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viernes, 29 de mayo de 2020

Una mochila llena de palabras

En mi familia tenemos un pasatiempo interesante. Coleccionamos palabras.

Las palabras están por todas partes y son gratuitas. Una vez en tu colección, puedes lanzarlas al aire, y allí hacen cosas increíbles: aterrizan en el oído de alguien y le hacen sonreír, o entran en un bar para pedirte unas patatas. Luego, ligeras, invisibles, vuelven a tu cabeza hasta que las vuelves a necesitar.

Ligeras e invisibles. Así tienen que ser. ¿Te imaginas que cada palabra pesara un gramo? ¿Que tuviéramos que guardar nuestras palabras en una mochila y llevarlas a cuestas?

Yo me imagino algo así.



A todos los bebés les gusta coleccionar palabras. Las recogen de cualquier parte, las chupan, se atragantan con ellas, las escupen, y por fin las guardan en su bolsa de viaje.



Pero a algunos bebés, cuando nacen, les dan dos o tres bolsas para sus palabras y tienen que aprender a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con su galleta como viene la otra con su sušenky, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto.



Así son mis hijos. Con los años, en lugar de acabar con todo su lenguaje bien dispuesto en una maleta, ellos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas.



Y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren.


A veces encuentran las palabras correctas, pero no las han sacado de la bolsa adecuada...



…Y el resultado no es el esperado.




Y a veces, aunque todo sea correcto...



Sí, es complicado, pero vivir con varios idiomas es también divertido. En Navidades Jezisek, los Reyes Magos y el Christkind nos alegran las fiestas.



Tres idiomas transmiten más información que uno.



Disfrutamos de pequeñas competiciones entre el equipo español y el checo.



Y de vez en cuando nos permitimos ser un poco arrogantes.


Y les permitimos ser un poco arrogantes.



Pero después de años jugando con las palabras como si fueran bloques de Lego, hay que ponerse serio porque empieza el colegio. El primer día la mayoría de los niños llevan todo su lenguaje bien organizado en una maleta. Pero los nuestros, tienen que dejar sus mochilas de español y checo en casa, y apañarse con su bolsa de alemán.



Para ayudar a niños como los míos a llenar sus mochilas, algunas escuelas proponen juntarlos en un grupo pequeño en el que se refuerce el alemán. El problema es que, si estos niños ponen sobre la mesa todas sus palabras, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke. ¿Quién les va a regalar los sustantivos que les hacen falta?



Algunas familias intentan hablar un sólo idioma en casa. Podría ser una buena idea, pero por más que busco en mi modesto bolso de mano, no encuentro qué puedo ofrecer a mis hijos que no tengan ya. Ni Eichhörnchen ni Einhörner aparecen en mi equipaje.

—Leer también vale, mujer

—¡Ah bueno! ¡Eso lo hago encantada!



Auf Deutsch, klar.





No podemos evitar preocuparnos. Pensábamos que sería un regalo vivir con tantos idiomas, pero a veces es más bien un problema que hay que solucionar. Logopedia, actividades de refuerzo, juegos educativos, libros especiales… intentamos ayudarles tanto que no les dejamos tiempo para aprender palabras del modo que siempre lo han hecho: jugando.



Así que nos hemos parado un momento a pensar…

 

 

 

 

 

…y hemos descubierto algo que ya sabíamos.


El equipaje de nuestros niños es algo especial y necesitan que les demos tiempo para prepararlo. Tienen que meter los mandiles que les regaló la abuela, los punčochače para el frío, y los Brezen que a veces compran en el colegio. El Patio de mi Casa, y Včelka Mája. Son tres maletas que no pueden abandonar, porque han guardado en ellas tres esquinas del mundo. Es un equipaje único, del que nos sentimos orgullosos.



Es un equipaje que nunca deja de crecer, y cuanto más crece, menos pesa.

Porque las palabras no pesan nada.

Ni un gramo.




lunes, 30 de abril de 2018

Querido colegio

Querido colegio,

No he podido dejar de observar que las cartas y otras comunicaciones que recibimos vienen generalmente dirigidas a mi. Parece que dirigir las cartas a la madre en lugar de al padre o a la familia es lo usual en esta escuela, y tengo que decir que me sorprende y me pregunto el motivo.

No quiero que piensen que me preocupan más las formas de las cartas que su contenido. Para mí, como para su padre, la educación de nuestro hijo es lo primero. Pero precisamente, parte de esa educación es aprender el lugar que hombres y mujeres tienen en la sociedad. Creo que el hombre o mujer que nuestros hijos serán en un futuro tiene mucho que ver con las expectativas y estereotipos que se les imponen desde su familia y desde la escuela.

En mi familia pensamos que no hay ningún motivo para que la responsabilidad del cuidado y la educación de los niños tenga que recaer en la madre. Su padre y yo no creemos que haya tareas, aptitudes, actitudes o colores específicamente femeninos o masculinos y entendemos que cada ser humano es libre de desarrollarse sin este tipo de limitaciones.

Puesto que los niños tienen que convivir con opiniones diversas sobre qué pueden o no pueden hacer en función de su género, en casa ponemos un cuidado especial en no perpetuar estereotipos. Tratamos a mi hija y a mi hijo de manera idéntica, procuramos no caer en tópicos (mamá limpia, papá trabaja, el rosa y las muñecas son para las niñas...), y cuestionamos a mi hijo si viene diciendo cosas como "a las chicas les gustan las princesas". "¿Tú crees? ¿A los chicos no les pueden gustar las princesas? ".

En lo que respecta a la convivencia con otras culturas seguimos el mismo principio, que me parece evidente. Sería absurdo pensar que a mi hijo, por ser español, le va a gustar el fútbol. No es el caso. La orientación sexual, las discapacidades, etc, no deben ser una razón de discriminación.

Espero y deseo que el ideario de la escuela esté de acuerdo con las ideas que he intentado describir en estos párrafos. Si no es así estaría interesada en saberlo, puesto que es importante para mi que mi hijo se eduque en valores de igualdad y tolerancia.

Y si, por el contrario, están de acuerdo conmigo, les agradecería que intentaran poner cuidado también en las pequeñas cosas, como a quién se dirigen en la correspondencia. Nuestros hijos están en una edad en la que nada se les escapa, y nosotros, educadores y padres, tenemos la oportunidad de librarles de los prejuicios con los que nosotros, por desgracia, hemos tenido que convivir y contra los que ahora tenemos que luchar.

Un saludo




miércoles, 14 de marzo de 2018

Charlando con la traductora

¿Conoces esos libros en que se van apuntando todos los hitos de tu bebé? La primera palabra, cuando levanta la cabeza, cuando sonríe, cuando gatea, cuando empieza a andar, el primer diente... Como si tuvieras un experimento entre manos en el que hay que tomar medidas y asegurarse de que encajen dentro de la desviación estándar. Y si no encajan te preocupas, claro que sí. Porque los libros dicen, y los retoños de tus amigas confirman, que con seis meses los niños hacen la croqueta. Y cuando el crío tiene seis meses y todavía no se gira en el suelo, te pones de rodillas frente a la colcha de colores con luces y monitos de plástico y le haces gestos con la mano. ¡Gira! ¡Gira! ¡Venga, yo te ayudo! Y le enseñas cómo tiene que girar la pierna, y cuando al fin lo consigue corres a apuntar "Seis meses y Pocholito ya gira sólo. Es un genio".

Con el segundo experimento, es un poco distinto. Es más estar sentada en el sofá, y ver que la niña viene rodando hacia ti y decir, ¡fíjate, ya rueda! ¡Habrá que proteger los enchufes! Y darte cuenta de que no hace falta porque hace siglos que perdiste el chisme de plástico para quitar los que llevan ahí desde que el primer vástago tenía seis meses. Perfecto.

Y no está mal. ¿Cuándo empezó a andar la traductora? Pues pronto, para poder seguir a su manada si se la olvidan. ¿Cuándo empezó a hablar? Pues pronto, para poder defenderse cuando su hermano la acusa de una trastada ¿Cuándo le salió el primer diente? Pues ni idea, pero me imagino que también pronto. Cuestión de supervivencia. Así hemos vivido los avances de la pequeña. Sin presión por parte de los otros churumbeles y las revistas de la consulta del pediatra.

Y ahora nos enfrentamos a un nuevo hito. El año que viene, la traductora de bolsillo irá a la guardería y ayer fue la reunión para contarnos todo lo que hay que saber sobre el tema. Y resulta que las otras madres estaban mucho más preparadas que yo.

