Mostrando entradas con la etiqueta Embarazo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Embarazo. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de octubre de 2015

Parir sin epidural

Servidora Tedesca, talentosa bloguera (su blog fukitol, es divertidísimo y con un diseño bien currado, no como el mío), ha aceptado el desafío de proponer una camiseta apropiada para la madre que se ve en el trance de parir sin opiáceos. Creo que refleja a la perfección el espíritu de lo que yo quería transmitir en el blog, aquí.



Me encanta la referencia a las drogas blandas. Yo añadiría por detrás "Y no me vuelven a pillar en una de estas", pero eso va en gustos, claro.

Qué, ¿hay interés? ¿Voy mirando precios? Se pueden hacer versiones en inglés, checo, u otros idiomas para esas amistades que te cuentan lo bien que ha ido su parto y a las que te gustaría decir, "toma tu camiseta y calla".

sábado, 17 de octubre de 2015

Vuelta a la normalidad

Tenía que pasar. Las hormonas de la felicidad postpartum han desaparecido. Una lo nota en pequeñas cosas.

Las últimas dos semanas, mi adorado maridito ha estado dedicado exclusivamente a la noble tarea (o tarea de nobles), de tocarse los huevos a dos manos. Es algo que no me ha molestado lo más mínimo. De hecho, lo he considerado un necesario período de adaptación, en el que padre e hija han tenido la oportunidad de conocerse. Con una servidora naturalmente drogada, y la madre de una servidora gestionando que nadie muriera de hambre o de cólera, la casa ha sido una balsa de aceite. En mi percepción distorsionada por la química, mis hijos han sido un amor y sólo tenía ganas de besarlos a todas horas, mi marido, un dechado de virtudes asignado a mí por los ángeles del cielo, y no podría querer más en la vida que seguir exactamente como ahora. Hasta la báscula parecía estar de mi parte y me anunciaba alegremente que me he librado de más de diez kilos así sin más, porque yo lo valgo.

Bien, pues ayer por la mañana mi adorado maridito, ese dechado de virtudes, ha amanecido a las 10, y se ha ido al trabajo a las 11. Mi reacción no ha sido esa de amor y comprensión a la que le tenía acostumbrado últimamente "¿vas a trabajar hoy? Si te apetece, oye. No te vayas a estresar. ¡Ah! Que tienes que desayunar, claro. Tampoco te saltes el almuerzo, no te vaya a dar una lipotimia o algo. Que te has acostado tarde. Que digo yo que si tanto tiempo te sobra por las noches podrías dormir a tu hija, Que la señorita ha decidido que no le gusta la cuna. Y tenemos que hablar de tu hijo, que está insoportable."

Sí, el hijo adorable, y mi madre amantísima, que la semana pasada eran mi felicidad y mi orgullo, sin el soporte de la oxitocina y la endorfina me sacan de quicio. "¡Mami, mami, mami! ¡Juega un poquito solo, amor, que me vas a gastar el nombre!" "No, mamá, no sé como se dice berberecho en alemán, ni creo que los tengan en el Netto." Y es que la nueva adquisión de la familia anda con tos y estamos encerradas en casa, lo que no ayuda. Y llueve. Para colmo llueve.

Así que estoy tratando de compensar el mono de endorfinas comiendo chocolate como si fuera pan. Esto es, hasta que escucho lo siguiente saliendo del baño.
-Jeje, ¡qué curioso! La báscula se ha vuelto loca. Dice que Daniel pesa tres kilos. 



martes, 22 de septiembre de 2015

Visitas

¿Qué es más importante, el bienestar físico o el espiritual? En mi caso, esto es un poco como preguntar ¿a quién quieres más, a papá o a mamá? Papá viene a mi casa con la maleta llena de libros. Mamá viene con lentejas. Papá se preocupa de que mi sistema de audio sea "state of the art". Mamá se preocupa si el baño no está impoluto. Con papá hablamos de política, pero mamá pregunta si tengo algo para planchar. Los dos tienen sin duda la mejor de las intenciones y están deseando ayudar, pero la idea de tenerlos a la vez en casa mientras esperamos el gran evento es tan atractiva como dejar que te exfolien los pies una manada de ratas, así que no queda más remedio que decidir. No me queda más remedio, mejor dicho. Mi media naranja es lo suficientemente espabilado como para saber que cuando se trata de la familia en estos momentos lo que se espera de él es un "sí, amor" "lo que tú quieras, amor", y nada más.

