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viernes, 29 de mayo de 2020

Una mochila llena de palabras

En mi familia tenemos un pasatiempo interesante. Coleccionamos palabras.

Las palabras están por todas partes y son gratuitas. Una vez en tu colección, puedes lanzarlas al aire, y allí hacen cosas increíbles: aterrizan en el oído de alguien y le hacen sonreír, o entran en un bar para pedirte unas patatas. Luego, ligeras, invisibles, vuelven a tu cabeza hasta que las vuelves a necesitar.

Ligeras e invisibles. Así tienen que ser. ¿Te imaginas que cada palabra pesara un gramo? ¿Que tuviéramos que guardar nuestras palabras en una mochila y llevarlas a cuestas?

Yo me imagino algo así.



A todos los bebés les gusta coleccionar palabras. Las recogen de cualquier parte, las chupan, se atragantan con ellas, las escupen, y por fin las guardan en su bolsa de viaje.



Pero a algunos bebés, cuando nacen, les dan dos o tres bolsas para sus palabras y tienen que aprender a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con su galleta como viene la otra con su sušenky, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto.



Así son mis hijos. Con los años, en lugar de acabar con todo su lenguaje bien dispuesto en una maleta, ellos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas.



Y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren.


A veces encuentran las palabras correctas, pero no las han sacado de la bolsa adecuada...



…Y el resultado no es el esperado.




Y a veces, aunque todo sea correcto...



Sí, es complicado, pero vivir con varios idiomas es también divertido. En Navidades Jezisek, los Reyes Magos y el Christkind nos alegran las fiestas.



Tres idiomas transmiten más información que uno.



Disfrutamos de pequeñas competiciones entre el equipo español y el checo.



Y de vez en cuando nos permitimos ser un poco arrogantes.


Y les permitimos ser un poco arrogantes.



Pero después de años jugando con las palabras como si fueran bloques de Lego, hay que ponerse serio porque empieza el colegio. El primer día la mayoría de los niños llevan todo su lenguaje bien organizado en una maleta. Pero los nuestros, tienen que dejar sus mochilas de español y checo en casa, y apañarse con su bolsa de alemán.



Para ayudar a niños como los míos a llenar sus mochilas, algunas escuelas proponen juntarlos en un grupo pequeño en el que se refuerce el alemán. El problema es que, si estos niños ponen sobre la mesa todas sus palabras, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke. ¿Quién les va a regalar los sustantivos que les hacen falta?



Algunas familias intentan hablar un sólo idioma en casa. Podría ser una buena idea, pero por más que busco en mi modesto bolso de mano, no encuentro qué puedo ofrecer a mis hijos que no tengan ya. Ni Eichhörnchen ni Einhörner aparecen en mi equipaje.

—Leer también vale, mujer

—¡Ah bueno! ¡Eso lo hago encantada!



Auf Deutsch, klar.





No podemos evitar preocuparnos. Pensábamos que sería un regalo vivir con tantos idiomas, pero a veces es más bien un problema que hay que solucionar. Logopedia, actividades de refuerzo, juegos educativos, libros especiales… intentamos ayudarles tanto que no les dejamos tiempo para aprender palabras del modo que siempre lo han hecho: jugando.



Así que nos hemos parado un momento a pensar…

 

 

 

 

 

…y hemos descubierto algo que ya sabíamos.


El equipaje de nuestros niños es algo especial y necesitan que les demos tiempo para prepararlo. Tienen que meter los mandiles que les regaló la abuela, los punčochače para el frío, y los Brezen que a veces compran en el colegio. El Patio de mi Casa, y Včelka Mája. Son tres maletas que no pueden abandonar, porque han guardado en ellas tres esquinas del mundo. Es un equipaje único, del que nos sentimos orgullosos.



Es un equipaje que nunca deja de crecer, y cuanto más crece, menos pesa.

Porque las palabras no pesan nada.

Ni un gramo.




miércoles, 4 de julio de 2018

Preguntas, preguntas...