-Clara está emocionada con ir al Kindergaten
-Lo he hablado con Sofia y también está muy contenta. Me ha dicho que le gusta dormir la siesta en la habitación de los mayores
-Jan lo mismo. Hemos comprado una mochila nueva. No deja de hablar de hablar de los niños grandes

Y yo -La traductora no habla. Bueno sí. Dice agua, oben, ¿Quéseso? ¿Qué hases? Ich auch...
-Bueno, no pasa nada, todavía queda tiempo- es lo que me han dicho en la reunión. Pero no puede evitar una preocuparse cuando todos sus compañeros de clase mantienen tan elevadas conversaciones con sus respectivas madres. Igual es culpa mía, que todavía no le he explicado nada. Así que por la noche, con ella sentada en la encimera, mientras yo pelaba ajos, he intentado introducir el tema.

-El año que viene vas al Kindergarten, cariño
-¿Qué hases?
-La cena. Tu amiga Charlotte va al Kindergarten, también
-¿Quéseso?
-Un ajo. Los niños mayores van al Kindergarten. Tú eres ya mayor...
-¿Quéseso?
-Una cebolla. ¿Quieres ir a la misma clase que Charlotte?
-¿Qué hases?
-Cortar ajos. A ver, el Kindergarten...
-Ich auch
-¿Tu también quieres ir al Kindergarten?
-Ich auch. Cot-tá

Bueno, pues nada. O mi hija me está diciendo que aprender a manejar un cuchillo le parece más importante que aprender los colores en el Kindergarten (que todo pudiera ser con esta pequeña drama queen), o es que es muy pronto para tener esta conversación. Creo que vamos a tener que asumir como siempre que las locas son las otras madres y dejarlo estar.



viernes, 2 de marzo de 2018

Galletas cachondas

España, tierra querida. Las tiendas de productos españoles, y los que organizan la semana española en el Lidl, saben perfectamente lo que los expatriados echamos de menos. El Colacao. Las galletas María. Las latas de atún y las de tomate frito. La sepia. La colonia Nenuco. Las pipas.

Yo no soy mucho de comprar Colacao. Presumo de poder sobrevivir sin comer jamón más que en Navidades y Semana Santa. Pero hay una cosa que echo de menos de España. Me di cuenta hace un par de tardes.

Con el abuelo en casa, hacía varios días que no recogía a la traductora de bolsillo de la guardería, así que esperaba, como así fue, tener que repetir la rutina que la pequeña tirana le obliga a llevar al abuelo y que incluye una parada en la panadería, subir y bajar todos los bordillos y muros que se encuentran entre la guardería y la casa, y jugar con el inodoro público, quiero decir, la cabina telefónica que tenemos en la esquina del parque.

Pero en fin, tenía tiempo y necesitaba comprar pan, y no me quejé mientras la pequeña me cogía de la mano y me llevaba a la panadería. No me había  dado tiempo ni a pedir el pan, ni a sacar el monedero cuando la traductora se pone a gritar ¡coño! ¡Coñooo!

Momento de sorpresa. Sigo con la mirada el dedito de la niña y me encuentro que apunta y señala esto:



Y me da un ataque de risa. No puedo parar. Y nadie se ríe conmigo. Los empleados y otros clientes de la panadería me miran como si estuviera tarada. Estos inmigrantes... Y me pasa algo que no me pasa todo los días. Que echo mucho de menos España. Alguien que me entienda y se ría conmigo

Por cierto, que es entrañable también que la explicación de los numerosos caballos decapitados que aparecían últimamente por casa es que el abuelo le ha estado comprando a la traductora diariamente galletas de tres euros con forma de unicornio. ¿En serio, papá? El abuelo se encoge de hombros. Cosas de abuelo...

lunes, 26 de febrero de 2018

El monstruito trilingüe y el Ordnung

El Ordnung es muy importante por estos barrios. En la escuela los niños no sólo tienen que mantener su mesa, su mochila y su estuche en orden, sino que tienen que hablar y escribir ordenadamente, in Ordnung. Mi hijo y el Ordnung no se llevan bien. Ni en casa, ni en el cole.

"No es tan importante, mamá". Me dice el pequeño monstruo cuando le pregunto porqué su mesa de trabajo tiene la pinta de haberse salvado por los pelos de un naufragio. Tiene razón el pequeño, en que dependiendo del punto de vista que tomemos, hasta nuestra propia existencia es irrelevante, pero si consideramos la evaluación de mitad de curso en la escuela del monstruito, el Ordnung es lo más importante del mundo.

Así que presionada por el colegio, y porqué no admitirlo, tratando también de conseguir que la gente que entra en mi casa deje de gritar "¡Dios santo! ¡Os han robado!" he puesto en práctica una idea que, modestia aparte, es genial. Es un juego de la Oca modificado: el monstruito tiene tres tiradas de dados para llegar al final del juego y conseguir un premio. Las casillas tienen preguntas del tipo "¿está el abrigo colgado? ¿Te has lavado los dientes?" y dependiendo de la respuesta, uno avanza o retrocede.

A mi hijo le encantan los juegos y le encanta el premio (una carta de Pokémon) así que después de una semana de jugar, no tengo que recordar al monstruito que tiene que acabar los deberes, ayudar a recoger la mesa, preparar su mochila, ponerse el pijama... un éxito redondo. ¿O no?

El caso es que me he dado cuenta de que con este método podría convencer al monstruito de hacer lo que quisiera. Si en lugar de la casilla "¿Están los juguetes recogidos?" tuviera la casilla "¿has ofrecido el sacrificio diario al dios Bulky de la montaña?" mi hijo se aseguraría de tener carne fresca en el altar cada noche. ¿Por qué? ¿Porque Bulky se merece eso y más? ¡No! ¡Porque al final del día tendría más probabilidades de ganar una carta de Pokémon!

Darme cuenta de esto me ha producido un ligero malestar. Sobre todo cuando constato que el enfoque de la escuela en lo que al Ordnung se refiere es a veces muy parecido. No sé si a ellos les funciona su método del diario "hoy he escuchado en clase", pero es que no conocen a mi hijo. Mi juego funciona. Los deberes están hechos, y ya no tengo que recoger sus calcetines sucios del suelo, y sin embargo... Imagina que tu pareja sólo hiciera la mitad que le corresponde en casa por la oportunidad de ganar cincuenta euros cada noche.

Alguien me dirá que tengo que explicarle a mi hijo que el orden sirve para mejorar la convivencia. Pero quién piense que puede convencer a su hijo de seis años con razonamientos lógicos para ser más ordenado es que todavía no sabe cómo funcionan los niños. Me explicarán también la importancia de crear hábitos, pero tengo que responder con escepticismo. Creo que incluso los hábitos deberían crearse sin perder de vista las buenas razones. Tengo la incómoda impresión de que estamos haciendo todo lo posible porque nuestros hijos encajen en un molde, ¡ah, el Ordnung! y ya les explicaremos el porqué cuando crezcan. Y ahí tenemos otra pregunta incómoda: ¿porqué necesitamos que los niños estén callados en clase, que no den la lata, que hablen sólo cuando se les pregunta, que tengan su estuche y su mesa en orden? Pues en gran medida, porque si no la vida de los profesores sería un infierno. Es comprensible, como es comprensible que mi vida es más fácil también si no tengo que gritarle a mi hijo para que ponga el abrigo en la percha.

Así que al final igual tenía algo de razón el monstruito cuando decía que no es tan importante, mamá. Al menos tenía más razón que ahora, que piensa que recoger la mesa es importante porque puedes ganar una carta de Pokémon.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Parada para dar teta

¡Qué gratificante es hacer la revolución en el salón! Eso de compartir un artículo atrevido en Facebook, darle al "me gusta" a las fotos de conflictos armados, y para los más valientes, encenderse en una cena de amigos con el tema de Cataluña.

Y ¿qué decir cuando surge la oportunidad de llevar la revolución a la calle? Ponerse una camiseta con eslogan, sonreír a las feministas que reparten panfletos en la calle. No me digas que no es divertido. Es una lástima que aparte de la ocasional manifestación, no haya en este primer mundo demasiadas oportunidades para protestar cómodamente más allá de Instagram. Yo apenas me depilo, pero más que protesta es vagancia, y el que me conoce lo sabe.

