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miércoles, 2 de diciembre de 2020

¿Como hablan los niños trilingües?

¿Cómo hablan los niños trilingües?

Como pueden, chica. Como pueden. Y a menudo muy mal.

Cuando sólo tenía al monstruito trilingüe muchas veces me sentí culpable, (todavía me siento), por poner a mis hijos en esta situación. Cada vez que una de mis criaturas me dice "un niño me ha geschlagen", cada vez que me encuentro con la palabra "chamon" escrita para referirse a esas lonchas de embutido que se toman en pan con tomate y aceite, me digo a mi misma ¿qué he hecho, amigas? ¿No podía casarme con un vallisoletano y comprarme una casa en Pedrajas?

Para la comunicación, el lema de mi hijo es "lo mínimo imprescindible". Palabras sueltas, incluso, en un idioma cualquiera, con suspiro y puesta de ojos en blanco incluida, si es que no descifro el puzzle lingüístico que me propone. El monstruito es de los de "el cole bien", de los de "hola abuela" y preguntarme "¿qué digo ahora?",  y de los de arrugar la nariz, igual que su padre, si le pregunto como se siente.

Pero ahora viene la traductora de bolsillo. Y es distinta. Habla mucho, muchísimo, aunque la mayor parte de las veces sea en alemán. A sus cinco años me dice cosas como, "mamá, esto es lo que quiere mi corazón", o "mamá, ¿no ves que me ha roto el corazón?" Y otras menos poéticas, como cuando le llamo para cenar, y sin levantar los ojos de una hoja de papel, me responde "¡Ahora no tengo tiempo para eso, mamá!". Cuando la miro, me acuerdo de Conchita Velasco (mira que soy mayor) diciendo eso de "mamá, quiero ser artista".

¿Cómo hablan los niños trilingües? Mezclan idiomas, asesinan la erre, y no podrían hacerse pasar por un niño madrileño. Pero hablan, y son ellos mismos cuando lo hacen. Y eso es lo más importante. ¡Qué suerte tenemos de ir conociendo a estas personitas!

viernes, 19 de junio de 2020

Gente rara

Hoy en día, los raros lo tienen un poco mejor. No hay serie que no tenga su aspérger, su sicópata, o su amigo extravagante. El patio del colegio es un poco menos hostil que antaño, aunque el fútbol siga siendo la actividad favorita de los niños populares, y los raros sigan haciendo... cosas raras.

No quiero dar a entender que las niñas un poquito especiales, como yo, lo pasaban necesariamente mal en el colegio, pero la escuela pública no es el ambiente natural de los excéntricos. Con el tiempo, como el patito feo que busca su familia, como la cabra, que tira al monte, el raro se apunta a teleco. O se va a Suecia. Sí, a Suecia. De Erasmus, normalmente. Porque mira que son raros los suecos. Y los finlandeses no te digo. En realidad, a poco que lo pienses, casi todos los extranjeros son raros. ¿O no tienen sus cosas los franceses?

Una fiesta Erasmus es el lugar perfecto para que un raro pase desapercibido. Porque, ¿está trastornado este chico, o es que es sueco? Imposible de diferenciar.

Pienso estas cosas con el monstruito trilingüe en mente. A lo mejor me equivoco, pero creo que en un futuro va a ser el tipo de persona que se encuentra en su salsa en un bar lleno de telecos. O en una fiesta Erasmus. Después de años de convertirme en una persona medio normal, y juntarme con gente medio normal, el reencuentro con mis compañeros de la universidad sigue siendo como volver a casa. ¿Tú qué haces ahora? ¿Todavía intentas hackear Tinder? ¿Has visto alguna oscura producción moldava últimamente? Vamos a reírnos juntos de los intentos de computación cuántica de Google. (Aquí se ríen uno o dos, pero igualmente, a todos nos gusta escuchar estas cosas). Una fiesta Erasmus es similar en muchos aspectos. Por ejemplo, también se habla de oscuras producciones moldavas, sobre todo si hay moldavos en la fiesta.

Sé que teleco no es el único sitio donde se encuentran raros. Sospecho que la facultad de filosofía es un nido de extravagancia, por no hablar de los que se apuntan a ciencias políticas. Pero yo sólo puedo hablar de los raros que conozco y quiero. Y sus rarezas tienen a veces un punto de genialidad.

Así que si eres madre de un niño raro, no te preocupes. Puede que no acabe siendo un genio de la electrónica, pero siempre podrá juntarse con suecos.






viernes, 29 de mayo de 2020

Una mochila llena de palabras

En mi familia tenemos un pasatiempo interesante. Coleccionamos palabras.

Las palabras están por todas partes y son gratuitas. Una vez en tu colección, puedes lanzarlas al aire, y allí hacen cosas increíbles: aterrizan en el oído de alguien y le hacen sonreír, o entran en un bar para pedirte unas patatas. Luego, ligeras, invisibles, vuelven a tu cabeza hasta que las vuelves a necesitar.

Ligeras e invisibles. Así tienen que ser. ¿Te imaginas que cada palabra pesara un gramo? ¿Que tuviéramos que guardar nuestras palabras en una mochila y llevarlas a cuestas?

Yo me imagino algo así.



A todos los bebés les gusta coleccionar palabras. Las recogen de cualquier parte, las chupan, se atragantan con ellas, las escupen, y por fin las guardan en su bolsa de viaje.



Pero a algunos bebés, cuando nacen, les dan dos o tres bolsas para sus palabras y tienen que aprender a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con su galleta como viene la otra con su sušenky, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto.



Así son mis hijos. Con los años, en lugar de acabar con todo su lenguaje bien dispuesto en una maleta, ellos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas.



Y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren.


A veces encuentran las palabras correctas, pero no las han sacado de la bolsa adecuada...



…Y el resultado no es el esperado.




Y a veces, aunque todo sea correcto...



Sí, es complicado, pero vivir con varios idiomas es también divertido. En Navidades Jezisek, los Reyes Magos y el Christkind nos alegran las fiestas.



Tres idiomas transmiten más información que uno.



Disfrutamos de pequeñas competiciones entre el equipo español y el checo.



Y de vez en cuando nos permitimos ser un poco arrogantes.


Y les permitimos ser un poco arrogantes.



Pero después de años jugando con las palabras como si fueran bloques de Lego, hay que ponerse serio porque empieza el colegio. El primer día la mayoría de los niños llevan todo su lenguaje bien organizado en una maleta. Pero los nuestros, tienen que dejar sus mochilas de español y checo en casa, y apañarse con su bolsa de alemán.



Para ayudar a niños como los míos a llenar sus mochilas, algunas escuelas proponen juntarlos en un grupo pequeño en el que se refuerce el alemán. El problema es que, si estos niños ponen sobre la mesa todas sus palabras, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke. ¿Quién les va a regalar los sustantivos que les hacen falta?



Algunas familias intentan hablar un sólo idioma en casa. Podría ser una buena idea, pero por más que busco en mi modesto bolso de mano, no encuentro qué puedo ofrecer a mis hijos que no tengan ya. Ni Eichhörnchen ni Einhörner aparecen en mi equipaje.

—Leer también vale, mujer

—¡Ah bueno! ¡Eso lo hago encantada!



Auf Deutsch, klar.





No podemos evitar preocuparnos. Pensábamos que sería un regalo vivir con tantos idiomas, pero a veces es más bien un problema que hay que solucionar. Logopedia, actividades de refuerzo, juegos educativos, libros especiales… intentamos ayudarles tanto que no les dejamos tiempo para aprender palabras del modo que siempre lo han hecho: jugando.



Así que nos hemos parado un momento a pensar…

 

 

 

 

 

…y hemos descubierto algo que ya sabíamos.


El equipaje de nuestros niños es algo especial y necesitan que les demos tiempo para prepararlo. Tienen que meter los mandiles que les regaló la abuela, los punčochače para el frío, y los Brezen que a veces compran en el colegio. El Patio de mi Casa, y Včelka Mája. Son tres maletas que no pueden abandonar, porque han guardado en ellas tres esquinas del mundo. Es un equipaje único, del que nos sentimos orgullosos.