Los niños preguntan cosas. Es lo que hacen. Hacen preguntas sin filtro alguno y con más o menos interés en la respuesta.

La traductora de bolsillo, por ejemplo, tiene varias preguntas favoritas que repite hasta que la respuesta es satisfactoria. "¿Qué ases? ¿Qué ises? ¿Qué eseso?" Estas preguntas son en principio fáciles de contestar, pero tienen trampa.
-¿Qué ases?
-Mamá está en el baño
-¿Qué ases?
-Hago pis
-¿Qué ases?
-Pis
-¿Qué ases?
-Piiiis
-¿Qué ases?

Desde que el monstruito trilingüe está en el cole, viene con preguntas cada vez más difíciles.
-¿Porqué Selim no come cerdo? ¿Porqué no soy alemán? ¿Las mariquitas sin puntos son mariquitas bebés?

En cuestiones técnico-científicas, sólo me pregunto cómo lo hacían nuestros padres sin Internet. Ahora, con un click o dos, puedo responder con seguridad a mi vástago que no, que eso es un mito común, pero que el número de puntos en las mariquitas depende de la especie.

Hablarle de ciencia a un niño es genial. Uno puede pasarse horas contándole cosas. La Tierra gira alrededor del Sol y las tortugas nacen de huevos. Podemos hacer matizaciones aquí o allá, pero si la ciencia es sólida, es improbable que mañana cambie. Si empezamos a observar tortugas vivíparas por el barrio, algo muy chungo está pasando.

Hace poco descubrí que hablar de arte con un niño también es fácil y además divertidísimo, porque al contrario que la ciencia, el arte está abierto a mil interpretaciones. ¿A ti qué te parece este lienzo completamente blanco? ¿Te gusta? Mhmm, muy respetable. Supongo que aprecias el minimalismo como reacción al expresionismo abstracto. A mí personalmente me parece una tomadura de pelo.

Los temas sociopolíticos son más complicados porque uno se mete en un terreno entre los hechos y la libre interpretación de los mismos. La ideología. ¿Porqué no eres alemán? Pues es complicado de explicar. El concepto de país y las leyes que lo rigen dependen únicamente de un acuerdo entre humanos. Son entidades imaginarias, pero tienen implicaciones absolutamente reales, como por ejemplo, impedirte estar en cierto punto geográfico. Si mañana todos los humanos dejáramos de creer en el concepto de Alemania, el país dejaría de existir, pero las tortugas seguirían poniendo huevos y seguiría siendo discutible si un lienzo en blanco es una tomadura de pelo.

Sin embargo, es inevitable atacar estas cuestiones. Si no contestas las preguntas del monstruito, va a encontrar las respuestas en el patio del colegio, y, seamos sinceros, prefiero no confiar la educación de mi hijo a la progenie de gente con según qué foto de perfil en el Wassap. Así que recientemente mi hijo y yo hemos empezado a hablar de Historia, política y religión, y chica, resulta que he nacido para esto.

Hemos hablado horas. Tocamos el tema de las guerras en Europa, empezando por la Revolución Francesa y relacionado lo que le pasó a Napoleón en Rusia con la segunda guerra mundial. Hablamos de la sociedad de naciones, y de si puede haber guerras justificables. Tuve especial cuidado en presentar los hechos y dejarle extraer sus propias conclusiones. Y tengo que decir que, modestia aparte, se me da genial.

-Mamá
-¿Sí, amor?
-Entonces, si quiero conquistar Europa...
-¿Síííí?
-Mejor evito Rusia en invierno
-Exacto

Creo que como mínimo, estoy ofreciendo a los niños temas interesantes para discutir en el recreo.



miércoles, 9 de mayo de 2018

Un amor de madre algo miope

Para una madre, su hijo es el mejor del mundo entero. El más guapo, el más listo. El que seguro que llega a futbolista. Aunque el resto del mundo piense que el niño en cuestión es un grano en el culo, y más feo que un troll, su madre lo ve perfecto. ¿Tan ciegas estamos? Yo creo que no. El amor de madre es incondicional, pero no ciego. Si acaso, algo miope.