Por ejemplo, una cosa que ya no tiene nada de revolucionaria, (y me da un poco de pena) es sacar la teta en público. Una vez coincidimos varias lactantes en una manifestación por la educación pública, y tuvo su gracia ¡Compañeras! ¡Parada para dar teta! Pero lo cierto es que sin hacer topless jamás, es incontable la gente que me ha visto los pechos y nadie me ha dicho nunca nada. Ni para bien, ni para mal. Creo que el único que alguna vez ha sugerido que podría ser un poco más discreta ha sido mi medio Knedliky. Me giré hacia él ofendidísima y dignísima con mi pezón al aire, rollo Marianne, y ahí quedó la cosa.

He dado el pecho en restaurantes, en tiendas, en transporte públicos y de pie en cualquier lado. Creo que en el único sitio donde me ha dado un poco de corte ha sido en una comida de trabajo. Y en ninguno de estos sitios he tenido que hacer valer mis derechos de madre lactante. Una diría, compañeras, que esta batalla ya está ganada ¿no? Que estamos todos de acuerdo en que dar de comer a tu bebé cuando tiene hambre es lo más natural del mundo.

Pues parece ser que no. Que a una amiga le han llamado la atención por dar el pecho en C&A. Yo pensé que no podía quedar en la vieja Europa un sólo dependiente que se arriesgue al escarnio en las redes sociales por decirle a una madre que se tape, pero al parecer lo hay. Que había clientes árabes o algo así, le dijeron. ¡Como si fuera posible venirse de turista a Alemania y volverte a tu país sin ver una teta, o una ingle, o un cacho de culo! O a lo mejor es que vienen en invierno precisamente porque es la temporada baja de nalgas. En fin. me extraña.

Sé que está feo decirlo, pero me ha hecho ilusión escuchar la historia. Es bonito tener una oportunidad de hacer un poco de revolución, así, cerca de casa.
Porque las que estamos aquí no podremos hacer mucho para cambiar la mentalidad de los jueces en España. Las que vivimos fuera no podemos hacer mucho más que indignarnos ante la mierda machista que nos rodea todos los días. Pero algo sí podemos hacer. Si esto no es una invitación a reunirnos todas a dar el pecho en el C&A, no sé lo que es. ¡Venga, compañeras! ¡Parada para dar teta!

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Carga mental

Diez de la mañana. Estoy en el trabajo en medio de una reunión. Llama mi medio knedliky. Me asusto un poco, porque mi queridísimo rohlik no llama normalmente para desearme una buena mañana. Tampoco llama para decir que ha llegado bien cuando va de viaje, ni para decir hola después de una semana fuera, ni para decir qué día vuelve. O sea que cuando llama me preocupo. Pero en fin, estoy en una reunión y le respondo por mensaje que me escriba por favor lo que tenga que decir. No escribe. Llama de nuevo. Tiene que ser importante. Me acuerdo de que la niña tenía un poco de fiebre y me los imagino en urgencias. Entro en uno de esos estados de pánico irracional. Contesto la llamada en un susurro "¿qué pasa? Estoy en una reunión" ¿Qué me contesta mi medio párečky? "No encuentro las llaves del coche. Tampoco las de repuesto. ¿No sabes dónde están?" ¿Es que acaso guardo yo las llaves? Nop. ¿O fui yo quién cogió el coche por última vez? Para nada. Lo que pasa es que yo soy la "encontradora" de la casa. Es un superpoder que he desarrollado con los años. Y, como suele pasar en las películas de superhéroes, más que un poder es una putada.

Recojo al monstruito trilingüe del cole. En su cartera, como de costumbre, un papelito. Que paguemos dos euros a mayores de los tres que nos dijeron ayer que pagáramos y que traigamos dos paquetes de folios con las especificaciones que se detallan. Ayer nos comunicaron que los viernes de de adviento tenemos que poner té a los niños en la botella de agua. He recibido papelitos con instrucciones para la celebración de San Martin, papelitos por si queremos ir con nuestras tijeras de jardín a trenzar ramas, y otro papel para que firmemos que hemos recibido el calendario de clases y que hemos entendido que no hay que destrozar los libros de texto. Estoy hasta el otoño de papelitos. ¿Porqué no piden el dinero que necesiten a principio de curso? ¿Por qué no intentan mandar toda la información en una sola circular? ¿Por qué no se bajan de su máquina del tiempo y nos mandan un mail? Si me vas a responder "Yo lo apunto todo en el móvil" o "es que hay gente que no tiene mail" igual te has equivocado de blog. Tiene que haber algún otro sitio donde te expliquen cómo hacer unicornios con un pepino y un huevo duro para la merienda de tus vástagos. Yo personalmente creo que alguna hija de perren en la escuela se pone cachonda cuando nos obliga a las madres trabajadoras a ir entre semana al Müller a por unas tijeras de jardín y un taco de folios. Hay gente que con tal de llamar la atención, cualquier cosa.

El lunes trabajo desde casa con la pequeña traductora de bolsillo. Voy un segundo al baño, vuelvo, y mi ordenador no se conecta a Internet. Hmmm ¿Qué habrá pasado? Resulta que alguien ha sacado la tarjeta con la que me identifico en el ordenador y long story short, me tengo que pasar la siguiente media hora buscándola por toda la casa. Sin nadie que me vaya diciendo frío-frío, caliente-caliente.

Esto viene a cuento de la idea de carga mental. Aquí lo que dice Google al respecto:

La carga de trabajo mental es un concepto que se utiliza para referirse al conjunto de tensiones inducidas en una persona por las exigencias del trabajo mental que realiza: Procesamiento de información del entorno a partir de los conocimientos previos.

Pues resulta, señoras, que las mujeres somos las que en la mayoría de los casos llevamos toda la carga mental de la casa. Las que sabemos que hay que poner una lavadora, que nos hemos quedado sin leche, que el viernes hay que llevar un pelo de oso hormiguero a la guardería, que hay que pagar a la babysitter y que ya va siendo hora de llevar al peque al dentista.

Lo malo de la carga mental es que es un trabajo que lleva tiempo, pero no funciona muy bien como argumento cuando estás discutiendo quién pone el lavavajillas. "Te toca a ti" "¿por qué?" "Porque yo soy la que sabe dónde están los pijamas de los niños". Lo malo es eso, pero no es lo peor. Lo peor es que en lugar de atender a mi reunión de trabajo estoy intentando recordar dónde pueden estar las llaves del coche, y en lugar de pensar en ese problema que tengo que solucionar, mi cerebro está intentando calcular si es viernes de adviento o todavía no.

Podría simplemente no hacer nada, claro está. Dejar que mi miláčku comparta la carga mental. La semana pasada lo probé.

Estoy trabajando tranquilamente cuando me llama mi medio knedliky:
-¿A qué hora sale el monstruito del cole?
-No tengo el horario conmigo, está en un papel en casa
-¡Ah! Es que parece que ya ha salido de clase y no lo encuentro.
-¿Me llamas al trabajo para decirme que has perdido al niño? ¿Qué quieres que haga desde aquí?
-...
-¿Te acuerdas de que hoy iba a jugar con un amigo? Llama a la madre a ver si está con ellos
-No tengo el número
-Está en el wassap de la clase
-No tengo wassap

Llamo a la madre en cuestión
-Pues es que hoy trabajo, los ha ido a recoger mi marido. Ahora le llamo

Moraleja. El día que decidas compartir la carga mental, procura coordinarte con otras madres, no sea que ellas decidan hacer lo mismo. Eso, o lo hacemos todas a la vez y cantamos mientras arde Roma.

jueves, 12 de octubre de 2017

Mis hijos y su equipaje

Imagina que el vocabulario, la gramática, y la pronunciación de una lengua fuese algo físico que tuviéramos que llevar como quien lleva un equipaje. Yo, por ejemplo, llevaría conmigo una maleta de las grandes con mi español, una mochila de las de montaña con mi inglés, un bolso de mano con mi alemán, una riñonera con mi checo y un monedero con algo de francés.

La mayoría de los niños nacerían con un bolso que van llenando con todas las palabras que encuentran por ahí. En la tele, en el parque, tiradas por la cocina, en casa de algún amigo... ¡todo dentro! Juntando y acumulando hasta que al cabo de un tiempo pueden cambiar su bolso por una maletita, y llevarla orgullosos a la guardería.