Es un equipaje que nunca deja de crecer, y cuanto más crece, menos pesa.

Porque las palabras no pesan nada.

Ni un gramo.




jueves, 13 de febrero de 2020

Según se mire, una comedia

En la universidad tenía una amiga con una habilidad curiosa. Era capaz de contarte una historia, la misma historia, dos veces. La primera vez como comedia y la segunda como drama. Y eran buenas historias en todo caso, ¿eh? Porque esta amiga venía del salvaje Este, donde no hace tanto había guerras y las capitales de los países no se encontraban en los mapas mudos.

Puede que experiencias así te conviertan en alguien mayor más pronto de lo que te toca, o más probablemente, es que mi amiga siempre ha sido un pelín bipolar. Pero por la razón que sea, ahora que yo me hago mayor, y me pasa cada vez más que un día soy la reina de todo, y al otro una mota de polvo estelar, mis historias también empiezan a cambiar de género, a convertirse en thrillers, películas de terror o comedias románticas según cuando las cuente.

La sinopsis es la misma, por ejemplo, mis niños hablan cuatro idiomas. O ninguno del todo, según cómo se mire. Los diálogos incluyen líneas divertidísimas, o terroríficas, depende:

Niña: Mamá, el abuelo no me verstanden
Niño: Los deberes ya los he gehecho
Niña: Yo puedo solallein

Solallein - Sola + Allein. Porque mis hijos se ven en la necesidad de decirme dos veces la misma cosa. O porque desbordan creatividad.

Incluso los adultos nos unimos a este extraño dialecto familiar, y preguntamos a las criaturas si quieren hacer "basteln". Es una locura. Pero no sé si una locura jajaja, o una locura ayayay.

Y entre tanto, los protagonistas crecen contando sus propias historias, y son historias que no admiten género, como las de todos los niños.

"Estábamos en el patio y Leon vio una Marienkäfer, y entonces cogimos un Eimer, und der Leon sagt Ich will es zu Hause nehmen und, und... und mami, ¿a ti te gustan las Marienkäfer?"

Son historias que no me canso de oír.

martes, 6 de noviembre de 2018

Aventuras en Sri-Lanka

¿Recuerdas tu primer campamento de verano? ¿Recuerdas a tus padres despidiéndose al pie del autobús? Yo no, pero cómo ahora soy madre, te puedo refrescar la memoria a base de recitarte la banda sonora:

¿Dónde has puesto la cazadora? Métela al autobús, no sea que haga frío. Siéntate al lado de Marga, anda. Ten cuidado con el dinero, ¡no lo pierdas! Acuérdate de darte crema, no te vayas a quemar. Y repelente de mosquitos. Y lávate los dientes. Y cualquier cosa, dices que nos llamen. Dame un beso, venga, sube, sube ya, no, espera. Llevas un bocadillo y un plátano en la mochila. Un beso. ¡Pórtate bien! ¡Cuidado con los mosquitos! Me espero hasta que se vaya el bus.

Estas semanas hemos estado de vacaciones. Puestos a elegir entre un todo incluido en Mallorca, y una mochila al hombro en Indonesia, nos hemos quedado en una cosa intermedia que puedo llamar y llamo "mochileros con comodidades". Esto va así: Compras una Lonely Planet. Preparas tu mochila como si fueras de aventura al Aconcagua, lamparita de cámping y todo. Y después alquilas un coche con conductor, metes la mochila dentro, y te dejas transportar a un hotelito con encanto.

Lo importante es no dejarte impresionar por las piscinas infinitas y los camareros que te ponen una toalla debajo del culo antes de que puedas decir hellosir. ¡Estáis de aventura! No habéis venido aquí a sorber daiquiris, ni a pasar las horas a la sombra de las palmeras. Así que ¡venga! ¡A ver que dice la Lonely Planet que tenemos que hacer!

Bueno, pues lo que hay que hacer si estás de aventura en Sri-Lanka es ir en tren.

Pero claro, con niños y mochilas, el tren es un coñazo. ¡Que nosotros ya hemos contratado un conductor, oiga, que somos "mochileros con comodidades"! Bueno, pues mira, no pasa nada. Los conductores y agentes turísticos en Sri-Lanka, conocen esta necesidad, y dónde hay una necesidad hay una oportunidad de negocio. Así, el turista que no quiere renunciar a nada puede experimentar la aventura de un viaje en tren y volver a la comodidad del coche con aire acondicionado inmediatamente después. ¿Cómo puede ser esto? Pues muy fácil. Porque el conductor, como tu madre, te lleva al tren y te va a recoger. 

Salimos del hotel a eso de las siete de la mañana con nuestros billetes en la mano. Nuestro conductor comprobó que todo estaba correcto. "¿Habéis comprado primera clase verdad? Muy bien" "¿Nuwara-Eliya - Ella?" ¡Por supuesto! Es el trayecto recomendado en la Lonely Planet. El conductor asintió. Exacto.

Llegamos a la estación de trenes con bien de tiempo. Encontramos el andén sin problemas. Nuestro conductor nos seguía unos pasos por detrás, listo para intervenir si nos despistábamos buscando el baño. Poco a poco fueron llegando el resto de pasajeros, grupitos de caras jóvenes y blancas, radiantes de emoción, y el andén se llenó de camisetas y shorts, mochilas Quechua, Lonely Planets... y atentos conductores en camisa de manga corta y vaqueros a menos de un metro de cada grupo de turistas. No pude evitar mirar con algo de envidia a las dos señoras con sari que esperaban en el andén opuesto.

Al poco llegó nuestro tren y los aventureros, billete en mano, fuimos entrando. Y pese a estar en la otra punta del mundo, la banda sonora tenía algo de familiar:

-Este es vuestro vagón. Lleváis cámara de fotos, ¿verdad? Ella. La parada se llama Ella. Estaré esperándoos. ¿Crema para el sol? ¿Algo de comer? Luego pasarán vendiendo cacahuetes.

Confirmamos que llevábamos cámara de fotos, crema y bocadillo. E-L-L-A repetimos. Subimos a nuestro vagón. Una vez localizados nuestros asientos, dijimos adiós a nuestro conductor desde la ventanilla, y éste subió al coche. Otros cuatro o cinco conductores seguían en la ventanilla asegurándose de que sus turistas encontraban su asiento.

-¿Lleváis cámara? ¿Los billetes? Cuidado con el sol. Ella. La parada se llama Ella. Estará escrito. Podéis sentaros en esos asientos. Tienen mejor vista, si viene alguien ya os cambiáis.

Y me dieron ganas de responder ¡sí, mamá!


miércoles, 4 de julio de 2018

Preguntas, preguntas...

Los niños preguntan cosas. Es lo que hacen. Hacen preguntas sin filtro alguno y con más o menos interés en la respuesta.

La traductora de bolsillo, por ejemplo, tiene varias preguntas favoritas que repite hasta que la respuesta es satisfactoria. "¿Qué ases? ¿Qué ises? ¿Qué eseso?" Estas preguntas son en principio fáciles de contestar, pero tienen trampa.
-¿Qué ases?
-Mamá está en el baño
-¿Qué ases?
-Hago pis
-¿Qué ases?
-Pis
-¿Qué ases?
-Piiiis
-¿Qué ases?

Desde que el monstruito trilingüe está en el cole, viene con preguntas cada vez más difíciles.
-¿Porqué Selim no come cerdo? ¿Porqué no soy alemán? ¿Las mariquitas sin puntos son mariquitas bebés?

En cuestiones técnico-científicas, sólo me pregunto cómo lo hacían nuestros padres sin Internet. Ahora, con un click o dos, puedo responder con seguridad a mi vástago que no, que eso es un mito común, pero que el número de puntos en las mariquitas depende de la especie.

Hablarle de ciencia a un niño es genial. Uno puede pasarse horas contándole cosas. La Tierra gira alrededor del Sol y las tortugas nacen de huevos. Podemos hacer matizaciones aquí o allá, pero si la ciencia es sólida, es improbable que mañana cambie. Si empezamos a observar tortugas vivíparas por el barrio, algo muy chungo está pasando.