Teniendo en cuenta que de momento me puedo mover, he tomado la salomónica decisión de que mi padre venga antes del día D, y mi madre después, y por ahora la cosa ha ido bien. En estas semanas de baja que tan graciosamente nos ofrece el estado alemán me he leído de cabo a rabo Anna Karenina, un premio planeta y un premio de la crítica de 1975, y estoy a punto de conocer al señor Terenci Moix. Es como una comida con entrante, postre, pan y vino para mi yo inteletual. Me lo imagino acariciándose la barriga de puro gusto. No me daba un atracón así desde... posiblemente desde que veía por la tele el libro gordo de Petete.

El baño, por otra parte, está como está, porque no se limpia solo mientras papá y yo visitamos el palacio de justicia. El volúmen de tareas mundanas que tenemos es básicamente el mismo que antes de la visita, hasta el punto en que mi media naranja hizo un amago de queja por tener que recoger él cada noche la cocina. Un amago, digo, porque él sabe que es mejor no discutir estas cosas en estos momentos, y además mi padre le cae bien. Hace poco se compraron los dos auriculares nuevos de la misma marca.

Lo malo es que la premisa de este arreglo, que yo de momento me puedo mover, empieza a hacer aguas, y por mucho que me atraiga la idea de romper las mismas en el museo de Durero o algún sitio culto, poco a poco llega el momento en el que valoraría aún más poner las piernas en alto mientras alguien se encarga de la cena. En resúmen. Le he comprado el billete de avión a mamá. Mi media naranja ha hecho un amago de protesta.

-Cariño, ¿y no podríamos retrasar el viaje de tu madre un poco? ¿Un par de semanas para estar tú y yo solos?
-No, porque alguien tiene que cuidar al pequeño monstruo si resulta que me pongo de parto justo ahora, mi madre no sabe hacer escalas, mi hermana se va de vacaciones y no la puede traer más tarde, y después de horas de negociaciones a tres bandas, no me toques las narices, que me pongo de parto ya...
-Sí mi amor. Lo que tu quieras, amor. 

martes, 1 de septiembre de 2015

Se acerca el día D

Este embarazo está a punto de acabarse, y lo cierto es que me da penita, porque no creo que vuelva a meterme en una de estas. No habrá más ocasiones de plantarse con las manos en la barriga enfrente de un adolescente ensimismado en el metro, no más comportarse como una loca y echarle la culpa a las hormonas y no más servirse las tres últimas porciones de helado y mirar desafiante a mi media naranja (atrevete, atrevete a decir algo). Voy a agradecer, claro está, poder volver a cortarme yo misma las uñas de los pies, tumbarme boca abajo y dar vueltas en la cama sin bufar, resoplar y sentir como si estuviera cambiando de posición a un bebé ballena, pero lo cierto es que no me puedo quejar. Quitando cuatro Kleinlichkeiten me encuentro fenomenal.

Aquí puede que hablen las hormonas y no yo, pero incluso me hace mucha ilusión la nueva incorporación al equipo trilingüe. La memoria hace cosas muy extrañas en la cabeza de una embarazada y resulta que apenas me acuerdo de las noches sin dormir, el drama de olvidarse la ropa de recambio, y ese estrés contínuo de los padres primerizos porque el bebé hace cosas imprevistas cada día como echar una caquita verde o tener la cabeza irregular, o de pronto subirle la fiebre a 37. Al guardar la ropita en el armario me viene algún flashback. Mmmm, ¿no le llevamos envuelto en esta manta al hospital esa noche que no paraba de llorar y la abuela decía que le diéramos té y al final desesperados e histéricos (el estado natural de un padre primerizo) nos fuimos a urgencias dónde la criatura le cagó toda la consulta al médico y se durmió como un bendito? Pues sí, no sé por qué nos hemos quedado con ganas de más.

