un garrulo xenófobo. Por supuesto que no lo hice. La explicación es difícil cuando el concepto de lengua y de país aún no está claro. Sólo ahora Dani empieza a decir que alguien habla checo cuando antes decía que "habla como papá".

No somos tan inocentes como para no esperar pequeños problemillas con esta mezcolanza lingüística. Pero de algún modo pensé que vendrían cuando nuestro pequeño tuviera las herramientas para afrontarlos. Creo que de momento ni siquiera yo tengo las herramientas para afrontarlos. Hoy Daniel ha dicho que él es alemán, que Alemania es donde los niños hablan como él. Y me ha dejado muda. Le ha salido tan natural, que lo único que puedo pensar es que ahora que el concepto de país está más o menos claro, a ver cómo le explicamos el concepto de pasaporte.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Preocupaciones

Dar con la cantidad justa de preocupación que uno debe mantener en su día a día es un arte. En nuestra familia funciona así: yo me preocupo por todo y mi media naranja por nada. Alas, conseguimos el ansiado equilibrio. Equilibrio que se ha visto perturbado últimamente porque desde que una se convierte en madre toda la familia adquiere el derecho de preocuparse. Y se preocupan, claro que sí. Porque la vida le ofrece a uno motivos de sobra para angustiarse.

Una preocupación recurrente es la de si el pequeño diccionario trilingue se va a poner celoso por la adquisición de la traductora de bolsillo. Para compensar un poco la balanza de inquietudes, he decidido ponerme del lado de mi media naranja y ver el vaso medio lleno. Y es que todo parece indicar que el peque adora a la hermanita y está feliz. O al menos, eso es lo que ha dicho en el "Morgenkreis" de la guardería, donde todas las mañanas los niños hablan de sus sentimientos (por favor, por favor, que alguien exporte esta idea a su relación de pareja y me cuente qué tal).

De hecho, el comportamiento de mi hijo con la hermanita le hace a una exclamar Ooooohhh Aaaahhhh, ¡qué mono! ¡Qué amor! y avergonzarle a achuchones. Nunca olvida darle un beso antes de irse a dormir o a la guarderia. Me grita cuando estoy en la ducha. ¡Mamá! ¡Inés llora! ¡Dale de comer!, me pasa los pañales cuando se los cambio "mamá, este está limpio", dice tras olerlo, y enseña orgulloso el contenido del carrito a todos los niños que se encuentra.

Así que cada vez que alguien nos pregunta, ¿qué tal lo lleva el hermanito? respondo que lo lleva estupendamente y que no entiendo porqué se preocupa la gente. ¡Ingenua de mí!

La última que me preguntó que tal lo lleva el peque fue la cuidadora de la guardería, en la fiesta de las Laterne. "Muy bien, muy bien, ¿qué tal aquí?" "Bueeeeno, está un poco inquieto" y tras un sorbo de Kinderpunsch se soltó a hablar "Se porta mal y no hace caso si le regañas. Cuando me doy la vuelta incita a los otros niños a gritar... por ejemplo, el otro día me tocó el culo y cuando le dije que eso no se hace me respondió ¡Miau! y se echó a reír".

Aha... respondí, escondiendo la cara en mi taza de Kinderpunsch y mientras la cuidadora me describía cómo exactamente mi hijo le había palmeado el trasero yo me arrepentía de no haberme traído un culín de vodka para acompañar. ¡Con lo bien que estaba sin preocuparme!

miércoles, 11 de febrero de 2015

Schweineuhr

Cuando un tienes en casa un pequeño monstruo trilingüe sabes que algún día llegará ese momento en el que el crío te corrija, se ría de ti, o tenga que hacerte de traductor (a ver, listos, ¿cómo se dice congrio en alemán?). Bien. Ese momento ha llegado.

Ya hace tiempo que la criatura se mofa cuando alguien le lee cuentos en un idioma que no es el suyo, pero así como para dentro, sin resultar terriblemente insultante. Es una mejora sobre esa época en la que le daba por gritar “¡No, mamá! ¡No!” como si amenazara con perforarle el tímpano si se me ocurría tocar la cubierta de un libro en checo.

Que un mocoso que no te llega a la altura de las rodillas te corrija el acento es insultante, pero en lugar de ofenderse, uno puede de momento tomarle el pelo. Como estas Navidades, cantando villancicos:
-O Tannenbaum, o Tannenbaum, wie grun sind deine Blätter!
-Grün, mamá, grüüüün
-Pues eso digo, wie gruuuun sind…
-No, mamá, grüüün!
-gruuuuuuuun
Me lo merezco, por hacerle exactamente lo mismo en repetidas ocasiones a mi media naranja.

Es que no hay que tomarse estas cosas a la tremenda, porque lo cierto es que hay motivo de cachondeo. Hoy por ejemplo me acabo de enterar de que llevo meses pidiendo en la panadería un reloj de cerdo (Schweineuhr) en lugar de una oreja de cerdo (Schweineohr, palmera de chocolate). ¡Qué ganas de que me oiga el pequeño bávaro y se muera de risa!

Al final sólo significa que ha llegado el momento de abrazar al inmigrante que todos llevamos dentro, soltarse la melena española, y avergonzar a tu hijo como sólo una madre puede hacer.
-Er möchte… er will das… der… das… a ver, niño, dile a la seño lo que querías
-Die Mütze
-Eso, ¡die Mutze!
-No, mamá, die Müüüü... aaaargggg, vámonos