Hace poco descubrí que hablar de arte con un niño también es fácil y además divertidísimo, porque al contrario que la ciencia, el arte está abierto a mil interpretaciones. ¿A ti qué te parece este lienzo completamente blanco? ¿Te gusta? Mhmm, muy respetable. Supongo que aprecias el minimalismo como reacción al expresionismo abstracto. A mí personalmente me parece una tomadura de pelo.

Los temas sociopolíticos son más complicados porque uno se mete en un terreno entre los hechos y la libre interpretación de los mismos. La ideología. ¿Porqué no eres alemán? Pues es complicado de explicar. El concepto de país y las leyes que lo rigen dependen únicamente de un acuerdo entre humanos. Son entidades imaginarias, pero tienen implicaciones absolutamente reales, como por ejemplo, impedirte estar en cierto punto geográfico. Si mañana todos los humanos dejáramos de creer en el concepto de Alemania, el país dejaría de existir, pero las tortugas seguirían poniendo huevos y seguiría siendo discutible si un lienzo en blanco es una tomadura de pelo.

Sin embargo, es inevitable atacar estas cuestiones. Si no contestas las preguntas del monstruito, va a encontrar las respuestas en el patio del colegio, y, seamos sinceros, prefiero no confiar la educación de mi hijo a la progenie de gente con según qué foto de perfil en el Wassap. Así que recientemente mi hijo y yo hemos empezado a hablar de Historia, política y religión, y chica, resulta que he nacido para esto.

Hemos hablado horas. Tocamos el tema de las guerras en Europa, empezando por la Revolución Francesa y relacionado lo que le pasó a Napoleón en Rusia con la segunda guerra mundial. Hablamos de la sociedad de naciones, y de si puede haber guerras justificables. Tuve especial cuidado en presentar los hechos y dejarle extraer sus propias conclusiones. Y tengo que decir que, modestia aparte, se me da genial.

-Mamá
-¿Sí, amor?
-Entonces, si quiero conquistar Europa...
-¿Síííí?
-Mejor evito Rusia en invierno
-Exacto

Creo que como mínimo, estoy ofreciendo a los niños temas interesantes para discutir en el recreo.



lunes, 4 de junio de 2018

Rosa y lila

Bueno, pues ya está aquí. Tenía que pasar. Lo del unicoño era sólo un aperitivo. La traductora de bolsillo nos está llevando de la mano a un mundo de animales de ojos gigantes, purpurina, reinas del hielo, princesas, merchandising rosa y yogures con la cara de Rapunzel que nadie de esta familia había pedido.

¿Qué hemos hecho mal? ¿Dónde hemos fallado como padres? Ni idea. Durante dos años y medio hemos huido del rosa como de la peste, pero ha sido en vano, o incluso peor. Ahora, ante cualquier disyuntiva, como si estuviera poseída por el demonio de la Barbie, la traductora repite "rosa" "lila" "pink". Sí, su primera palabra en inglés es pink.

Da igual que hablemos de muñecas, comida, ropa o del tiempo ¿Qué pelota quieres? Pink ¿Qué pastel? El lila ¿Qué excavadora? La rosa. Y claro, ahí están las marcas de cosas para cubrir ese vacío. ¿Era necesario sacar al mercado pañales con la cara de Minnie Mouse? Yo creo que no.

Ahora, en los McDonalds, uno puede escoger entre juguete de niño, juguete de niña, juguete neutro y libro. Ante esto, yo me estreso. Podría coger un juguete de niña y otro de niño, que sé que es lo que más le va a gustar a la descendencia, pero no me parece correcto fomentar el absurdo sexista de esta opción. Un libro, ¿no? Con un libro no se puede equivocar uno. Lo que pasa es que yo los quiero entretenidos, no quiero que coman con lectura de fondo, como los monjes benedictinos. Pues nos queda la opción cobarde, el juguete neutro. Al final con eso nos quedamos, claro. Un mapa para pintar, blanco, como metáfora del juguete políticamente correcto que no satisface del todo a nadie. Moraleja, el McDonalds es el mal.

¡Ah, amiga! Entonces es que te equivocabas. Tu hija, como mujer, se siente inevitablemente atraída por el color rosa. Es algo genético. Asúmelo.
Ya... Lo que pasa es que no. Precisamente, el asignarle al rosa el significado "de niña" es algo relativamente moderno, y en ningún caso genético.

https://verne.elpais.com/verne/2014/11/18/articulo/1416293525_000025.html
https://www.trendencias.com/tendencias/sabias-que-el-rosa-no-siempre-ha-sido-un-color-de-chicas

Y ahora os voy a meter el miedo en el cuerpo. Si mi hija de dos años, que ha jugado mayormente con juguetes de su hermano, o sea, multicolores, que tiene una rica paleta de tonalidades en su armario, y cuya madre pone cuidado hasta en envolver los regalos en verde o amarillo, si ella nos sale con estas cosas, ¿qué más mierda sexista están aprendiendo nuestros hijos y dónde?

Por de pronto, y como con todo, he decidido negociar. Y es que los colores no significan una sola cosa. El lila, por ejemplo, es el color de las feministas. Así que ¿te gusta el lila? Bueno, pues vale, pues lila. Así por lo menos estamos listas para cualquier mani que se pueda convocar.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Charlando con la traductora

¿Conoces esos libros en que se van apuntando todos los hitos de tu bebé? La primera palabra, cuando levanta la cabeza, cuando sonríe, cuando gatea, cuando empieza a andar, el primer diente... Como si tuvieras un experimento entre manos en el que hay que tomar medidas y asegurarse de que encajen dentro de la desviación estándar. Y si no encajan te preocupas, claro que sí. Porque los libros dicen, y los retoños de tus amigas confirman, que con seis meses los niños hacen la croqueta. Y cuando el crío tiene seis meses y todavía no se gira en el suelo, te pones de rodillas frente a la colcha de colores con luces y monitos de plástico y le haces gestos con la mano. ¡Gira! ¡Gira! ¡Venga, yo te ayudo! Y le enseñas cómo tiene que girar la pierna, y cuando al fin lo consigue corres a apuntar "Seis meses y Pocholito ya gira sólo. Es un genio".

Con el segundo experimento, es un poco distinto. Es más estar sentada en el sofá, y ver que la niña viene rodando hacia ti y decir, ¡fíjate, ya rueda! ¡Habrá que proteger los enchufes! Y darte cuenta de que no hace falta porque hace siglos que perdiste el chisme de plástico para quitar los que llevan ahí desde que el primer vástago tenía seis meses. Perfecto.

Y no está mal. ¿Cuándo empezó a andar la traductora? Pues pronto, para poder seguir a su manada si se la olvidan. ¿Cuándo empezó a hablar? Pues pronto, para poder defenderse cuando su hermano la acusa de una trastada ¿Cuándo le salió el primer diente? Pues ni idea, pero me imagino que también pronto. Cuestión de supervivencia. Así hemos vivido los avances de la pequeña. Sin presión por parte de los otros churumbeles y las revistas de la consulta del pediatra.

Y ahora nos enfrentamos a un nuevo hito. El año que viene, la traductora de bolsillo irá a la guardería y ayer fue la reunión para contarnos todo lo que hay que saber sobre el tema. Y resulta que las otras madres estaban mucho más preparadas que yo.

-Clara está emocionada con ir al Kindergaten
-Lo he hablado con Sofia y también está muy contenta. Me ha dicho que le gusta dormir la siesta en la habitación de los mayores
-Jan lo mismo. Hemos comprado una mochila nueva. No deja de hablar de hablar de los niños grandes

Y yo -La traductora no habla. Bueno sí. Dice agua, oben, ¿Quéseso? ¿Qué hases? Ich auch...
-Bueno, no pasa nada, todavía queda tiempo- es lo que me han dicho en la reunión. Pero no puede evitar una preocuparse cuando todos sus compañeros de clase mantienen tan elevadas conversaciones con sus respectivas madres. Igual es culpa mía, que todavía no le he explicado nada. Así que por la noche, con ella sentada en la encimera, mientras yo pelaba ajos, he intentado introducir el tema.