Con todo, hemos tenido mucha suerte. He visto a gente desesperada, biberón en mano, porque el niño no coge la teta, o no duerme más de una hora seguida. Mi pequeño experimento europeo le cogió el gusto a la teta y a dormir con apenas dos días de vida. Y así sigue. Y sí, estoy convencida que esto, como lo de pasar un embarazo estupendo es mayormente una cuestión de suerte.

Pero querida amiga que te has pasado el embarazo vomitando y la crianza alternando la mastitis con el sacaleches, antes de que decidas odiarme por siempre, tienes que saber que el universo sólo me compensa por la que me hizo pasar el (los) días del parto. Mi parto fue una pesadilla tal que voy a recomendar a esa amiga que me está leyendo y pensando en tener hijos que salte directamente al siguiente párrafo. Así por dar un par de apuntes, nos pasamos casi veinticuatro horas en la sala de partos. De las últimas horas tengo recuerdos sueltos: yo gritando porque no venía el anestesista con la epidural, probando posturas a ver si la criatura giraba y salía de una puñetera vez, los 120 minutos gloriosos en que estuve bajo el efecto de la anestesia en medio de horas y horas de dolor, y el recuerdo de firmar finalmente la autorización en checo para la cesárea con la mano izquierda y sin gafas.

¿Podía haber influído yo las cosas de algún modo? No lo creo. El hospital en el que di a luz tiene un porcentaje bastante bajo de cesáreas. No creo que me la recomendaran por terminar el turno temprano. Por mucho que algún retrasado me pregunte si "voy a escoger cesárea otra vez", sé que es aún más idiota sentirse frustrada, o peor, culpable.

Pero eso no evita, claro, esa sensación que yo describo como "no quiero morir" y que me impulsa a dejar arreglados y visibles los papeles del banco. Mi media naranja, el ingeniero, gestiona la situación como él mejor sabe. Diciéndome que las estadísticas están de mi parte, y que si quiero busca los números exactos. Lo curioso es que sí que me alivia, porque aunque demuestre tener la empatía de un arbusto, me gusta que un argumento esté respaldado por números. Ese "va a salir todo bien" sin justificar me trae a la memoria películas dónde uno siente la tentación de gritar al protagonista "¡Qué no! ¿No ves que no va a salir bien? ¡No lo hagas!". Y en este caso ya no cabe la posibilidad de no hacerlo.

Así que ahí estoy yo, pensando en positivo, abrazando a mi hijo de un modo que si fuera un poco mayor me diría "¡quita, mamá, estás fatal!", absoluta y completamente cagada de miedo, y el seguro, con la misma sensibilidad que mi media naranja, me envía un folleto para la donación de órganos.

Igual sí tenía que haberme apuntado al yoga.


jueves, 23 de julio de 2015

Yoga para embarazadas

Antes de quedarme embarazada había unos dos millones de cosas que tenía claro que esta vez, , iba a hacer bien. Empezando por tomar vitaminas antes de concebir, anunciarle la noticia a mi media naranja de un modo algo más romántico que agitar un Predictor en el momento que entra por la puerta, pasar del primer capítulo del libro gordo de la embarazada, seguir saliendo a correr, ponerme música en la barriga para estimular al feto, comer mayormente verduritas y engordar sólo ocho kilos, hacer natación para embarazadas, yoga para embarazadas, cursos de preparación al parto, asegurarme de que mi media naranja honra su papel de parte implicada en el asunto arrastrándole a las visitas del ginecólogo, documentar el proceso con numerosas ecografías en Facebook y un vídeo en 4D, hacerme fotos de la barriga creciendo, organizar una baby shower y congelar el cordón umbilical entre otras.