A mis hijos, los pobres, nada más nacer les hemos dado tres bolsos, y han tenido que ir aprendiendo a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con sus párečky que hay que meter en el bolso de checo, como viene la otra con su salchichón, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto. Así, con los años, en lugar de acabar con todo bien dispuesto en una maletita, mis hijos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren. Me duele la, el... ¿bauch? ¿břicho? ¿belly? ¡Barriga!

Al principio esto es divertido. Sacar las cosas checas en casa de los abuelos españoles y enseñarles qué pinta tiene una kráva, coger los zapatos en lugar de los Schuhe cuando te apetece, volver loco a papá jugando al veo-veo, y conquistar a camareros de media Europa pidiendo zumo en tres idiomas. Pero después de varios años de tratar las palabras como si fueran bloques de Lego con los que jugar estamos empezando a lidiar con los problemas de los niños trilingües.

Por ejemplo, una cosa que a veces les pasa es que si llevan mucho tiempo utilizando una mochila, les cuesta encontrar las cosas que tienen en otra. Es algo que entiendo bien cada vez que voy de compras en Chequia, pregunto si tienen otra talla en una mezcla de alemán-pobre y checo-triste, y parezco idiota.

Otro problema que uno se puede imaginar es que aunque mis hijos han acumulado un montón de términos y expresiones, están todas repartidas en sus bolsas, y cuando llegan a la escuela y tienen que dejar sus mochilas de español y checo en la entrada, no pueden competir con el equipaje de otros niños. ¿Floh? ¿Kopfsalat? ¿Fußballweltmeisterschaften? Esas cosas no las han oído nunca.

Mis hijos, por supuesto, no están solos en esta tesitura. Y la escuela ha decidido que la mejor manera de gestionar la situación es juntar a todos los niños que necesitan llenar sus mochilas de alemán en un grupo aparte. Eso me pone muy nerviosa. ¿De dónde se supone que van a recoger estos niños la gramática y el vocabulario que les falta? Me parece que si sacan todo lo que llevan encima y lo ponen encima de la mesa, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke, mientras que estando en el grupo normal, nadie tiene que recordar a los niños que compartan tanto lápices como vocablos.

Otra cosa que nos han recomendado es que en casa hablemos y leamos en alemán. No sé qué se piensa la profesora que tengo en mi modesto bolsito de mano que le pueda servir a mi hijo. Desde luego, por más que busco, la correcta declinación de los adjetivos no aparece por ninguna parte. Sé que la puse por ahí, pero cuando la necesito nunca la encuentro. La profesora también me ha recordado las bondades de dar ejemplo con la lectura. No he podido dejar de responder que raramente estoy a más de un metro de un libro, y que además leo libros a mis hijos todas las noches, y con gusto, poniéndoles diferentes voces a los personajes. La lectura en alemán, ha puntualizado. Al parecer tengo que cambiar mi rutina nocturna, que todos disfrutamos, por el enunciado a trompicones de un texto que me es ajeno. Todavía me acuerdo de cuando eran pequeños y se enfadaban si intentaba leerles un libro en checo. Esas no son tus palabras, mamá, parecían decirme. No son tontos, mis hijos, no.

Me gustaría continuar diciendo que pese a todo sigo estando feliz de darles a mis hijos la oportunidad de hablar varias lenguas. Que Internet, así en general, parece estar de acuerdo en que es una buena idea, y que cuando crezcan me lo agradecerán, pero la verdad es que estoy empezando a sentirme terriblemente culpable. Lo que pensábamos que sería una "ventaja" se ha convertido en un "problema" y aquí estoy, buscando una logopeda, alguna actividad donde mi hijo pueda practicar el alemán, libros de primeras lecturas, juegos de letras... y ese es tiempo que mis hijos no están practicando matemáticas, tocando instrumentos o jugando al ajedrez. Me da miedo que leer pase de ser un juego a convertirse en una obligación penosa y nunca lleguen a apreciar el lenguaje como lo hace, por ejemplo, su madre, y sobre todo, me preocupa que sean considerados alumnos mediocres, cuando lo único que "de momento" es mediocre es su alemán.

Me gustaría explicarle eso a la profesora. Que mis hijos no son tontos, pero necesitan tiempo para llenar sus mochilas. Quizá tres veces más tiempo que otros. Necesitan jugar con instrumentos para aprender qué es un Geige, y jugar al ajedrez para aprender los nombres de las piezas y desde luego no puedo pedirles que guarden en un armario el español porque no quiero privarles de la oportunidad de aprender palabras tan bonitas como mandil, que sólo les puede regalar su abuela. Me gustaría explicarle a la profesora que entiendo que no es "su tarea" solucionar "el problema" de mis hijos con el alemán, pero quizá si dejáramos de verlo como un problema y entendiéramos que los que tienen una tarea son mis hijos, que tienen que ir recogiendo lo que los demás les ofrecemos, y que eso, simplemente lleva tiempo, se nos ocurriría cómo podemos ayudarles de la mejor manera.

jueves, 17 de agosto de 2017

Empieza el cole

El tiempo pasa que da miedo y así a lo tonto ayer fue la despedida del monstruito trilingüe en la guardería.

Cómo las educadoras son gente astuta, la fiesta fue sólo para los niños, con lo que todos nos ahorramos una tonelada de kleenex, un buen número de frases hechas, y vacías promesas selladas con intercambios de número de teléfono.

Los niños no hacen nada de eso. Los niños comieron tarta y constataron que su mochila era la más bonita de todas. Sí. Cuatro semanas antes de que empiecen las clases se da por hecho que todos los niños tienen ya su mochila. Porque al parecer las mochilas de escuela se acaban en Junio y ¡pobre del que no la tenga ya comprada! Por una vez, ésto lo hemos hecho bien. Fuimos a un outlet de mochilas en Mayo y hace ya meses que tenemos el resto del material. Es importante hacer estas cosas pronto, para tener toda la atención de las señoritas de la papelería que se encargan de explicarte que estás equivocada cuando pretendes comprar un paquete de lápices a un euro la docena. Los lápices blandos que un escolar de hoy en día requiere deben ser triangulares, gordotes, y costar cuatro veces más que uno normal. La situación me recuerda mucho a cuando nos vendieron un cepillo de dientes como parte del equipamiento para el nuevo bebé. Y como entonces, mi única reacción es asentir y presentar cuando requerida mi tarjeta de crédito.

Después de la fiesta los niños se llevaron un archivador con una colección de fotos y trabajos de sus años de guardería. Así los padres pueden emocionarse tranquilamente en casa con el progreso del pequeño vástago y lo joven que una misma parecía en la fiesta de Navidad de hace tres años.

En mi caso, abrí el archivador ya con las lágrimas en el rabillo del ojo. Esperaba encontrarme dos grandes épocas artísticas. La época de los transportes, que fue de los tres a los cuatro y medio, en la que el pequeño artista representaba remolques, limusinas, trenes de vapor y locomotoras eléctricas a base de círculos y óvalos cada vez más complejos. Luego, sin pasos intermedios, vino la época submarina, con folios pintados en azul y una fauna en aumento de animales y vegetales marinos. En un acto de genialidad absoluta, las obras de arte venían acompañadas de un folio adicional, con una isla de las de palmera gigante en el medio, y un ocasional submarino. Este folio se colocaría encima del anterior para darle perspectiva, resultando en un díptico que ríete  tú de los retablos románicos.

En lugar de eso me encuentro la evolución, mes a mes, de tres elementos: una casa, un árbol, y una persona. Y sí, uno ve cómo el monstruito dibuja cada vez mejor la casa, el árbol y la persona. Pero es que a mi hijo no le gusta dibujar casas, ni árboles (salvo la palmera mencionada), ni personas. Mi hijo dibuja tiburones, algas, tortugas y limusinas con todas sus ruedas. Sus dibujos de personas son una mierda, con perdón. Aquí hay que hacer un inciso para explicar que la madurez de un niño para empezar la escuela se valora, entre otras cosas, en la medida en que es capaz de dibujar el arbolito, la casa y el monigote, así que, al parecer eso es lo que practican en la guarde. A dibujar casas, árboles y señores.

Tengo que decir que ésto me ha dejado en estado de shock. Con unos pocos dibujos, mi hijo ha dinamitado una de las pocas cosas en las que todavía tenía una fe inquebrantable: La educación, sobre todo la pública, y el sistema de calificaciones. ¿Cómo es posible que se coarten los instintos creativos de mi retoño de tal manera? Si se busca una medida de la evolución del niño, que se cuente el número de especies submarinas que incluye en sus dibujos, en lugar de buscarla en los cuatro palos con los que mi hijo da por terminada con desgana absoluta la tediosa tarea de producir un ser humano en el papel. 