-El año que viene vas al Kindergarten, cariño
-¿Qué hases?
-La cena. Tu amiga Charlotte va al Kindergarten, también
-¿Quéseso?
-Un ajo. Los niños mayores van al Kindergarten. Tú eres ya mayor...
-¿Quéseso?
-Una cebolla. ¿Quieres ir a la misma clase que Charlotte?
-¿Qué hases?
-Cortar ajos. A ver, el Kindergarten...
-Ich auch
-¿Tu también quieres ir al Kindergarten?
-Ich auch. Cot-tá

Bueno, pues nada. O mi hija me está diciendo que aprender a manejar un cuchillo le parece más importante que aprender los colores en el Kindergarten (que todo pudiera ser con esta pequeña drama queen), o es que es muy pronto para tener esta conversación. Creo que vamos a tener que asumir como siempre que las locas son las otras madres y dejarlo estar.



viernes, 2 de marzo de 2018

Galletas cachondas

España, tierra querida. Las tiendas de productos españoles, y los que organizan la semana española en el Lidl, saben perfectamente lo que los expatriados echamos de menos. El Colacao. Las galletas María. Las latas de atún y las de tomate frito. La sepia. La colonia Nenuco. Las pipas.

Yo no soy mucho de comprar Colacao. Presumo de poder sobrevivir sin comer jamón más que en Navidades y Semana Santa. Pero hay una cosa que echo de menos de España. Me di cuenta hace un par de tardes.

Con el abuelo en casa, hacía varios días que no recogía a la traductora de bolsillo de la guardería, así que esperaba, como así fue, tener que repetir la rutina que la pequeña tirana le obliga a llevar al abuelo y que incluye una parada en la panadería, subir y bajar todos los bordillos y muros que se encuentran entre la guardería y la casa, y jugar con el inodoro público, quiero decir, la cabina telefónica que tenemos en la esquina del parque.

Pero en fin, tenía tiempo y necesitaba comprar pan, y no me quejé mientras la pequeña me cogía de la mano y me llevaba a la panadería. No me había  dado tiempo ni a pedir el pan, ni a sacar el monedero cuando la traductora se pone a gritar ¡coño! ¡Coñooo!

Momento de sorpresa. Sigo con la mirada el dedito de la niña y me encuentro que apunta y señala esto:



Y me da un ataque de risa. No puedo parar. Y nadie se ríe conmigo. Los empleados y otros clientes de la panadería me miran como si estuviera tarada. Estos inmigrantes... Y me pasa algo que no me pasa todo los días. Que echo mucho de menos España. Alguien que me entienda y se ría conmigo

Por cierto, que es entrañable también que la explicación de los numerosos caballos decapitados que aparecían últimamente por casa es que el abuelo le ha estado comprando a la traductora diariamente galletas de tres euros con forma de unicornio. ¿En serio, papá? El abuelo se encoge de hombros. Cosas de abuelo...

jueves, 12 de octubre de 2017

Mis hijos y su equipaje

Imagina que el vocabulario, la gramática, y la pronunciación de una lengua fuese algo físico que tuviéramos que llevar como quien lleva un equipaje. Yo, por ejemplo, llevaría conmigo una maleta de las grandes con mi español, una mochila de las de montaña con mi inglés, un bolso de mano con mi alemán, una riñonera con mi checo y un monedero con algo de francés.

La mayoría de los niños nacerían con un bolso que van llenando con todas las palabras que encuentran por ahí. En la tele, en el parque, tiradas por la cocina, en casa de algún amigo... ¡todo dentro! Juntando y acumulando hasta que al cabo de un tiempo pueden cambiar su bolso por una maletita, y llevarla orgullosos a la guardería.

A mis hijos, los pobres, nada más nacer les hemos dado tres bolsos, y han tenido que ir aprendiendo a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con sus párečky que hay que meter en el bolso de checo, como viene la otra con su salchichón, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto. Así, con los años, en lugar de acabar con todo bien dispuesto en una maletita, mis hijos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren. Me duele la, el... ¿bauch? ¿břicho? ¿belly? ¡Barriga!

Al principio esto es divertido. Sacar las cosas checas en casa de los abuelos españoles y enseñarles qué pinta tiene una kráva, coger los zapatos en lugar de los Schuhe cuando te apetece, volver loco a papá jugando al veo-veo, y conquistar a camareros de media Europa pidiendo zumo en tres idiomas. Pero después de varios años de tratar las palabras como si fueran bloques de Lego con los que jugar estamos empezando a lidiar con los problemas de los niños trilingües.

Por ejemplo, una cosa que a veces les pasa es que si llevan mucho tiempo utilizando una mochila, les cuesta encontrar las cosas que tienen en otra. Es algo que entiendo bien cada vez que voy de compras en Chequia, pregunto si tienen otra talla en una mezcla de alemán-pobre y checo-triste, y parezco idiota.

Otro problema que uno se puede imaginar es que aunque mis hijos han acumulado un montón de términos y expresiones, están todas repartidas en sus bolsas, y cuando llegan a la escuela y tienen que dejar sus mochilas de español y checo en la entrada, no pueden competir con el equipaje de otros niños. ¿Floh? ¿Kopfsalat? ¿Fußballweltmeisterschaften? Esas cosas no las han oído nunca.

Mis hijos, por supuesto, no están solos en esta tesitura. Y la escuela ha decidido que la mejor manera de gestionar la situación es juntar a todos los niños que necesitan llenar sus mochilas de alemán en un grupo aparte. Eso me pone muy nerviosa. ¿De dónde se supone que van a recoger estos niños la gramática y el vocabulario que les falta? Me parece que si sacan todo lo que llevan encima y lo ponen encima de la mesa, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke, mientras que estando en el grupo normal, nadie tiene que recordar a los niños que compartan tanto lápices como vocablos.

Otra cosa que nos han recomendado es que en casa hablemos y leamos en alemán. No sé qué se piensa la profesora que tengo en mi modesto bolsito de mano que le pueda servir a mi hijo. Desde luego, por más que busco, la correcta declinación de los adjetivos no aparece por ninguna parte. Sé que la puse por ahí, pero cuando la necesito nunca la encuentro. La profesora también me ha recordado las bondades de dar ejemplo con la lectura. No he podido dejar de responder que raramente estoy a más de un metro de un libro, y que además leo libros a mis hijos todas las noches, y con gusto, poniéndoles diferentes voces a los personajes. La lectura en alemán, ha puntualizado. Al parecer tengo que cambiar mi rutina nocturna, que todos disfrutamos, por el enunciado a trompicones de un texto que me es ajeno. Todavía me acuerdo de cuando eran pequeños y se enfadaban si intentaba leerles un libro en checo. Esas no son tus palabras, mamá, parecían decirme. No son tontos, mis hijos, no.

Me gustaría continuar diciendo que pese a todo sigo estando feliz de darles a mis hijos la oportunidad de hablar varias lenguas. Que Internet, así en general, parece estar de acuerdo en que es una buena idea, y que cuando crezcan me lo agradecerán, pero la verdad es que estoy empezando a sentirme terriblemente culpable. Lo que pensábamos que sería una "ventaja" se ha convertido en un "problema" y aquí estoy, buscando una logopeda, alguna actividad donde mi hijo pueda practicar el alemán, libros de primeras lecturas, juegos de letras... y ese es tiempo que mis hijos no están practicando matemáticas, tocando instrumentos o jugando al ajedrez. Me da miedo que leer pase de ser un juego a convertirse en una obligación penosa y nunca lleguen a apreciar el lenguaje como lo hace, por ejemplo, su madre, y sobre todo, me preocupa que sean considerados alumnos mediocres, cuando lo único que "de momento" es mediocre es su alemán.