En algún momento de este embarazo he decidido que no necesito una lista de tareas adicional a las que tengo en el trabajo y en casa y que llevo a cabo como siempre, pero con una carga extra de hormonas y grasa abdominal. Sobre todo no necesito romperme los cuernos tratando de hacer de esto una experiencia inolvidable cuando la otra parte interesada en el asunto se ha pasado más de cuatro meses en estado de negación, y sólo ahora que mi barriga ha superado con creces la barrera "ropa normal anchita", empieza, aunque sea tímidamente, a entender que hay un nuevo miembro de la familia creciendo dentro de mí. Aún hoy, toda su preparación para el gran momento se limita a llamarme cariñosamente "fatty".

Claro está, la decisión de tomarme las cosas con calma no ha sido fruto de meditar civilizadamente mis opciones, sino la consecuencia de darme cuenta de que me estaba comportando como una tarada. Me explico.
Una cosa que todo el mundo te pregunta en Alemania cuando les dices que estás embarazada es ¿ya tienes una Hebamme (comadrona)? Mi reacción fue entrar en pánico, llorar y gritar a mi media naranja ¿una Hebamme? ¡No! ¡Dios santo! ¡No tengo Hebamme! No tengo escayola para hacerme un molde de la barriga, no tengo abierta una cuenta de ahorros para el bebé, no tengo una almohada en forma de churro y no tengo bragas premamá ¡Necesito una Hebamme! Así, escribí nada menos que a dieciocho comadronas y llamé a otras tantas hasta encontrar a una disponible en Septiembre (temporada alta de vacaciones para las Hebammes, al parecer).

Nótese que con mi primer vástago no tuve más comadrona que la del hospital el día D, así que toda esta angustia era gratuita e irracional, aunque yo esto no lo sabía, claro, sólo me di cuenta cuando por fin conocí a la esperada Hebamme.

-Bueeeno, y entonces ¿qué servicios ofrece?
-Pues... me llamas si tienes alguna duda
-…

Y yo pensando ¿ya está? Yo había oído hablar de masajes de pies y remedios caseros como parte del "portfolio". Después de un silencio algo incómodo charlamos animadamente de todo un poco. Muy agradable e informativo, pero definitivamente prescindible. Fue exactamente entonces, cuando le dije adiós y cerré la puerta de casa que me di cuenta de que quizá había exagerado un poquitín con el tema. Si tengo un problema, probablemente llamaré a la ginecóloga/pediatra, y si no lo tengo, no creo que llame a la Hebamme para que venga a hacerme compañía. Conociéndome, lo más probable es que no la llame en absluto.

¿Clases de yoga? Nah.





viernes, 26 de junio de 2015

Vacaciones

Un embarazo no es una enfermedad, es algo completamente natural. Puedes seguir con tu vida, business as usual. Excepto, por supuesto, que no puedes beber, fumar, esquiar, tomar una sauna, bucear, hacer surf o subir a un volcán y que cualquier cosa que estés pensando llevarte a la boca esta probablemente prohibida según alguna página de Internet. Si escribes en Google la secuencia "alimento X" + "durante", el buscador ya sabe que la siguiente palabra va a ser "embarazo".

Incluso si tú te encuentras estupendamente, siempre va a haber gente que crea que deberías estar en casa quietecita. Por ejemplo Air Asia. Antes de volar te hacen firmar un papel que dice, no sólo que no tienes derecho a denunciarles si te pasa algo, sino que además ellos se reservan el derecho denunciarte a ti si tu bombo les causa problemas. Atendiendo a lo que está escrito en el formulario en teoría podrían pedirte dinero por esos cinco o quince quilos que te traes de contrabando. Ya ves. Todo normal.