Esto viene al caso porque hemos tenido otra charla en el cole de esas en que nos cuentan que el pequeño monstruo es muy listo, sí, pero también es un dolor de muelas. Su mesa es un caos. Interrumpe la clase. Su mochila es un caos. No escucha, no sigue las normas. Su estuche es un caos Tiene dos pies izquierdos... la profesora cree que es hiperactivo y tiene déficit de atención.

No estoy ciega, no. Yo entiendo que mi hijo pueda ser un dolor de muelas. El monstruito tiene mucha imaginación. A menudo entra en su mundo especial, se pone a luchar contra dragones o Pokémon, y los sonidos de la vida tangible no le llegan, sea su madre, su profesora, o la realidad de una cena sobre la mesa. Tener que repetirle las cosas veinte veces, claro, es irritante.

Además el monstruito es muy curioso. Cuando leemos juntos, me interrumpe constantemente para hacerme preguntas. ¿Qué es eso? ¿Y lo otro? ¿Y por qué? Y una tiene que responder que tampoco se ha leído el libro y que tendremos que pasar la página para descubrirlo. Así que él se pone a pasar páginas antes de tiempo, a ver si los dibujos le resuelven las dudas. No se puede negar que la lectura sería más fácil si se estuviera callado y quieto.

Por si esto fuera poco, el monstruito es un niño que enseguida se emociona con las cosas, sean los tiburones, o las banderas de los países de África. Le digo que deje de pensar en las musarañas y acabamos buscando musarañas en Internet y aprendiendo que musaraña en alemán se dice Spitzmaus. Y cuando aprende algo, no puede esperar para decírselo al mundo. Todo lo quiere contestar, todo lo quiere comentar. Yo entiendo que en una clase esto pueda resultar molesto. 

Y para colmo, mi hijo es un rapidillo. Hace la tarea en un segundo, y el resto del tiempo en lugar de esperar sentado y tranquilo a que todos acaben, mirando a la pizarra por ejemplo, se levanta, le pregunta algo al compañero, y molesta a todo el mundo. Si por lo menos se desfogara haciendo ejercicio... pero no. A él le gusta cambiar cromos y jugar al ajedrez.

Todo esto es muy cansino para la profe, es irritante, yo lo entiendo. Pero ser un dolor de muelas no es una enfermedad en sí, ni es motivo para medicar a alguien. Ahora bien, si la profe necesita un paracetamol al llegar a casa,  y quien dice un paracetamol dice un vodka, no seré yo quién la juzgue.

lunes, 30 de abril de 2018

Querido colegio

Querido colegio,

No he podido dejar de observar que las cartas y otras comunicaciones que recibimos vienen generalmente dirigidas a mi. Parece que dirigir las cartas a la madre en lugar de al padre o a la familia es lo usual en esta escuela, y tengo que decir que me sorprende y me pregunto el motivo.

No quiero que piensen que me preocupan más las formas de las cartas que su contenido. Para mí, como para su padre, la educación de nuestro hijo es lo primero. Pero precisamente, parte de esa educación es aprender el lugar que hombres y mujeres tienen en la sociedad. Creo que el hombre o mujer que nuestros hijos serán en un futuro tiene mucho que ver con las expectativas y estereotipos que se les imponen desde su familia y desde la escuela.

En mi familia pensamos que no hay ningún motivo para que la responsabilidad del cuidado y la educación de los niños tenga que recaer en la madre. Su padre y yo no creemos que haya tareas, aptitudes, actitudes o colores específicamente femeninos o masculinos y entendemos que cada ser humano es libre de desarrollarse sin este tipo de limitaciones.