Así que ahora, además de emocionada, estoy acojonada. ¿Eso es lo que va a hacer el cole? ¿Contribuir a la extinción de su rica fauna imaginaria? ¿Necesitaremos clases de apoyo para que no olvide la creatividad con la que viene de serie? Por de pronto voy a buscar uno de sus bodegones marinos y colgarlo bien visible en su habitación. 

Océano con tiburón, peces y plancton. Pintura de lápiz sobre papel.

martes, 7 de febrero de 2017

¡Hort!

Que no se diga que no hemos aprendido nada en estos años de inmigrantes.

Como poco, algunos de nosotros en la pareja, hemos aprendido alemán. Y no sólo eso.

El próximo curso nuestro pequeño monstruito trilingüe irá al colegio. La emoción del evento y la imponente presencia del tiempo que pasa siempre demasiado rápido quedan en un segundo plano ante la más agobiante, imperiosa, y pragmática necesidad de buscar algún sitio donde la criatura pueda quedarse por la tarde (para los no nativos, un Hort).

Escribiría aquí uno o dos párrafos criticando una sociedad que presupone, o por lo menos premia, a las familias en las que uno de los miembros (adivine el lector cual) se dedica en exclusiva a la crianza, pero después de un mes de no hacer otra cosa que trabajar sin descanso, quedarme en casa a cuenta de las ventajas fiscales ya no me parece una idea tan descabellada.

Pero al grano. ¡Lo que hemos aprendido! Hace cinco años, un día como hoy, servidora hacía una búsqueda en Google maps, entraba en un edificio de oficinas repitiendo "Kindergarten!, Kindergarten! y daba comienzo a una gymkana absurda en la que visitamos guarderías veganas, juramos ser católicos de los católicos de toda la vida, y sonreímos con la sonrisa más falsa que existe ante la perspectiva de pasar los fines de semana haciendo trabajos de jardinería y vendiendo tarta casera en mercadillos organizados por algo llamado Elternverein

Cinco años más tarde, ante una situación parecida, no perdemos la cordura ni nos domina el pánico, No corremos en círculos preguntando al azar dónde venden plazas de guardería, sino que sabemos lo que tenemos que hacer, nos presentamos en la sesión informativa del centro adecuado y manejamos la situación como adultos que somos.

Sí, estamos más preparados. Sabemos cómo ser encantadores, mostrar interés por el programa educativo del centro, dejar caer que estaríamos felices de pasar una tarde plantando rábanos si hay necesidad, mencionar el nombre de alguna otra madre que tiene a sus retoños en ese sitio y se pasa el día recomendándolo, jurar que se nos da muy bien hacer marionetas (para algo mi marido es checo) y sobre todo y ante todo, estar preparado para olvidarse en un instante de lo dicho, cambiar totalmente de actitud y hablar como si uno acabara de llegar en el remolque de los plátanos en cuanto se le dice que en los centros públicos se da preferencia a los padres que tienen dificultades con el idioma. Hort! ¿aquí? Hort! Hort! Yo alemán kleine. Mi Mann, todavía más kleinen. ¿Hort?




lunes, 7 de noviembre de 2016

Killer clowns

Hay cosas que le hacen a una madre sentirse muy mayor. Cosas como esos vaqueros que dejan ver las nalgas, (que no me parecen bien ni mal, es que no acabo de entender que ir con el culo al aire sea tendencia), o lo del pelo azul y morado que está muy bonito dos días y después se pone color camisa blanca lavada accidentalmente con calcetín azul marino.

Ahora resulta que algo llamado killer clowns es tendencia. Esto me lo han explicado otras madres y ya ha salido en el periódico, así que imagino que para cuando escribo este post la cosa estará más pasada que el limón que encontramos en el fondo del frigo al hacer la limpieza. Pero por si alguien es todavía más torpe que yo con las nuevas modas explico que un killer clown es un tipo de idiota que se disfraza de payaso terrorífico y se te mete por ejemplo en el gimnasio, o en el súper, o te da un susto a la vuelta de la esquina. O, en el caso de las madres las intentará asustar, porque me temo que una persona con déficit de sueño, que anda a un ritmo de diez sustos la hora porque su retoño mete los dedos en una caca de perro, corre hacia la carretera en cuanto te das la vuelta, y se tira de cabeza de los columpios, no es fácil de sobresaltar. ¿Qué no? A ver, ¿qué da más susto? ¿Un adulto vestido con pijama sudando detrás de una máscara de látex, o tu hijo pequeño saliendo de la cocina con el cuchillo que se había perdido debajo del horno?

Este sábado tuvimos un evento ajeno a toda tendencia. Fue el cumpleaños de mi vecina. Ocho decenas de años muy bien llevados, que celebramos con pasteles caseros, pizza, y gente de esa que ella conoce y que incluye un poco de todo. Amigas de cuando la posguerra, actores, guionistas, colombianos amantes del tango, refugiados sirios, y dos rubitos trilingües de medio y un metro respectivamente. Sí, el círculo social de mi vecina octogenaria es más interesante que el mío. Mi vecina ha completado dos estudios en su vida: el de enfermera y el de payaso. Y por supuesto, sus compañeros de promoción tenían que pasar a desearle cumpleaños feliz. Señores y señoras, bien pasada la cincuentena, con ropa interior en la cabeza, almohadones en el culo, calcetines desparejados, flores de plástico en el pelo, camisas ochenteras, faldas improvisadas a mano con el resto de algún mantel, y la mejor de las intenciones.

Mi hijo venía del baño cuando se cruzó con la tropa camino del salón, armados con regaderas para cantar el cumpleaños feliz, saludando y haciendo muecas con sus bocas pintadas y agitando sus tocados artesanales. El niño puso la misma cara que si le hubiera cortado el paso una horda de zombis, hizo un amago de rescatar los coches de juguete que se había dejado en el salón, y desechada esta imprudente idea bajó disparado la escalera y se encerró en casa.

Sí, amigos killer clowns. Hay algo mucho más terrorífico que vuestra sangre de mentira, vuestros colmillos, pelucas naranjas y nariz roja de plástico, y es encontrarse de frente con el desfile macabro del tiempo que marcha con calzoncillos en la cabeza y la cara arrugada cachondeándose de tu condición de mortal.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Montando un gueto

Por querer lo mejor para nuestros hijos, los padres a veces hacemos chaladuras. Desde el que asegura que es musulmán practicante para que le den plaza en la guarde al lado de casa, hasta el que paga cientos de euros por unos walkies con vídeo, música y detector de zombies, pasando por el que planta cara a un mocoso de tres años por el uso del tobogán.

Por eso los educadores, desde su imponente neutralidad, están en una posición privilegiada para cortar de raíz las tontunas de los padres. Y por eso no me pareció del todo bien que nos dijeran a principios de curso que iban a separar el grupo de mi hijo en dos y nos daban la opción de elegir con qué tres niños nos gustaría compartir grupo. Las opciones son el demonio. Piensen en los dramas que evita el uniforme escolar.

Al final sucedió lo esperado, por supuesto. La guardería se convirtió en la filial de House of Cards, con todos los padres politiqueando para que a sus hijos no los separaran de sus colegas de barbacoa. "Mira, yo te escribo a ti y a Fulano. Fulano que escriba a Mengano y cerramos el círculo con Zutano". Sólo que en lugar de Fulano, Mengano y Zutano eran Heiner Hans y Holger.

El resultado es que los hijos de Heiner, Hans y Holger han acabado en un grupo mientras que en el otro están las mezclas del tipo azerbaiyano-inglés, ítalo-árabe, checo-ibérico y todos los españoles, medio españoles, y cuarto españoles. Yo no sé si es que ha habido también encuentros en la cumbre por parte del sector patrio, lo cual no me extrañaría nada, pero es que ¡hasta la profesora es medio argentina!

A ver, recuerde el lector que mi guardería es muy pija. Que el niño cuyo padre no es doctor en física, tiene una madre cirujana, ¡que contamos incluso con celebridades entre los padres españoles! Vamos, que mi queja no es que mi hijo se vaya a juntar con gente chunga, ni muchísimo menos. Ya he dejado claro más veces que los chungos somos nosotros. ¡Mi queja es que el niño me sale de la clase chapurreando inglés!