Una vez en el país extraño, me he dado cuenta de que una embarazada se convierte en esa señora loca que pregunta que pez ex-ac-ta-men-te es el que se está comiendo. ¿Mahi-mahi? ¿Cómo es de grande? ¿Cuánto mercurio puede acumular? "Señora, el pez es grande, pero no se preocupe, le puedo garantizar que sólo le servimos un filete". Es esa misma señora chiflada que pide una papaya y un cuchillo en el hotel porque pone en duda las condiciones sanitarias del inmaculado stall de zumos en un centro comercial de Singapur. "Quiere usted papaya" "¡No! Quiero una papaya" "un plato de papaya, quiere decir..." "Una papaya. Con piel y... Déjelo ¿sabe dónde hay un supermercado con fruta y artículos de cocina?"

"Estoy embarazada" le digo a mi marido mientras, sentados en un restaurante de esos que te llaman "señora", te ponen el bolso en una mesita, y te sirven cosas con nombres que ocupan tres líneas en la carta, me dedico a restregar los cubiertos en una toallita desinfectante. Cosa que no, no hago en Alemania. No tengo explicación a porqué de repente me volví una tarada integrista. Las hormonas.

El caso es que excepto el tema de la locura transitoria en torno a la comida, de vacaciones me encontraba tan bien que si no hubiera sido por el sentido común (esa perra) me hubiera alquilado una tabla de surf. Tuvimos un par de interesantes conversaciones "Y... dices que el volcán está a tres mil metros de altitud... ¿pero la escalada es difícil? Y hay sulfuro en el aire... ya, pero ¿de cuánto sulfuro estamos hablando?". Hay que decir que al final me conformé con un día de snorkling. Soy una sosa.

Ya de vuelta a casa me temo que Alemania esconde riesgos mucho mayores que las playas del sudeste asiático. El medio kilito que me he cogido en vacaciones gracias a ese consumo equilibrado de 50% arroz y 50% fideo frito va a quedar sepultado bajo la montaña de chocolate, galletas y dulce, que es la base de mi dieta actual. "Cariño, ¿no te acabas de comer un helado?" Mirada por respuesta que quiere decir "¿En serio vas a discutirle a tu mujer embarazada cuantos helados puede o no puede comer?" Y por supuesto, seguimos sin poder fumar, beber, correr, escalar, o bailar salsa, pero desgraciadamente está permitido fregar, hacer la compra, la colada, cocinar, coger en brazos al pequeño monstruo y agacharse unas ciento veinticinco veces al día para recoger calcetines, legos y mercedes, fiat y bmw de juguete. No es justo, señoras, no es justo. Yo me planto. O me dejan bucear con peces globo o la cena está noche la prepara Rita.

jueves, 21 de mayo de 2015

Tenía que pasar. Me he vuelto loca.

Siempre he pensado que el instinto maternal no existe. A mi esas declaraciones tipo "vi a mi hijo por primera vez y me enamoré" me hacen levantar una ceja, dar un sorbo a mi Aperol, apoyar la barbilla en la mano y responder "Aha".

Con mi primer embarazo un buen número de personas creyó que de repente tenía que estar encantada de pasarme el día aguantando a los mocosos de mis conocidos. No. Lo cierto es que seguía (y sigo) sin encontrarle demasiada gracia a los niños ajenos, o no la gracia suficiente como para preferirlos a una buena sala de cine o a un brunch con adultos.

Por aquel entonces la gente a mi alrededor decidió, todos a la vez, y sin tener ninguna pista al respecto, que yo había cambiado y que de alguna manera el crecerme la barriga, volverme una bomba de anticuerpos, y tener el systema digestivo a la altura de la garganta, había hecho que me replanteara mis convicciones, mi escala de valores, y mis metas vitales y de pronto todo lo que quería en la vida era mantenerme a menos de un metro del vástago al que ni siquiera había tenido el placer de conocer.

Por descontado que el mismo estándar no era relevante para el progenitor B. Él no tiene instinto maternal. No tiene ningún impedimento genético para querer ser el mejor en su trabajo y seguir tomándose unas copas por las noches ¿No os dais cuenta? ¡Él no puede amamantar! ¡No tiene tetas! ¡Es un hecho! (si tener hijos consistiera únicamente en dar teta, amigas, cuantos disgustos nos ahorraríamos).