Puesto que los niños tienen que convivir con opiniones diversas sobre qué pueden o no pueden hacer en función de su género, en casa ponemos un cuidado especial en no perpetuar estereotipos. Tratamos a mi hija y a mi hijo de manera idéntica, procuramos no caer en tópicos (mamá limpia, papá trabaja, el rosa y las muñecas son para las niñas...), y cuestionamos a mi hijo si viene diciendo cosas como "a las chicas les gustan las princesas". "¿Tú crees? ¿A los chicos no les pueden gustar las princesas? ".

En lo que respecta a la convivencia con otras culturas seguimos el mismo principio, que me parece evidente. Sería absurdo pensar que a mi hijo, por ser español, le va a gustar el fútbol. No es el caso. La orientación sexual, las discapacidades, etc, no deben ser una razón de discriminación.

Espero y deseo que el ideario de la escuela esté de acuerdo con las ideas que he intentado describir en estos párrafos. Si no es así estaría interesada en saberlo, puesto que es importante para mi que mi hijo se eduque en valores de igualdad y tolerancia.

Y si, por el contrario, están de acuerdo conmigo, les agradecería que intentaran poner cuidado también en las pequeñas cosas, como a quién se dirigen en la correspondencia. Nuestros hijos están en una edad en la que nada se les escapa, y nosotros, educadores y padres, tenemos la oportunidad de librarles de los prejuicios con los que nosotros, por desgracia, hemos tenido que convivir y contra los que ahora tenemos que luchar.

Un saludo




lunes, 26 de febrero de 2018

El monstruito trilingüe y el Ordnung

El Ordnung es muy importante por estos barrios. En la escuela los niños no sólo tienen que mantener su mesa, su mochila y su estuche en orden, sino que tienen que hablar y escribir ordenadamente, in Ordnung. Mi hijo y el Ordnung no se llevan bien. Ni en casa, ni en el cole.

"No es tan importante, mamá". Me dice el pequeño monstruo cuando le pregunto porqué su mesa de trabajo tiene la pinta de haberse salvado por los pelos de un naufragio. Tiene razón el pequeño, en que dependiendo del punto de vista que tomemos, hasta nuestra propia existencia es irrelevante, pero si consideramos la evaluación de mitad de curso en la escuela del monstruito, el Ordnung es lo más importante del mundo.

Así que presionada por el colegio, y porqué no admitirlo, tratando también de conseguir que la gente que entra en mi casa deje de gritar "¡Dios santo! ¡Os han robado!" he puesto en práctica una idea que, modestia aparte, es genial. Es un juego de la Oca modificado: el monstruito tiene tres tiradas de dados para llegar al final del juego y conseguir un premio. Las casillas tienen preguntas del tipo "¿está el abrigo colgado? ¿Te has lavado los dientes?" y dependiendo de la respuesta, uno avanza o retrocede.

A mi hijo le encantan los juegos y le encanta el premio (una carta de Pokémon) así que después de una semana de jugar, no tengo que recordar al monstruito que tiene que acabar los deberes, ayudar a recoger la mesa, preparar su mochila, ponerse el pijama... un éxito redondo. ¿O no?

El caso es que me he dado cuenta de que con este método podría convencer al monstruito de hacer lo que quisiera. Si en lugar de la casilla "¿Están los juguetes recogidos?" tuviera la casilla "¿has ofrecido el sacrificio diario al dios Bulky de la montaña?" mi hijo se aseguraría de tener carne fresca en el altar cada noche. ¿Por qué? ¿Porque Bulky se merece eso y más? ¡No! ¡Porque al final del día tendría más probabilidades de ganar una carta de Pokémon!

Darme cuenta de esto me ha producido un ligero malestar. Sobre todo cuando constato que el enfoque de la escuela en lo que al Ordnung se refiere es a veces muy parecido. No sé si a ellos les funciona su método del diario "hoy he escuchado en clase", pero es que no conocen a mi hijo. Mi juego funciona. Los deberes están hechos, y ya no tengo que recoger sus calcetines sucios del suelo, y sin embargo... Imagina que tu pareja sólo hiciera la mitad que le corresponde en casa por la oportunidad de ganar cincuenta euros cada noche.