Me gustaría explicarle eso a la profesora. Que mis hijos no son tontos, pero necesitan tiempo para llenar sus mochilas. Quizá tres veces más tiempo que otros. Necesitan jugar con instrumentos para aprender qué es un Geige, y jugar al ajedrez para aprender los nombres de las piezas y desde luego no puedo pedirles que guarden en un armario el español porque no quiero privarles de la oportunidad de aprender palabras tan bonitas como mandil, que sólo les puede regalar su abuela. Me gustaría explicarle a la profesora que entiendo que no es "su tarea" solucionar "el problema" de mis hijos con el alemán, pero quizá si dejáramos de verlo como un problema y entendiéramos que los que tienen una tarea son mis hijos, que tienen que ir recogiendo lo que los demás les ofrecemos, y que eso, simplemente lleva tiempo, se nos ocurriría cómo podemos ayudarles de la mejor manera.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Y de repente, un cumpleaños

La pequeña traductora de bolsillo vuelve a cumplir años en medio del desconcierto de su familia.
Hemos estado tan ocupados con los primeros días de colegio del monstruito trilingüe, que ¡casi nos habíamos olvidado de ella!

Menos mal que ya somos unos padres experimentados y podemos improvisar una fiesta de cumpleaños en el tiempo que una soltera necesita para plancharse el pelo. Y que sepas cuando leas esto de mayor, que nos salen mucho mejor que las que le organizamos a tu hermano. Las tartas que hacemos ya no huelen a bizcocho ahumado, y hemos aprendido que poner un bol de gominolas en la mesa quizá no sea lo más prudente para una fiesta infantil.

Además, yo no sé si es por la falta de intromisión por nuestra parte, pero la traductora es la niña más feliz que he visto nunca. Su día a día consiste en hacer lo que le da la gana, sea subirse a taconear en la mesa del salón, compincharse con su hermano para robar chocolate, o tirar cosas a la bañera mientras se ducha su madre. Tiene acceso a todos los juguetes del monstruito, con sus piezas tragables e inhalables, su medio favorito de transporte es colgarse como un mono a la cadera de alguien, duerme cómo y dónde quiere, mayormente encima de mí, y se pone la ropa que le apetece. Y si por azar alguien se atreve a contradecirla, se enfrenta a la furia de una valquiria en diminuto, con un chorro de voz que ya lo quisieran fichar en la ópera de Praga.

Tampoco se puede decir que le falte calor humano. Mi hija tiene muy claro dónde está su manada y la sigue sin perder el paso. A veces pregunto "¿Dónde está la niña?" y tras mirar a un lado y al otro en estado de pánico, bajo la vista y la encuentro a mis pies, sonriendo como siempre. Las dos nos hemos acostumbrado a que cualquier tarea, desde cocinar hasta ir al baño tiene que llevarse a cabo con ella de testigo, y puesto que no me dedico a soldar tuberías cuando estoy en casa, la cosa más o menos funciona.

Y es que el ser invisible tiene sus ventajas. Hace poco discutíamos si el monstruito podía o no podía comerse un helado y en el tiempo en que llegamos a una conclusión, la pequeña se había acomodado en el regazo de la abuela y comido la tarrina entera. Lo cierto es que es muy muy raro que una regañina le caiga a ella. Tiene la habilidad de un ninja para cometer travesuras y cuando descubrimos que alguien ha puesto plastilina en el cajón de los cubiertos, o metido las cosas de mamá en la secadora el hermano mayor siempre nos queda más a mano.

Para los regalos de cumpleaños me han preguntado qué juguetes le gustan y qué talla tiene, y he tenido problemas para responder. Le gusta cualquier cosa que tenga su hermano y en el armario tiene bodies heredados de cinco o seis tallas differentes, que más sueltos o más apretados, tienen un pase. Total, luego ya la vestirá su padre con dos camisetas, un pantalón, un vestido, unos leotardos y unos calcetines. Demasiado tarde se me ocurre que quizá el regalo perfecto fueran unas zapatillas de esas que hacen ruido cuando andas. Algo así que anuncie "estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí". No van a recordarnos el cumpleaños, pero por lo menos una sabe que si va andando por la calle y se da cuenta de que no oye ningún ruido, es que se ha dejado a la niña en el supermercado, en el coche, o en la guardería. Y eso es dinero bien invertido.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Bodas sin niños

Después del photocall, las tablas de dulces con sus imprescindibles cupcakes, las bailarinas de regalo, las pashminas y los tocados de flores, llega otra discutible tendencia a las bodas de nuestros colegas: la de insinuar que los niños no son bienvenidos.

A ver, quién dice tendencia quiere decir que ya nos ha pasado un par de veces. Pero con lo gregarios que somos los humanos, basta que una pareja decida que no hay porqué arriesgarse a que los enanos de otros metan los deditos en sus centros de mesa vintage, para que dentro de poco tengamos invitaciones de boda estándar con un aviso de "para mayores de 16 años", como si en el banquete, en lugar de un powerpoint con fotos de los novios, se proyectara una peli francesa.

Así que voy a intentar cortar esto de raíz. Cuando tu amigo o familiar accede a viajar a esa ermita en el fin del mundo para ver cómo cometes lo que será en el mejor de los casos un atentado contra el buen gusto y en el peor, un error del que te arrepentirás toda la vida, cuando esta persona está dispuesta a plantarse unos zancos y un girasol en la cabeza y a hacerte una donación de tres cifras, cuando no le importa bailar la conga y el paquito chocolatero si hace falta a tu salud y la de tu espos@, no se le puede pedir que se busque una babysitter. Está feo. Muy feo. Tan feo como decirle a tu abuela que no venga porque la gente mayor os recuerda la decadencia de la carne, la proximidad a la muerte y la futilidad de la existencia, y en general os corta el rollo a la gente joven.

De hecho, yo creo que nuestros queridos amigos saben lo feo que está. Por eso no son claros del todo cuanto te comentan el tema:
-Respecto a los niños...
-¿Sííí?
-Que no hemos organizado nada
-Bueno, sin problemas, ellos con la gente y el jaleo son felices
-Es que no sé si el sitio es muy apto para los niños. Igual se aburren...
-Nahhhh, ¡qué va! Ellos siempre encuentran algo para entretenerse, y siempre hay abuelas que se entretienen con ellos
-Precisamente... ¿Tú madre no está jubilada?
-Si
-...
-...
-A ver, que si no podéis dejarlos en algún sitio, pues qué se vengan, claro

¡Pues claro que se vienen! Y si nos ponemos en ese plan los dejo sueltos en la ceremonia para que jueguen a enroscarse en las cortinas del ayuntamiento, se coman la decoración floral, y se suban al podio a hacer compañía al oficiante.¡Ya verás que alegría le dan al tema! con un poco de suerte te hacen viral y todo.

Además es quejarse sin razón. ¿Quién distrae a las tías de tu madre para que no te pregunten porqué sigues en paro? ¿Quién no tiene problema en romper el hielo (y lo que haga falta) y pasar a la pista de baile? Cuando son las ocho de la tarde y el típico amigo borracho está ya muy pesado, ¿no es genial poder darte la vuelta y decir "Un segundo, voy a coger a ese niño, que tiene pinta de querer tirarse por las escaleras"? Y cuando las criaturas caen desmayadas a las diez de la noche debajo de la mesa de los cupcakes, es tarea de sus padres recogerlos o echarles una manta encima o algo. Todo son ventajas.

En la última boda que estuvimos, los novios encontraron sin quererlo una solución óptima. Echaron por el suelo de una habitación un par de colchonetas, unas pinturas y otros juguetes. ¡Voilà! La habitación se llenó en un momento de niños con sus respectivos padres y otros adultos (machos en su mayoría). De hecho, siempre, a todas horas, sin ningún tipo de acuerdo previo, había algún adulto en la habitación. ¿Cómo puede ser eso? Muy fácil. Era la habitación del grifo de la cerveza.

Esa sí que es una tendencia que merece la pena copiar

martes, 7 de febrero de 2017

¡Hort!

Que no se diga que no hemos aprendido nada en estos años de inmigrantes.

Como poco, algunos de nosotros en la pareja, hemos aprendido alemán. Y no sólo eso.