En fin, que parece que por algún motivo a mí con el embarazo no se me activó el gen ese que te hace decir cosas como que tu recién nacido es lo mejor que te ha pasado en la vida o que no puedes imaginarte estar lejos de él una noche. Cierto es que estaba dispuesta a arrancar los ojos al que se acercara a esa cosita diminuta con malas intenciones, pero creo que no hubiera tenido que hacerlo. Papá se me hubiera adelantado.

Y no es mala cosa, porque si ahora me toca decir sandeces cursis y edulcoradas las digo de verdad. Porque sí, con el tiempo lo cierto es que adoramos al pequeño monstruo tanto o más que la más alucinada de esas madres que a todo te responden en Wassap con fotos de la progenie.

No amigas, para mí el instinto maternal es una excusa para encerrarnos en la cocina, "si te va a gustar, tontina, ¿no ves que lo llevas en los genes? Si no prefieres el placer de cocinar croquetas toda la puta tarde para tus vástagos a sentarte en una terraza del centro con tus amigas y dejar que se las apañen con una lasaña de compra es que eres una madre desnaturalizada".

Así que uno se puede imaginar mi sorpresa cuando al echar un vistazo al periódico de la mañana tengo que salir corriendo a baño sin poder dejar de llorar porque se me ha ocurrido empezar a leer (y no he podido acabar) las noticias horribles sobre mocosos ajenos. ¡Mierda de hormonas! Genial. Me estoy volviendo una tarada y mi media naranja no puede parar de reír.

Creo que necesito terapia de choque. Mañana sin falta me voy al centro a hacer el vago, beber descafeinado y leerme el libro más cinico que pueda encontrar. Creo que hay un paquete de salchichas en el frigo. O igual no. ¡Salud!

miércoles, 22 de abril de 2015

De compras

Yo no soy mucho de comprar ropa online, más que nada porque carezco de la vista que tiene alguna gente para saber que ese vestidito retro que a la maniquí le queda estupendo, a ti te va a sacar lorzas dónde no las tienes, a quitarte diez centímetros de altura por un efecto óptico extraño, y que lo retro fácilmente se convierte en un look mercadillo chungo al salir de Internet.

Pero el caso es que tengo una boda a finales de Mayo y la única oferta de maternidad que conozco es la del H&M, que consiste en dos tipos de pantalones y cuatro de camisetas, así que me he puesto a buscar un vestido premamá de bodorrio por Internet. Y si ya era difícil hacerte a la idea de cómo te va a sentar a ti este modelito que lleva puesto una muchacha bastante más alta, delgada, maquillada y peinada que tú, cuando el atuendo premamá lo lleva la misma muchacha con un balón en la barriga, entonces te ofrece la misma información que si se estuviera probando el vestido un señor de Badajoz.

La oferta está en línea con lo que una se imagina cuando se queda embarazada, supongo. Que por delante le va a crecer la barriga y por detrás todo se te va a quedar igual que estaba. Que no te van a salir estrías, porque te das bien de crema del Mercadona (importada) todos los días, y que vas a coger diez kilos justitos. ¡Ja! Insisto, ¡JA, JA!

Me he pasado una hora mirando fotos, y preguntándome qué embarazada se atreve con semejantes tacones y cómo solucionan la imposibilidad física de alcanzar las uñas de los pies para pintárselas. He hecho un ejercicio de visión espacial tratando de imaginarme la geometría del cuerpo si se le quitaran quince centímetros de largura y se le pusieran en las caderas, pero cuando he visto a una señorita con un six-pack y una noventa de pecho modelando un sujetador de maternidad lo he dejado por imposible. Esas, señoras y señores, no son las tetas de una embarazada. Cuando quiero comprar un sujetador de maternidad esta foto:


me ofrece la misma información que esta:


¡Vaya! Que al final he tenido que coger el toro (o el Microsoft Paint) por los cuernos. ¿Qué vestido me pido?






martes, 31 de marzo de 2015

Sexy otra vez

Hay un momento entre los tres y cuatro meses de embarazo en que algo extraño les ocurre a los hombres.