Alguien me dirá que tengo que explicarle a mi hijo que el orden sirve para mejorar la convivencia. Pero quién piense que puede convencer a su hijo de seis años con razonamientos lógicos para ser más ordenado es que todavía no sabe cómo funcionan los niños. Me explicarán también la importancia de crear hábitos, pero tengo que responder con escepticismo. Creo que incluso los hábitos deberían crearse sin perder de vista las buenas razones. Tengo la incómoda impresión de que estamos haciendo todo lo posible porque nuestros hijos encajen en un molde, ¡ah, el Ordnung! y ya les explicaremos el porqué cuando crezcan. Y ahí tenemos otra pregunta incómoda: ¿porqué necesitamos que los niños estén callados en clase, que no den la lata, que hablen sólo cuando se les pregunta, que tengan su estuche y su mesa en orden? Pues en gran medida, porque si no la vida de los profesores sería un infierno. Es comprensible, como es comprensible que mi vida es más fácil también si no tengo que gritarle a mi hijo para que ponga el abrigo en la percha.

Así que al final igual tenía algo de razón el monstruito cuando decía que no es tan importante, mamá. Al menos tenía más razón que ahora, que piensa que recoger la mesa es importante porque puedes ganar una carta de Pokémon.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Carga mental

Diez de la mañana. Estoy en el trabajo en medio de una reunión. Llama mi medio knedliky. Me asusto un poco, porque mi queridísimo rohlik no llama normalmente para desearme una buena mañana. Tampoco llama para decir que ha llegado bien cuando va de viaje, ni para decir hola después de una semana fuera, ni para decir qué día vuelve. O sea que cuando llama me preocupo. Pero en fin, estoy en una reunión y le respondo por mensaje que me escriba por favor lo que tenga que decir. No escribe. Llama de nuevo. Tiene que ser importante. Me acuerdo de que la niña tenía un poco de fiebre y me los imagino en urgencias. Entro en uno de esos estados de pánico irracional. Contesto la llamada en un susurro "¿qué pasa? Estoy en una reunión" ¿Qué me contesta mi medio párečky? "No encuentro las llaves del coche. Tampoco las de repuesto. ¿No sabes dónde están?" ¿Es que acaso guardo yo las llaves? Nop. ¿O fui yo quién cogió el coche por última vez? Para nada. Lo que pasa es que yo soy la "encontradora" de la casa. Es un superpoder que he desarrollado con los años. Y, como suele pasar en las películas de superhéroes, más que un poder es una putada.

Recojo al monstruito trilingüe del cole. En su cartera, como de costumbre, un papelito. Que paguemos dos euros a mayores de los tres que nos dijeron ayer que pagáramos y que traigamos dos paquetes de folios con las especificaciones que se detallan. Ayer nos comunicaron que los viernes de de adviento tenemos que poner té a los niños en la botella de agua. He recibido papelitos con instrucciones para la celebración de San Martin, papelitos por si queremos ir con nuestras tijeras de jardín a trenzar ramas, y otro papel para que firmemos que hemos recibido el calendario de clases y que hemos entendido que no hay que destrozar los libros de texto. Estoy hasta el otoño de papelitos. ¿Porqué no piden el dinero que necesiten a principio de curso? ¿Por qué no intentan mandar toda la información en una sola circular? ¿Por qué no se bajan de su máquina del tiempo y nos mandan un mail? Si me vas a responder "Yo lo apunto todo en el móvil" o "es que hay gente que no tiene mail" igual te has equivocado de blog. Tiene que haber algún otro sitio donde te expliquen cómo hacer unicornios con un pepino y un huevo duro para la merienda de tus vástagos. Yo personalmente creo que alguna hija de perren en la escuela se pone cachonda cuando nos obliga a las madres trabajadoras a ir entre semana al Müller a por unas tijeras de jardín y un taco de folios. Hay gente que con tal de llamar la atención, cualquier cosa.