Yo no creo que haya ningún tipo de mala intención por parte de los educadores, ni que se haya querido montar un gueto, pero es que voy a buscar al monstruito, leo los nombres de los niños y no doy crédito "¿Pero este crío también es español?" "Bueno, catalán". Y me pregunto, ¿y si en lugar de españoles fuésemos negros?

jueves, 10 de marzo de 2016

Cirugía

Como sólo me gusta escribir sobre cosas bonitas, no he contado nada hasta ahora sobre el paso por quirófano de la traductora de bolsillo. A la pobre le han tenido que operar una fístula en el ombligo que impedía que se le cerrase, y nosotros, como buenos padres, hemos sobreactuado un pelín.

Cuento esto ahora que todo ha ido bien, como era de esperar, puesto que debe ser una bobada de cirugía, y lo cuento con la ligereza acostumbrada porque hacerlo de otra manera me parecería un insulto para los padres cuyos bebés tienen que pasar operaciones serias. Si nosotros ya lo pasamos mal, no quiero imaginarme lo que puede ser cuando sucede algo grave.

Nos dijeron que la nena estaría una hora en el quirófano, pero la operación en sí sólo duró doce minutos. Es el tipo de cosa que probablemente dejan hacer al becario después de una noche de juerga, pero eso no quita que a la hora y dos minutos nos empezáramos a poner nerviosos porque no nos llamaban.
-Puede ser cualquier cosa. Igual la anestesista tenía que ir al baño antes de la operación
-O ayer echaron un capítulo nuevo de alguna serie y lo estaban comentando
-O están rellenando algún papeleo
-O hay una complicación...
-(Cara de pánico) Tú no has pillado el juego, ¿no?
-En quince minutos bajamos, ¿vale?
-Vale
En ocho minutos estábamos los dos en la puerta del quirófano.

No es que nos pusiéramos nerviosos en el momento de dejarla, tan pequeñita, en manos de gente encargada de abrirle la barriga y volversela a cerrar, que sí, que también, que la cosa impresiona por mucho que la sala tuviera luces naranjas y dibujitos infantiles, y a nuestro lado hubiera un operado de anginas comiendo un polo de fresa. Llevábamos ya varios meses de exageración y preocupaciones, involucrando, como es de esperar, a los abuelos, a mis amigas, mis tías, y cualquier conocido que tuviera cualquier relación con un pediatra. ¿Quieres preguntar a tu tío? Pero si no es pediatra, y encima lleva décadas sin ejercer como médico. Bueno, tú pregúntale, ¿qué pierdes? Yo voy a decir a tu tía la enfermera que pregunte por el hospital. Mándame por wassap la foto del ombligo, que tengo una amiga ginecóloga.

Y no es que hubiera mucho que decidir. Hemos esperado meses a ver si el ombligo se cerraba por sí solo, y nein. Y todas las respuestas de los pediatras amigos de amigos de amigos coincidían en que hay que operar. Aquí un inciso para aconsejarte que si te ves en una así, anuncies a familia y allegados de antemano que por muy elitista que suene, no quieres consejos/comentarios/ideas de nadie que no tenga un título en medicina. Créeme, lo último que quieres oír cuando intentas hacerte a la idea de que tienen que operar a tu bebé es "¿Y no se puede hacer otra cosa? Pues a una amiga le pasó algo parecido y... ¿has probado el osteópata? Sí que tiene mala pinta, sí". Lo único que quieres oír es algo en la línea de "es normal que te preocupes, pero si es lo que te aconsejan adelante, en ese hospital son muy buenos profesionales, ¿necesitas algo?"

Conste que no me puedo quejar. Tanto allegados como médicos han sido muy comprensivos. Aunque a veces nos miraran con la cara que miro yo a la gente que me pregunta si es mejor darle al bebé primero patata cocida o plátano aplastado. Sí, sí, la cara que se me pone cuando alguien me cuenta que tiene pensado hacer alguna guarrada con la placenta. La sonrisa con la que respondo a la gente que insiste en comparar cremas hidratantes para bebés. Esa misma.

La parte más importante del asunto, la traductora de bolsillo, no se ha enterado de nada y lo ha pasado todo con su buen humor habitual. Su madre sin embargo, pasó la noche en el hospital saltando del camastro de acompañante cada hora, tropezándo con los cables, sacándose una teta medio en sueños cada vez que al cacharro que mide el pulso le daba por ponerse a pitar sin motivo y volviéndose a dormir con el runrún del sacaleches de nuestra compañera de habitación.

Mi compañera de habitación, por cierto, me daba un poco de envidia. Cuando subimos del quirófano tenía montada una merendola en la habitación con toda su tribu que daba gloria verla. Las enfermeras les echaron de allí inmediatamente, y me daba una lástima terrible verles recoger los tuppers. Sé que si tuviera a mi tribu cerca me sacarían de quicio (me pasé el día contestando wassaps "me ha dicho tu madre que ya se despertó la niña...") pero una vez pasado el susto, a mis genes españoles les apetecía meter la mano en alguna tartera, y chapurrear un poco en alemán, en lugar de sentarme sola con mi bandeja de plástico y mi móvil.

Y es que hay veces que una necesita estar acompañada. Si algo me llevo de la experiencia es ese momento con ella, mi compi, cuando pasan los médicos por la mañana y le dicen que su bebé está bien, y me dicen a mí que mi bebé está bien, y nuestras caras se iluminan a la vez, como dos zombies en pijama sonriendo de puro alivio. Si hay algo que nos iguala a todas las madres del mundo tiene que ser eso.

Y es una cosa bien bonita.

lunes, 15 de febrero de 2016

Cursillos

Cuando nació el diccionario trilingüe y disfrutaba de mi generosa baja centroeuropea el único cursillo que hice fue un intensivo de alemán, que era lo que más necesitaba en ese momento para entender por lo menos el correo que nos llega al buzón (mira que mandan cartas estos alemanes) y que mi media naranja acumulaba sin leer en la mesilla del hall "necesitamos datos para renovar su tarjeta sanitaria" "le recordamos que todavía no nos ha mandado sus datos" "su tarjeta sanitaria va a caducar" "puede tirar su tarjeta sanitaria a la basura" "Looove, ¿tu tarjeta sanitaria está bien? Me han dicho en el hospital que la mía no funciona".

Ahora, con la traductora de bolsillo resulta que la guardería del Bildungszentrum a quién debo todo mi conocimiento de alemán ya no acepta niños menores de un año. Peeero, cuando Núremberg te cierra una puerta te abre una ventana, y resulta que todo este tiempo, al ladito de mi casa, se han venido haciendo cursos de masage con bebés, yoga con bebés, gimnasia con bebés, natación con bebés... Sí, me he vuelto loca y me he apuntado a un poco de todo.

En el curso de masaje con bebés sólo hay madres primerizas, sospecho que porque todo el conocimiento que vamos a adquirir se puede resumir en un folio por las dos caras. Se nota primero en las expectativas. Las mamás primerizas esperan que el masage va a tranquilizar a los cachorritos, va a quitarles los gases, van a dormir mejor... Yo veo la clase como una excusa estupenda para quitarme el pijama los miércoles y pasar un ratito agradable las dos oyendo todo lo que hay que saber sobre el aceite de jojoba. Los otros bebés son todos más jóvenes que la mía, porque una madre primeriza se apunta a los cursos el día siguiente al parto, pero son enormes y lustrosos. No voy a hacer un comentario sobre los genes alemanes y meterme en arenas pantanosas, pero lo cierto es que me sorprendió. Pregunté a la chica que estaba a mi lado, "¿cuánto pesó el tuyo?" y me respondió "pesó tres kilos ochocientos veinte, midió cincuenta y seis centímetros, y la circunferencia de la cabeza fue de treinta y cuatro coma cinco" "y es el primero, ¿verdad?" "verdad".
A veces la profesora hace preguntas, y aquí uno observa también alguna diferencia. "el mío tiene once semanas" "la mía nueve" "el mío quince" y yo "la mía cuatro meses" y la profe, "o sea, dieciseis semanas" "Sí, por ejemplo", ¡qué más da! "Yo lo baño con leche materna y una cucharada de aceite, yo solo con agua,  yo solo con leche, ¿yo? Yo con agua y jabón, pero ya entiendo porqué todas las sacaleches de la farmacia están alquiladas". Lo importante es que a mi futura intérprete de la ONU le encanta el tema. Se pasa el masaje retorciéndose en pelotas sobre la colchoneta y riéndose como una loca. Muy buena inversión.