El próximo curso nuestro pequeño monstruito trilingüe irá al colegio. La emoción del evento y la imponente presencia del tiempo que pasa siempre demasiado rápido quedan en un segundo plano ante la más agobiante, imperiosa, y pragmática necesidad de buscar algún sitio donde la criatura pueda quedarse por la tarde (para los no nativos, un Hort).

Escribiría aquí uno o dos párrafos criticando una sociedad que presupone, o por lo menos premia, a las familias en las que uno de los miembros (adivine el lector cual) se dedica en exclusiva a la crianza, pero después de un mes de no hacer otra cosa que trabajar sin descanso, quedarme en casa a cuenta de las ventajas fiscales ya no me parece una idea tan descabellada.

Pero al grano. ¡Lo que hemos aprendido! Hace cinco años, un día como hoy, servidora hacía una búsqueda en Google maps, entraba en un edificio de oficinas repitiendo "Kindergarten!, Kindergarten! y daba comienzo a una gymkana absurda en la que visitamos guarderías veganas, juramos ser católicos de los católicos de toda la vida, y sonreímos con la sonrisa más falsa que existe ante la perspectiva de pasar los fines de semana haciendo trabajos de jardinería y vendiendo tarta casera en mercadillos organizados por algo llamado Elternverein

Cinco años más tarde, ante una situación parecida, no perdemos la cordura ni nos domina el pánico, No corremos en círculos preguntando al azar dónde venden plazas de guardería, sino que sabemos lo que tenemos que hacer, nos presentamos en la sesión informativa del centro adecuado y manejamos la situación como adultos que somos.

Sí, estamos más preparados. Sabemos cómo ser encantadores, mostrar interés por el programa educativo del centro, dejar caer que estaríamos felices de pasar una tarde plantando rábanos si hay necesidad, mencionar el nombre de alguna otra madre que tiene a sus retoños en ese sitio y se pasa el día recomendándolo, jurar que se nos da muy bien hacer marionetas (para algo mi marido es checo) y sobre todo y ante todo, estar preparado para olvidarse en un instante de lo dicho, cambiar totalmente de actitud y hablar como si uno acabara de llegar en el remolque de los plátanos en cuanto se le dice que en los centros públicos se da preferencia a los padres que tienen dificultades con el idioma. Hort! ¿aquí? Hort! Hort! Yo alemán kleine. Mi Mann, todavía más kleinen. ¿Hort?




viernes, 21 de octubre de 2016

Organizar fiestas

"Enhorabuena por la nueva casa" "Muchas felicidades en este día tan especial" "Disfrutamos mucho en vuestra boda" "Tenéis un bebé adorable" "¡Feliz cumpleaños! Allí estaremos" "Nos alegramos mucho por vosotros" "¿Otra vez embarazados? ¡Qué valientes!". Durante más de una década comprar y escribir tarjetas de felicitación, acordarse de cumpleaños y aniversarios, mandar paquetes con regalos a nuestros amigos y tarjetas de Navidad a nuestra familia ha sido exclusivamente responsabilidad mía.

¿Cómo vas a pedirle a un padre que se olvida de porqué su hijo no tiene pantalones que se acuerde de elegir un regalo, comprarlo, empaquetarlo y enviarlo al hijo de otras personas? ¿Cómo puede esperarse de un hombre que se olvida el mes en que cumple años su madre una lista de invitados a la fiesta, unas invitaciones, un menú y una tarta? Resulta temerario poner en sus manos incluso algo tan simple como ir a comprar unos globos.

-Mira, cariño, puesto que estás de baja este mes, ¿puedes llamar a este sitio dónde organizan fiestas infantiles y reservarlo?
-Ya está. Hecho. Sólo tenemos que gastarnos cien euros la hora en comida y bebida
-¿Cien euros la hora? Pero eso es una barbaridad
-No, mujer, si invitamos a diez niños y cada adulto se paga un café y una tarta...
-A ver, mi amor, (no puedo creerme que te tenga que explicar esto), si invitas a gente, ¡el café se lo pagas tú!

En fin, que hace unos días fue el cumpleaños de mi hija y pronto fue más que evidente que si iba a haber fiesta no iba a ser gracias a mi medio knedliky.

Para complicar las cosas, en medio de las preparaciones, mi querido maridito vino con malas noticias del trabajo. Un compañero de la oficina de Londres había fallecido de forma inesperada. Él había decidido encargarse de mandar una tarjeta con condolencias firmada por toda la oficina de Núremberg.

-Eso está muy bien cariño (a la viuda le hará ilusión recibir la tarjeta en el décimo aniversario del deceso)

Desde ese momento y por espacio de varias semanas, cada vez que le preguntaba qué tal la vuelta al trabajo me contaba "estresado. Estoy gestionando una foto de todos los compañeros con camisas hawaianas, porque mi colega de Londres siempre usaba camisas de colores" "La tarjeta ya está firmada, pero estoy preparando una colecta" "Tengo que meter con photoshop a un compañero en la foto" "Es un fiasco. Todos han venido con camisas azules".

"¿Vas a comprar huevos para la tarta del cumpleaños de tu hija?" "Voy a parar un segundo en correos. Necesito mandar la tarjeta y una lámina con dedicatorias. ¿Tendrán tijeras? Tengo que pegar la foto ¿Te gusta más el sepia o el blanco y negro?".

"¿Estás buscando algún regalo para la fiesta?" "En un segundo. Tengo que hacer la transferencia a un refugio de gatos. A mi colega le gustaban mucho los gatos".

Total, que la fiesta de cumpleaños la he tenido que organizar yo. La tarta, las invitaciones, el picoteo, la decoración, y hasta las flores de caramelo para decorar el postre. Sólo otra madre se puede figurar la dosis de mala leche que he incorporado en la harina, la rabia con que he cortado los bordes del pan bimbo, las palabrotas con las que he decorado las paredes del salón y los malos humos con los que he hinchado los globos. Porque hasta ahora yo pensaba que mi media naranja era fisiológicamente incapaz de organizar algo más complejo que el cajón de su ropa interior y eso me daba cierta paz, pero cuando en lugar de mandarme un mail con la lista de invitados, me manda el link de la obra póstuma de su colega "canciones de Navidad para gatos" me dieron ganas de meter a mi esposo querido en un saco, ahogarlo en el rio más cercano, y mandarle una tarjeta de condolencias.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Montando un gueto

Por querer lo mejor para nuestros hijos, los padres a veces hacemos chaladuras. Desde el que asegura que es musulmán practicante para que le den plaza en la guarde al lado de casa, hasta el que paga cientos de euros por unos walkies con vídeo, música y detector de zombies, pasando por el que planta cara a un mocoso de tres años por el uso del tobogán.

Por eso los educadores, desde su imponente neutralidad, están en una posición privilegiada para cortar de raíz las tontunas de los padres. Y por eso no me pareció del todo bien que nos dijeran a principios de curso que iban a separar el grupo de mi hijo en dos y nos daban la opción de elegir con qué tres niños nos gustaría compartir grupo. Las opciones son el demonio. Piensen en los dramas que evita el uniforme escolar.

Al final sucedió lo esperado, por supuesto. La guardería se convirtió en la filial de House of Cards, con todos los padres politiqueando para que a sus hijos no los separaran de sus colegas de barbacoa. "Mira, yo te escribo a ti y a Fulano. Fulano que escriba a Mengano y cerramos el círculo con Zutano". Sólo que en lugar de Fulano, Mengano y Zutano eran Heiner Hans y Holger.

El resultado es que los hijos de Heiner, Hans y Holger han acabado en un grupo mientras que en el otro están las mezclas del tipo azerbaiyano-inglés, ítalo-árabe, checo-ibérico y todos los españoles, medio españoles, y cuarto españoles. Yo no sé si es que ha habido también encuentros en la cumbre por parte del sector patrio, lo cual no me extrañaría nada, pero es que ¡hasta la profesora es medio argentina!

A ver, recuerde el lector que mi guardería es muy pija. Que el niño cuyo padre no es doctor en física, tiene una madre cirujana, ¡que contamos incluso con celebridades entre los padres españoles! Vamos, que mi queja no es que mi hijo se vaya a juntar con gente chunga, ni muchísimo menos. Ya he dejado claro más veces que los chungos somos nosotros. ¡Mi queja es que el niño me sale de la clase chapurreando inglés!