El lunes trabajo desde casa con la pequeña traductora de bolsillo. Voy un segundo al baño, vuelvo, y mi ordenador no se conecta a Internet. Hmmm ¿Qué habrá pasado? Resulta que alguien ha sacado la tarjeta con la que me identifico en el ordenador y long story short, me tengo que pasar la siguiente media hora buscándola por toda la casa. Sin nadie que me vaya diciendo frío-frío, caliente-caliente.

Esto viene a cuento de la idea de carga mental. Aquí lo que dice Google al respecto:

La carga de trabajo mental es un concepto que se utiliza para referirse al conjunto de tensiones inducidas en una persona por las exigencias del trabajo mental que realiza: Procesamiento de información del entorno a partir de los conocimientos previos.

Pues resulta, señoras, que las mujeres somos las que en la mayoría de los casos llevamos toda la carga mental de la casa. Las que sabemos que hay que poner una lavadora, que nos hemos quedado sin leche, que el viernes hay que llevar un pelo de oso hormiguero a la guardería, que hay que pagar a la babysitter y que ya va siendo hora de llevar al peque al dentista.

Lo malo de la carga mental es que es un trabajo que lleva tiempo, pero no funciona muy bien como argumento cuando estás discutiendo quién pone el lavavajillas. "Te toca a ti" "¿por qué?" "Porque yo soy la que sabe dónde están los pijamas de los niños". Lo malo es eso, pero no es lo peor. Lo peor es que en lugar de atender a mi reunión de trabajo estoy intentando recordar dónde pueden estar las llaves del coche, y en lugar de pensar en ese problema que tengo que solucionar, mi cerebro está intentando calcular si es viernes de adviento o todavía no.

Podría simplemente no hacer nada, claro está. Dejar que mi miláčku comparta la carga mental. La semana pasada lo probé.

Estoy trabajando tranquilamente cuando me llama mi medio knedliky:
-¿A qué hora sale el monstruito del cole?
-No tengo el horario conmigo, está en un papel en casa
-¡Ah! Es que parece que ya ha salido de clase y no lo encuentro.
-¿Me llamas al trabajo para decirme que has perdido al niño? ¿Qué quieres que haga desde aquí?
-...
-¿Te acuerdas de que hoy iba a jugar con un amigo? Llama a la madre a ver si está con ellos
-No tengo el número
-Está en el wassap de la clase
-No tengo wassap

Llamo a la madre en cuestión
-Pues es que hoy trabajo, los ha ido a recoger mi marido. Ahora le llamo

Moraleja. El día que decidas compartir la carga mental, procura coordinarte con otras madres, no sea que ellas decidan hacer lo mismo. Eso, o lo hacemos todas a la vez y cantamos mientras arde Roma.

jueves, 12 de octubre de 2017

Mis hijos y su equipaje

Imagina que el vocabulario, la gramática, y la pronunciación de una lengua fuese algo físico que tuviéramos que llevar como quien lleva un equipaje. Yo, por ejemplo, llevaría conmigo una maleta de las grandes con mi español, una mochila de las de montaña con mi inglés, un bolso de mano con mi alemán, una riñonera con mi checo y un monedero con algo de francés.

La mayoría de los niños nacerían con un bolso que van llenando con todas las palabras que encuentran por ahí. En la tele, en el parque, tiradas por la cocina, en casa de algún amigo... ¡todo dentro! Juntando y acumulando hasta que al cabo de un tiempo pueden cambiar su bolso por una maletita, y llevarla orgullosos a la guardería.

A mis hijos, los pobres, nada más nacer les hemos dado tres bolsos, y han tenido que ir aprendiendo a organizar donde corresponde lo que les da cada persona. Tan pronto viene una abuela con sus párečky que hay que meter en el bolso de checo, como viene la otra con su salchichón, y aunque a primera vista es la misma cosa, hay que colocarla en un sitio distinto. Así, con los años, en lugar de acabar con todo bien dispuesto en una maletita, mis hijos van por ahí arrastrando mochilas y bolsas y a menudo tienen que pararse un momento a sacar y meter cosas hasta que encuentran la que quieren. Me duele la, el... ¿bauch? ¿břicho? ¿belly? ¡Barriga!