Luego estoy en el curso de Rückbildung, o de Beckenbodengymnastics, que debe ser lo mismo o igual no. Hubo una larga disquisición el primer día de clase sobre el tema que no escuché porque 1) me importaba un comino y 2) estaba disfrutando por primera vez del uso en exclusiva de mis dos manos y mis dos pies. Por eso me apunté a este curso en concreto "sin niños" "ohne Baby" decía la descripción, cosa casi surrealista en Alemania. "¡Ah!, ¡pues en mi curso me puedo llevar al niño!", me decía una amiga primeriza, y yo "no, no, no me entiendes" "¡que no quiero llevármela! ¡Que esta hora y media es para mí! ¡Para mí sola!".

Y es que en este curso es importante concentrarse, a juzgar por los diez minutos de charla que le dedicó la profe a una participante que no habla mucho alemán. Que quizá no fuera capaz de seguir el curso, que ella no tenía tiempo de traducirlo todo, que a ver como iba la cosa... Yo no podía dejar de pensar que en ese tiempo podía haberle explicado todo lo que hay que saber. Porque está muy bien dibujar los músculos pélvicos en el suelo con gomitas azules, es estupendo ponernos en círculo a palpar donde acaba el hueso de la pelvis (sí, ahí mismito) y la caracola que se trae para poner en el centro de la sala sin motivo aparente es muy agradable, pero una vez en materia, es fácil coger el tranquillo a la cosa, sobre todo cuando los ejercicios van acompañados de descripciones pintorescas como que imaginemos que tenemos un pincel en el culo o que atrapamos moscas con... Claro que, mi alemán tampoco es para tirar cohetes, y puede que nos esté diciendo algo totalmente distinto, pero de cualquier modo me lo paso bien. Además me gusta porque todas las chicas de la sala están más o menos como estoy yo. Vamos, que a mi salud mental sólo le falta que me ponga a dar saltos enfrente de un espejo al lado de una tipa que pese diez kilos menos que yo y tenga un mínimo de coordinación.

Así, motivada por estos pequeños éxitos, me he apuntado a otro cursillito en Abril. El único problema es que el poco vocabulario que estoy aprendiendo no parece tener mucho uso fuera del aula. Pero si algún día me encuentro en medio de una conversación sobre el aceite de almendra, o el suelo pélvico de alguien, estoy más que preparada.

lunes, 25 de enero de 2016

Viaje con niños

Antes de tener hijos yo era una viajera bastante profesional. De las que meten en la maleta lo justo y calzan zapatillas de deporte para que nada las detenga en el control de seguridad. De las que no hacen cola en la puerta de embarque, ni se levantan en cuanto el avión toca tierra, ni mucho menos aplauden cuando el piloto realiza la proeza de aterrizar sin matarnos a todos.

Ahora viajo con dos niños. Y hay cosas que ya no sirven. Por ejemplo el viejo mantra cartera-pasaporte-billetes (actualizado a cartera-pasaporte-teléfono) ahora es cartera-tres pasaportes (comprobar semanas antes que aún son válidos)-teléfono-pañales-agua-ropa de recambio-portabebés-chupete-libro de Gerónimo Stilton o entretenimiento similar-bolsón medio vacío para meter guantes, gorros, bufandas y chaquetas en el aeropuerto-escapulario de la santa virgen de las Angustias para rezar por que ningún niño la prepare parda.

Antes, cuando iba a España viajaba con una maletita mediana, que se transportara bien, pero se pudiera rellenar de jamón y zapatos nuevos a la vuelta. Ahora tengo que meter ropa para tres en una maleta de la que pueda tirar con una mano mientras empujo el carrito con la otra. Esto me deja espacio para unos vaqueros y un detalle para mi hermana, a la que robo hasta la ropa interior de su armario en Valladolid. Siempre solía meter un vestidito mono y unas medias, para salir alguna noche. Ahora me descojono de pensarlo. Y luego lloro. ¿Queda sitio en el bolsón para el ordenador? Va a ser qué no.

El control de seguridad que antes cruzaba grácilmente ahora me hace pensar en un puente sobre el averno custodiado por trolls. El de Barajas es un poco peor. En Munich son amables, tranquilos, y te ayudan a desmontar las ruedas del carro que, nunca, nunca cabe, porque fue Herodes mismo el que diseñó las máquinas de rayos X de los aeropuertos. ¿Señorita, puede levantar el pie? ¿En serio pretende que me ponga a la pata coja mientras tengo un bebé en brazos? Venga, va, le sujeto a la niña. En Barajas siempre hay una cola demencial, y para hacer las cosas más fáciles han vestido de amarillo "relajante" a esa gente que te grita "¡ordenador, líquidos!", te pasa decenas de bandejas de plástico, te secuestra los biberones y te obliga a quitarle las botas al niño, no vaya a haberse escondido la Kalashnikov de un Playmobil. ¿Qué tengo que hacer para convencer a Barajas de que no soy una terrorista? ¿Quieren una muestra de orina o algo? Porque yo se la doy encantada. Como mi hijo, que una vez no se aguantó la cola y se meó en el control de seguridad.

Que a lo mejor Barajas no sabe que nos está puteando, oiga. La gente puede ser muy hija de puta sin darse cuenta. Amiga con progenie, si cuando iba sin críos alguna vez te pasé por delante en un andén de tren con la maleta, mientras tú peleabas con tus bultos soñando con convertirte en pulpo, o peor aún, te dediqué un "¡qué bebé más mono!" al pasar, en lugar de echarte una mano para subir, si cuando estabas en el pasilllo del vagón, tratando de recomponerte y jugando al tetris mental con el carrito, te dije "pasooo" camino de mi asiento, si cuando estabas desmontando y plegando el carrito antes de entrar al avión, con pañales, abrigos, y bolsa de viaje desparramados por el sueño y tu hijo dando la coña pasé esquivandote (no sea que el avión fuera a irse sin mi) y luego encima te corte el paso en el pasillo mientras colocaba mi maleta, si cuando llegabas con tu prole al metro te hice entrar la última y tuviste que lanzar niños y carrito en el vagón a lo bestia, y no tuve la decencia de cambiarme de sitio con tu hijo para que no fuera chillando "¡mamá, mira!" desde el otro lado del vagón, si me metí en el ascensor del metro porque alguna tara mental me impedía usar las escaleras y te tocó esperar, si tu hijo se meaba "¡ya, mamá, ya! y no te dejé paso en el baño, si fui uno más de esos bultos con que tuviste que lidiar estilo huída del apocalipsis zombie mientras tratabas, en el medio de transporte que fuera, de llegar a la puerta, lo siento. Entendería que me hubieses mentado a la familia. No puedo cambiar el pasado pero puedo proponer que se haga un simulacro de viaje con niños en los institutos. Como método anticonceptivo. Así las cosas, cuando te encuentras con ese señor que te deja pasar en la cola del bar, y esa señorita que se sienta a tu lado en el vuelo y te entretiene al niño, te dan ganas de abrazarlos como si fueran familia.

Cuando era joven una vez me quedé dormida en la puerta de embarque. Esto ahora es imposible que me pase. La última vez, cuando quedaban cinco minutos para embarcar, con la niña tranquilita y el niño haciendo pasatiempos, e ilusa de mí pensé que tenía la situación controlada, se desencadenó la tormenta perfecta: Primero se cagó la niña y se puso a gritar. Agarré niños y bultos y corrí en una dirección cualquiera buscando el servicio con cambiador de bebés más cercano mientras se oía por los altavoces "el vuelo a Madrid tiene overbooking, si no le importa quedarse en tierra... etc". Mierda y mierda. No encontraba el cambiador y no podía arriesgarme a pasar las vacaciones sola, o peor, con la familia política. Gracias al cielo, con los años he desarrollado técnicas ninja para cambiar pañales y he perdido todo sentido de la vergüenza así que puse a ello en una esquinita discreta. Entonces el otro niño "mama, pipí". Tres veces mierda. Con el bebé a medio cambiar, pañal sucio en mano, y arrastrando niño y abrigos corrí, esta vez de verdad al servicio, y gritando a mi hijo en el baño "¡date prisa!", "mamá, tú siempre me dices que hay que hacer las cosas despacito", vestí a la niña, agarré abrigos y demás y llegamos justo a la puerta de embarque. Justo para ver que había que bajar un piso de escaleras hasta el avión y el ascensor estaba estropeado. El operario de Lufthansa me miró a la cara sin entender mis ojos de odio.