Yo no creo que haya ningún tipo de mala intención por parte de los educadores, ni que se haya querido montar un gueto, pero es que voy a buscar al monstruito, leo los nombres de los niños y no doy crédito "¿Pero este crío también es español?" "Bueno, catalán". Y me pregunto, ¿y si en lugar de españoles fuésemos negros?

viernes, 9 de septiembre de 2016

Un inglés de mierda

El inglés. Imprescindible. Si no hablas inglés lo tienes jodido para encontrar un trabajo cualificado, conocer un país exótico sin pagar un viaje organizado o impresionar con tu retórica a un incauto Erasmus noruego. Por eso incontables padres en medio mundo hacen todo lo posible para que sus retoños chapurreen cuanto antes one-two-three, cat-dog-lizard. Con la mejor de las intenciones y el peor de los sentidos estéticos se descargan todos los capítulos de Dora la exploradora y se interesan por guarderías y escuelas bilingües.

Nosotros haríamos exactamente lo mismo, of course, si no fuera por el hecho de que después de Pocoyó en español, Pohadka o Masinkach y Maja Biene no queda tiempo de ver Peppa Pig. Digo esto como metáfora, porque en realidad es mi hijo el que gestiona sus contenidos en la tablet y un noventa por ciento de lo que ve son los vídeos de un señor que juega con trenes y abre huevos Kinder. En inglés, por cierto.

Lo que quiero decir es que la última de nuestras preocupaciones era que el pequeño monstruo trilingüe se convirtiera en cuatrilingüe. Y nuestra preocupación más reciente es que va camino de hacerlo. Las lenguas, para él, han dejado de ser "como habla mamá" y "como habla papá" para adquirir su nombre y su sentido como herramientas para presumir frente a extraños.

-Yo hablo español, checo alemán e inglés
-No, cariño, inglés todavía no lo hablas
-Síííí
-A ver, what colour is this?
-Grüüün

Ante eso, ¿qué se puede hacer si no es sonreír? Pero últimamente el pequeñajo va más allá. Mucho más allá. Por ejemplo, en medio de una conversación de adultos, se oye desde el otro extremo de la mesa "Yisuscraist, Martin!", y a lo mejor resulta que eso es justo lo que estaba pensando decir.

También le he oído chapurrear conversaciones con más o menos sentido con otros niños. "Come here! Look at this!! Guachi guachi prrrrt. ¡Jajaja!" Y cada vez lo hace con más soltura y con más acierto. Por un motivo que se me escapa totalmente, chapurrear en inglés le encanta. "mamá, what's that? Que es fuckinghelldude?"

Así que así estamos. Nuestro pequeño monstruo habla un español de mierda, un checo de mierda, un alemán de mierda, y desde hace un par de meses, un inglés de mierda.

lunes, 11 de julio de 2016

¡Qué bonito es ese niño!

Ser un poco feminista con niños pequeños es algo de lo más fácil. No hay necesidad de arengas, discursos, o grandes demostraciones. A poco que no te apetezca vestir a tu hija exclusivamente de rosa, violeta y purpurina, y regalar a tu hijo tanques destructores y figuritas de señores musculados, vas a sentirte feminista con nada de resistencia por parte de la progenie,

Por ejemplo, hace un tiempo nos dieron en la farmacia un catálogo de parches para el ojo, que el pequeño monstruito trilingüe va a tener que llevar unos meses. Aquí, como por desgracia en todas partes, vienen innecesariamente diferenciados los parches de niños, con dibujos de piratas, coches, excavadoras y superhéroes, y los parches de niñas, con flores, princesas, gatitos, y una paleta de colores tipo picadillo de oso amoroso. Por supuesto, una feministilla como yo aprovecha que el crío no sabe leer y extiende el catálogo sobre la mesa con un "escoge los que quieras, cariño".

-Princesas no -dice la criatura. Porque él ha aprendido en la guardería que la diferencia primordial entre niños y niñas es que a las niñas les gustan las princesas
-Me parece bien, amor, a mí tampoco me gustan las princesas

Una vez clarificado este extremo, mi hijo selecciona (previsiblemente) todos los parches de vehículos y de gatitos, sin importarle un comino que los pobres animales parecieran rebozados en frosting de cupcakes y tuvieran las pupilas de un adicto al speed.
-Y los búhos, mamá, también quiero los búhos.

Ser un poco feminista es fácil porque además los productos genéricos, asexuados, son normalmente más baratos que el mismo producto con merchandising de Frozen. Casi siempre. Mi hijo conduce una bici violeta con mariposas porque, en palabras de mi maridito, es la que tenía las mejores prestaciones. A mí me preocupaba un poco que los niños se fueran a reír de él, pero a sus benditos cinco años, sus amiguitos todavía no saben que los lepidópteros son cosas de niñas.

-Mi bici es mejor que la tuya.
-La mía es mejor. Mira. Tiene mariposas
-Ohhhh Schmetterlinge

¿Y la niña? ¿La traductora de bolsillo? Pues ahora que estamos en Valladolid, la gente se para todos los días a hacerle monerías y decirme que tengo un niño muy guapo. ¿Creéis que se me va la mano reutilizando la ropa del mayor? ¿Que trato de convertir a mi bebé en un alegato feminista gateante? ¡Qué va! Ella tiene sus faldas, sus volantes y sus lazos, pero no son rosa, y eso los hace indistinguibles de los faldones, volantes y lazos que llevan los chicos en Valladolid.

Sospecho que si la gente piensa que es un niño se debe a dos cosas más bien accidentales, y no a un arrebato de feminismo por mi parte. La primera, que no tiene pendientes, lo cual, al ser lo normal en Alemania, no requiere de rebeldía alguna. Y lo segundo, que la mantita del carro es azul. Y ¿por qué es azul? Pues mira, porque era el color más bonito que tenían, porque le queda muy bien a los ojos, y porque tenía un cincuenta por ciento de descuento.

Así las cosas, le he comprado una flor para la cabeza más grande que un repollo. Azul, que le haga juego con la mantita. Aunque tampoco veo imprescindible distinguir los bebés-niño de los bebé-niña a primera vista. A esta edad, si les das un coche, una muñeca, o un currusco de pan, lo van a chupar igual.

Y es que no hace falta ser terriblemente feminista para darse cuenta de es idiota que hasta la tienda de Lego esté separada por sexos. Tantos años para conseguir que las escuelas y playas sean mixtas ¿y ahora nos vienen con esto? Ya nos estoy viendo a mi medio rohliky y a mí echando a cara o cruz quién se arriesga a una sobredosis de pastel en el castillo de princesas del parque de Playmobil cuando niños y niñas se lo pasan igual de bien en el barco pirata. ¿Qué necesidad hay de que los bolsos para pañales vengan en rosa y azul? ¡Cómprate uno blanco, mujer, que combina con todo! ¿Por qué tengo que atragantarme de purpurina si quiero comprar a mi hijo un gato de peluche? Mi hijo quiere un gato, no un estereotipo sexista empaquetado en color de vagina.

Yo les recomiendo a las madres que me leen ponerse un poquito feminista. Sale más barato, es cómodo para la familia, y con un poco de suerte evitaremos que nuestras hijas paguen más por un paquete de cuchillas de afeitar rosas, cosa que les será muy útil si obtienen el típico contrato de trabajo para chicas, con purpurina, y un 20% menos de sueldo.

jueves, 9 de junio de 2016

Visita de la cuñada

Ayer por la noche, cuando ya estaba en la cama, mi media naranja se tumbó a mi lado, me abrazó y me susurró al oído “me he comido toda la tortilla”. Yo sonreí y le di un beso “te he echado de menos”.

No es que tengamos fetiches raros. Es que he estado unos días sola con su hermana que ha venido a hacer un curso de alemán, y que resulta que no come. Así como suena. No come.