Para mi es el momento en que la autoestima se encuentra en la bañera con un bote de aspirinas y una cuchilla de afeitar. Mientras que a otras a estas alturas no se les nota absolutamente nada, yo estoy redondita como una Venus de Atapuerca. Un movimiento brusco y esta abundancia pectoral que dios me ha dado amenaza con salirse del soutien-gorge. Familia y amigos insisten en que "¡se te nota la tripita!" pero no es así. Lo que se me nota es la lorzita que trabajosamente he adquirido durante estos dos meses a base de comer Leberkäse como una puerca.

Pero por algún motivo antropológico o genético que a lo mejor alguien me puede explicar es también el momento en que los hombres se me quedan mirando de un modo extraño y en un par de ocasiones alcanzan a decir "estás muy... sexy". Me pasó la última vez y me acaba de pasar con este embarazo. Yo no entiendo que hay de sexy en probarse un biquini y darse cuenta de que servidora tiene la pinta de una ristra de Weisswürst a la que se le ha puesto un par de lazos de colores, pero parece que buena parte de la humanidad está dispuesta a pasar por alto tal cosa cuando se le presentan un par de buenas Tittes.

El caso es que cuando a una le dicen que está sexy puede imaginarse que es por ese vaquero que sienta tan bien, una barra de labios acertada, o simplemente el aura que se va proyectando cuando se encuentra bien consigo misma. Pero ahora no. Ahora no hay confusión posible. Si de repente estoy sexy es porque, como dicen los franceses, il y a du monde au balcon (hay gente asomada al balcón).

Supongo que en otro contexto podría disfrutar este estar sexy de repente. Ahora mismo creo que lo disfrutan más otros. Incluso el enano me reclama abrazos más a menudo, y cuando me agacho a achucharle pone la cabeza entre las dos gemelas y hace Mmmmmmm. Esto me lo guardo para avergonzarle cuando sea mayor.

sábado, 14 de marzo de 2015

Autocontrol

Me da mucha envidia la gente a la que todo le quita el hambre. Tiene que ser estupendo eso de que se te cierre el estómago por la ansiedad y el estrés y con dos meses de maternidad vuelvas a entrar en una treinta y ocho. A mí no se me cierra, no. A mí cuando estoy estresada el estómago me pide brezen con mantequilla y leberkäse, ambos, junto con la currywürst, las tres cabezas de Cerbero de la comida Teutona.

Estaba leyendo otra vez uno de esos manuales para embarazadas y cuando habla del primer trimestre dice algo así como que no te preocupes si debido a las náuseas no puedes comer y pierdes peso. ¡JA! –insisto-  ¡JA-JA! Cuando fui a pesarme para ver de qué partimos estaba ya en los sesenta y seis kilos. Ese no es mi peso normal. Eso es fruto de semanas alternando el kebab con las salchichas y fingiendo que tengo una vida social a base de cervezas sin alcohol.

Yo no he sido nunca una de esas madres sacrificadas que se comen la parte fea del filete, pero ahora soy peor. Ahora me como la mitad de los filetes y dejo a mi familia pelear por las sobras. Si mi hijo no anda un poco espabilado, las gominolas y el chocolate desaparecen antes de que tenga oportunidad de acordarse de en qué cajón están. La semana pasada llegué tarde a buscarle porque me paré a comprarme y comerme un brezen de mantequilla y queso que no tenía ninguna intención de compartir.

Ahora que mi madre está en casa no me queda otro remedio que pararme en la panadería a por un sandwich pre-cena antes de volver a casa. Entre que la cocina de mi madre no es para tirar cohetes, y que respeta la costumbre española de cenar a las nueve, cuando llego del trabajo podría comerme a la mascota de los vecinos si se despista por la escalera.