Antes, cuando me iba de viaje sóla me decían "pásalo bien". Ahora me dicen "hija, no sé cómo te atreves".

La perspectiva de unas semanas con babisitter jamón y gambas, que te da valor.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Preocupaciones

Dar con la cantidad justa de preocupación que uno debe mantener en su día a día es un arte. En nuestra familia funciona así: yo me preocupo por todo y mi media naranja por nada. Alas, conseguimos el ansiado equilibrio. Equilibrio que se ha visto perturbado últimamente porque desde que una se convierte en madre toda la familia adquiere el derecho de preocuparse. Y se preocupan, claro que sí. Porque la vida le ofrece a uno motivos de sobra para angustiarse.

Una preocupación recurrente es la de si el pequeño diccionario trilingue se va a poner celoso por la adquisición de la traductora de bolsillo. Para compensar un poco la balanza de inquietudes, he decidido ponerme del lado de mi media naranja y ver el vaso medio lleno. Y es que todo parece indicar que el peque adora a la hermanita y está feliz. O al menos, eso es lo que ha dicho en el "Morgenkreis" de la guardería, donde todas las mañanas los niños hablan de sus sentimientos (por favor, por favor, que alguien exporte esta idea a su relación de pareja y me cuente qué tal).

De hecho, el comportamiento de mi hijo con la hermanita le hace a una exclamar Ooooohhh Aaaahhhh, ¡qué mono! ¡Qué amor! y avergonzarle a achuchones. Nunca olvida darle un beso antes de irse a dormir o a la guarderia. Me grita cuando estoy en la ducha. ¡Mamá! ¡Inés llora! ¡Dale de comer!, me pasa los pañales cuando se los cambio "mamá, este está limpio", dice tras olerlo, y enseña orgulloso el contenido del carrito a todos los niños que se encuentra.

Así que cada vez que alguien nos pregunta, ¿qué tal lo lleva el hermanito? respondo que lo lleva estupendamente y que no entiendo porqué se preocupa la gente. ¡Ingenua de mí!

La última que me preguntó que tal lo lleva el peque fue la cuidadora de la guardería, en la fiesta de las Laterne. "Muy bien, muy bien, ¿qué tal aquí?" "Bueeeeno, está un poco inquieto" y tras un sorbo de Kinderpunsch se soltó a hablar "Se porta mal y no hace caso si le regañas. Cuando me doy la vuelta incita a los otros niños a gritar... por ejemplo, el otro día me tocó el culo y cuando le dije que eso no se hace me respondió ¡Miau! y se echó a reír".

Aha... respondí, escondiendo la cara en mi taza de Kinderpunsch y mientras la cuidadora me describía cómo exactamente mi hijo le había palmeado el trasero yo me arrepentía de no haberme traído un culín de vodka para acompañar. ¡Con lo bien que estaba sin preocuparme!

viernes, 13 de noviembre de 2015

Papeleo

El papeleo. Orgullo de esta tierra teutona. Hace más de un mes de la adquisición de la nueva traductora de bolsillo, y estamos más o menos a la mitad de esta gimkana infernal que es la burocracia alemana. El papeleo no es agradable para nadie que goce de salud mental, pero para una pareja de inmigrantes que medio chapurrean el idioma es simplemente preferible ponerse una meta más asequible, como, yo que sé, el Nobel de la paz, la receta de la felicidad, matar a la hidra...

La burocracia alemana es un juego en el que no es recomendable descubrir las reglas a medida que vas jugando, cosa que nos pasa a menudo. "¡Ah! que para el Elterngeld nos salía mejor haber cambiado la clase de impuestos... hace meses" "O sea... que esto lo podíamos haber desgrabado... el año pasado" "Así que teníamos derecho a esta ayuda... pero se nos ha pasado el plazo para pedirla". A estas alturas cuando nos enteramos de una de estas ya ni me inmuto. Agarro a mi ingeniero por los hombros, le miro a los ojos y le digo: lo importante es la salud.

Tampoco es recomendable ponerse creativo al hacer papeleo. Cada opción para resolver un asunto (en persona, por carta, por Internet) consta de unos pasos, opciones, y plazos definidos de los que uno no se puede salir. Es como un laberinto. Si intentas tomar un atajo te vas a dar de bruces con una pared. Y ni siquiera es eso lo peor que te puede pasar. Puedes atascar la maquinaria y quedarte atrapado en una paradoja administrativa;
-Sin contrato no podemos hacer el empadronamiento
-Muy bien, pero quite la dirección que figura porque ya no vivo allí
-Eso no se puede, alguna dirección tiene que constar
-Pero en esa dirección tampoco tengo contrato
-Pues sin contrato no se puede cambiar

El papeleo alemán es algo que. como en todas las grandes decisiones de la vida, al final uno está solo. La empresa de mi ingeniero ha recibido constructivas opiniones de gente como nosotros sobre la experiencia de los primeros meses en Alemania. Cosas como "cuando buscábamos guardería mi mujer lloraba para dormirse". Por eso ahora ofrece un servicio para ayudar a esa gente. Hace unas semanas hicimos uso del servicio. Son unas señoritas muy majas que se aseguraron de que el formulario del Elterngeld estaba correcto y sólo hacía falta adjuntar un documento. Feliz y lleno de confianza mi marido se personó en la oficina correspondiente. ¡Un documento! Muajajajaaaa. Vuelva vuesa merced tras haber dado muerte al dragón que guarda la cueva del oráculo de los mil misterios. Si logra escapar los ingenios del mago que habita en el lago de las olas de fuego dónde pereció la ninfa Calipso, adjunte la declaración de impuestos y las nóminas del año pasado y ya veremos si tal.

Por lo menos tengo tiempo. Y digo que yo tengo tiempo. Porque mi ingeniero y las tareas mundanas no se llevan bien. "¿Has entregado el papel que te pedí?" "Sí... espera. ¿Qué papel? ¡Ah! Ese papel ¿y dónde estaba?". Al estar disfrutando de la baja maternal puedo pasarme y me paso la mañana tratando de que los señores del seguro me manden un documento. Lo hago en alemán, para decirme a mí misma que no estoy perdiendo el tiempo. Estoy haciendo un tándem, Todo es cuestión de actitud. A la excursión familiar al consulado de Múnich me llevaré unos tuppers. Espero que sea tan entretenida como la última. "Señor, ¿seguro que está de acuerdo en hacerle el pasaporte a su hijo? Eso significa que podrá salir del país con su madre" "¿Un pasaporte es eso? Pensé que me había pedido el día en la oficina, despertado a las seis de la mañana, y estamos todos aquí con un niño que se aburre y no deja de dar la coña porque dan pinchos de tortilla gratis".

Si por lo menos nos quedara la satisfacción del trabajo bien hecho... pero ni eso. Porque somos un desastre. Me acabo de dar cuenta de que mi nombre está escrito de tres o cuatro formas diferentes en las partidas de nacimiento de mis hijos, la de matrimonio, los papeles del seguro, el registro alemán... En algunos tengo dos apellidos, en otros uno. Con o sin acento y en la mayoría de los casos sin segundo nombre. Combine usted esto con el apellido de mi marido, que acentúa la R y la Y, y si recuerda sus clases de combinatoria se hará una idea de lo que puede suponer. Sé que va a llegar el día en que uno de mis hijos va a necesitar una partida de nacimiento, un libro de familia, o un vaya usted a saber qué y voy a perder toda autoridad para decirles que hay que poner atención al hacer los deberes.

Como uno comprenderá, una servidora tiene esos días en los que se ha pasado la mañana hablando con señores que no son familia y les importa un comino mis problemas y no está del mejor humor cuando llega a la guardería.

-¿Que se nos ha pasado el plazo para pedir los materiales de la Laterne? No, no he visto el papel de la entrada. Hace un mes que no vengo y mi familia no habla alemán. Pero estamos hablando de una botella de plástico y papeles de colores, ¿no? ¿Son botellas de Evian recubiertas de papel de seda importado de Japón o algo?

Y esto no es bueno. Teniendo en cuenta que se mi media naranja se ha olvidado de entregar el papel para inscribir a la nena en la guardería e igual se nos ha pasado el plazo debería ser mucho más amable.