A mí me gusta mucho comer. Soy como una anoréxica pero al revés. Ya puedo estar fondona como el “antes” de la publi de un gimnasio, que yo me encuentro estupenda. Las fotos, a veces, me devuelven a la cruda realidad, pero en seguida veo una tarta de queso con mermelada y se me pasa.

Mi cuñada se toma una especie de batido de proteínas por la mañana y ya está, ya no tiene que perder el tiempo masticando ni ensuciar platos. A mí eso me parece una aberración. ¡Con lo ricas que están las proteínas de un bocata de chorizo! Un momento. Pero y a mí ¿qué me importa lo que coma mi cuñada? Preguntará el lector. Pues normalmente, un bledo. Lo que pasa es que ahora está en mi casa y tengo que cocinar para el monstruito, ella, y yo, y entiendo la desesperación de mi madre al tener que tirar la mitad de la cena a la basura porque de niñas no nos gustaba el lenguadito.

La primera noche, sabiendo sus gustos, preparé una ensalada de pasta. Mi cuñada esquivó la salsa rosa y dijo que los cuatro macarrones secos y las dos tristes hojitas de lechuga estaban muy buenos (la cursiva la añado yo).

Al día siguiente, para que no vaya diciendo a la suegra que no sé cocinar, preparé un risotto para chuparse los dedos hasta la tercera falange. Ella apenas tocó lo que me imagino vería como una bomba de hidratos y grasas, se comió las sobras de la ensalada de pasta, y yo no me molesté en sacar la salsa rosa del frigo. Mi hijo dijo que el arroz puaj y el hecho de que yo me sirviera dos porciones de obrero de la construcción no impidió que la mitad de la cena acabara en la basura.

El fin de semana hice tortitas. Seis tortitas. No pude hacer menos, porque eso es lo que sale con un huevo, y no iba a andar partiendo por la mitad una yema de huevo. Mi cuñada rebuscó la tortita más pequeña, se la comió (sin sirope, ni nutella, ni gracia ninguna) y dijo que esa fritura de harina, grasa animal y azúcar refinada estaba muy buena. En lo que ella desmenuzaba una tortita yo me comí dos, con sirope de arce y plátano, y las sobras de la de mi hijo. Las otros dos, tras una breve oración y una lagrimita por mi parte, acabaron en el cubo de la basura.

Esa misma noche me poseyó el alma de una übermutter alemana y me dio por hacer empanadillas japonesas. Me quedaron tan bonitas que no podía dejar de sacarles fotos (juzgue, juzgue el lector). Mi cuñada me preguntó “qué buena pinta, ¿de qué están hechas?” y yo, visto el percal, le respondí “zanahoria, cebolla, pollo…” y según me alejaba y estaba ya casi en la cocina “y un porrón de queso”. En fin, esa noche las empanadillas se comieron. Cuando digo que se comieron, quiero decir que la mayoría me las comí yo, pero el caso es que no tuvieron que irse a la basura, que hubiera sido un crimen.

El fin de semana comimos fuera, y aunque ella dijo que no quería nada, a mí no me parecía demasiado correcto que mi hijo y yo nos pusiéramos morados mientras ella miraba. Decidí pedirme una ensalada para que así pudiera picar. Y picó. Cogió las cuatro rajas de pepino que estaban de decoración a un lado del plato y no habían tocado el queso de cabra y la vinagreta. Sí, por primera vez en mi vida me sentí culpable, gorda y sin fuerza de voluntad comiendo una ensalada.

Al día siguiente teníamos visita, así que me puse a hacer una tortilla, hojaldres y un pastel. “¿Haces una tarta?” Me preguntó mi cuñada. ”A ver qué tal queda, es una receta nueva” “Seguro que queda muy bien” “¿Quieres probarla?”. “No, es que a mí el dulce…”. Pues la tortilla no es dulce, bonita, estuve por responder. Y el hojaldre lleva el mismo relleno que las empanadillas que hace dos días te comiste gustosamente. Ahí estaba yo. Como una madre cualquiera, cabreada porque no se come la comida que pone en la mesa. Pero, ¿a ti qué más te da, tarada? Me dije a mí misma. Pero ¿por qué te pones así? Pues no sé por qué me pongo así. Sólo sé que al día siguiente saqué un pescado del congelador, lo metí en el horno veinte minutos. Así, tal cual. Lo acompañé de mala leche y un puñado de judías verdes de bote y le serví a mi cuñada una ración de pitufo, seca como una suela de zapato. Ella se lo comió encantada y dijo que ese batido de proteínas en forma sólida estaba muy bueno. Yo me fui a la cocina a buscar las sobras de la tarta.

Así que cuando por fin llegó mi maridito, nos vio sentadas enfrente de una ensalada de garbanzos, y dijo "voy a preparar unos filetes o algo, ¿no?" me dieron ganas de abrazarle, besarle, y pedirle que sacara también un poco de pan con queso. Y el chorizo. Y algún postre. Y una copita de blanco, para acompañar.

domingo, 5 de junio de 2016

Aventuras trilingües

Mi madre dice que mi primera palabra fue agua, a los siete meses de edad y en casa siempre hemos sido un poco escépticos con esa afirmación. "Que sí, que sí", dice mi madre, "que te apartaba del vaso de agua y gritabas ¡guagua!" En fin, lo dicho. Escéptica hasta hoy, que tengo que anunciar que la primera palabra de mi hija ha sido ma-má, a los ocho meses recién cumplidos.

Hay gente maledicente que afirma que sí, que dice mamá, pero que se lo dice a cualquier cosa. A esos les digo ¡no señor! ¡Ni mucho menos! ¡A cualquier cosa no! Se lo dice a la comida, lo cual es absolutamente coherente con el hecho de que me lo diga a mí. A ver, desde su punto de vista, ¿qué diferencia hay? ¿Por qué tendría que entender el concepto de ser humano? Ma-ma es lo que le soluciona la papeleta cuando tiene hambre. Aquí la única discusión pendiente es con su padre, que afirma, con una soltura un poco irresponsable, que su primera palabra ha sido el binomio papá-tata. Que sí, que mi bebé es un genio. Es evidente. Pero que su primera palabra sea papá en dos idiomas... bueno, dejémoslo en un quizás.

Mientras tanto, el monstruito trilingüe ha estado en Castilla ampliando su repertorio de español.

-Tu hijo ha dicho Ti-co-ti-ño
-¡No he dicho eso! ¡He dicho coño!
-Y tú, ¿para qué dices eso, si no sabes lo que significa?
-Sí lo sé. Es cuando quieres que alguien haga algo

Pues sí que lo sabe el maldito, sí. Entonces me callo. No le viene mal al pobre un poco de vocabulario. Y es que no sé si el ambiente de su guardería multiculti es demasiado happyflower, pero observando a mi hijo jugar con otros niños españoles en el parque, mi único pensamiento era "¡qué mal lo iba a pasar este pobre en una escuela española!". Es que mientras los otros niños sugerían jugar al fútbol, mi hijo tiraba el balón a lo alto "¡basketball!" o se ponía a cuatro patas y jugaba a ser un gatito y además resulta que esta es una de esas situaciones en las que ser trilingüe no sólo no te ayuda, sino que es una putada, a juzgar por las conversaciones entre criaturas.

-Este balón es mejor, porque es de cuero.
-¿De qué?
-De cuero
-¿Qué es eso, el cuero?
-Mira, da igual (el niño se aleja)
-¡Espera! ¡Espera, amiguito! ¡Amiguito!

A veces pienso que la única ventaja del trilingüismo va a ser protegernos a todos de la demencia. A ellos, y también a mí. Por eso del ejercicio mental:

-Mamá, ahora los coches tienen que ir a la lampa 
Lampa. Lámpara o farola en checo. Aunque suena muy parecido a "Ampel", el semáforo en alemán. Miro alrededor buscando uno o lo otro, y mi hijo me señala una regla apoyada en un extremo por una goma de borrar.
-La lampa, mamá, mira, por aquí suben los coches, saltan y ¡buuuuum!


Buuuum, Sí. Para colmo vamos a necesitar un logopeda.