Y por si todo esto no pusiera a prueba mi autocontrol, ¿qué hace el universo? El universo abre un Kebap en la puerta de mi casa. Adornado con globitos y mierdas, como una fulana. Genial. Me rindo. Voy a comerme unas galletas.

jueves, 5 de marzo de 2015

Los segundos

El embrión se me ha hecho feto en un tris, y apenas me ha dado tiempo a escribir un post sobre el asunto. Pobres segundas criaturas. Empiezo a entender que vienen al mundo rodeados de la más total indiferencia.

Ayer enseñamos una ecografía al peque. "Mamá tiene un bebé en la barriga". Daniel cogió la foto con las dos manos, la valoró unos segundos, luego me miró la barriga, arrugó la nariz y dijo riéndose "¡No! ¡Es mentira!", dejó la ecografía en la mesa y se fue a jugar.

El que debería ser mi compañero de embarazo se olvida constantemente de mi estado. Mi propia madre me pregunta está mañana que porqué voy al médico. A quitarme un juanete, mamá ¿tú qué crees?

Se supone que cuando te quedas embarazada tienes nueve meses para hacerte a la idea de lo que está pasando. Yo llevo tres y como no tengo tiempo ni para náuseas, nada me lo recuerda. De vez en cuando me pregunto delante del frigorífico, ¿por qué era que yo no podía comer jamón?

Así que cuando ayer vi en la ecografía un feto de cinco centímetros moviendo sus dos brazos y dos piernas como loco por una vez mi instinto maternal supo perfectamente lo que me quería decir:
Ha llegado la hora de dejar el café.

viernes, 27 de febrero de 2015

Más drama

El anuncio de que estaba embarazada de Daniel fue recibido con una considerable cantidad de drama.
Drama del bueno, entiendase. De este que es imprescindible para mantener una familia unida.

Drama primero, porque nos enteramos en el peor momento. En Moscú y con un pie en Ulan Batar, así que la primera gestión que tuvimos que hacer no fue con el centro de salud, sino con Mongolian Airlines. (Amiga viajera que estás pensando en hacer una escapada con tu embrión, el desierto de Mongolia puede no ser el mejor sitio para tener una complicación del embarazo).

Intentar descifrar un predictor en ruso, identificar comida para embarazadas en una carta en cirílico, o conseguir ácido fólico en una farmacia enseñando el traductor del móvil son cosas que unen mucho a una pareja. Recuerdo que en aquellos días, mi querido novio se empeñaba en cargar mi mochila de doce kilos junto con la suya. En ese verano en el que se alcanzaron los 42 grados en Moscú, es todo un gesto.

Lidiar con la familia, por supuesto, otro drama. "¿Qué quieres, que te felicite?" Fue la reacción de mi padre." Mis amigas preguntaron que si iba a tenerlo. Mi madre en su línea de locura habitual diciendo que ya lo sabía y que las mujeres en mi familia somos muy fértiles. Tuvimos lágrimas, incluso. Claro, una chica de apenas treinta años, con pareja de hace ¡sólo! siete años y trabajo fijo y estable. ¡Qué escándalo! ¿Cómo se queda embarazada esa inconsciente? ¿Por qué no tomaron precauciones? ¿Cómo podría imaginarse nadie algo así?

En el fondo todo este drama es estupendo porque le distrae a una del hecho de que está alojando un cuerpo extraño por el que de momento no siente el más mínimo atisbo del instinto maternal que debería y lleva un cóctel químico encima que no se consigue ni en un viaje de fin de curso a Salou.

Y es que, aunque esta vez ha llegado tan de sorpresa como la anterior, no ha habido apenas drama. Mi querido marido se lo ha tomado como quien oye llover, mi madre ha dicho que ya lo sabía, y mi padre que porqué me complico la vida. Y yo mientras, esperando como la última vez que me baje el instinto maternal del cielo.