Al principio esto es divertido. Sacar las cosas checas en casa de los abuelos españoles y enseñarles qué pinta tiene una kráva, coger los zapatos en lugar de los Schuhe cuando te apetece, volver loco a papá jugando al veo-veo, y conquistar a camareros de media Europa pidiendo zumo en tres idiomas. Pero después de varios años de tratar las palabras como si fueran bloques de Lego con los que jugar estamos empezando a lidiar con los problemas de los niños trilingües.

Por ejemplo, una cosa que a veces les pasa es que si llevan mucho tiempo utilizando una mochila, les cuesta encontrar las cosas que tienen en otra. Es algo que entiendo bien cada vez que voy de compras en Chequia, pregunto si tienen otra talla en una mezcla de alemán-pobre y checo-triste, y parezco idiota.

Otro problema que uno se puede imaginar es que aunque mis hijos han acumulado un montón de términos y expresiones, están todas repartidas en sus bolsas, y cuando llegan a la escuela y tienen que dejar sus mochilas de español y checo en la entrada, no pueden competir con el equipaje de otros niños. ¿Floh? ¿Kopfsalat? ¿Fußballweltmeisterschaften? Esas cosas no las han oído nunca.

Mis hijos, por supuesto, no están solos en esta tesitura. Y la escuela ha decidido que la mejor manera de gestionar la situación es juntar a todos los niños que necesitan llenar sus mochilas de alemán en un grupo aparte. Eso me pone muy nerviosa. ¿De dónde se supone que van a recoger estos niños la gramática y el vocabulario que les falta? Me parece que si sacan todo lo que llevan encima y lo ponen encima de la mesa, aparecerán muchas Blumen, pero ningún Sträucher, y muchos Insekten, pero ningún Heuschrecke, mientras que estando en el grupo normal, nadie tiene que recordar a los niños que compartan tanto lápices como vocablos.

Otra cosa que nos han recomendado es que en casa hablemos y leamos en alemán. No sé qué se piensa la profesora que tengo en mi modesto bolsito de mano que le pueda servir a mi hijo. Desde luego, por más que busco, la correcta declinación de los adjetivos no aparece por ninguna parte. Sé que la puse por ahí, pero cuando la necesito nunca la encuentro. La profesora también me ha recordado las bondades de dar ejemplo con la lectura. No he podido dejar de responder que raramente estoy a más de un metro de un libro, y que además leo libros a mis hijos todas las noches, y con gusto, poniéndoles diferentes voces a los personajes. La lectura en alemán, ha puntualizado. Al parecer tengo que cambiar mi rutina nocturna, que todos disfrutamos, por el enunciado a trompicones de un texto que me es ajeno. Todavía me acuerdo de cuando eran pequeños y se enfadaban si intentaba leerles un libro en checo. Esas no son tus palabras, mamá, parecían decirme. No son tontos, mis hijos, no.

Me gustaría continuar diciendo que pese a todo sigo estando feliz de darles a mis hijos la oportunidad de hablar varias lenguas. Que Internet, así en general, parece estar de acuerdo en que es una buena idea, y que cuando crezcan me lo agradecerán, pero la verdad es que estoy empezando a sentirme terriblemente culpable. Lo que pensábamos que sería una "ventaja" se ha convertido en un "problema" y aquí estoy, buscando una logopeda, alguna actividad donde mi hijo pueda practicar el alemán, libros de primeras lecturas, juegos de letras... y ese es tiempo que mis hijos no están practicando matemáticas, tocando instrumentos o jugando al ajedrez. Me da miedo que leer pase de ser un juego a convertirse en una obligación penosa y nunca lleguen a apreciar el lenguaje como lo hace, por ejemplo, su madre, y sobre todo, me preocupa que sean considerados alumnos mediocres, cuando lo único que "de momento" es mediocre es su alemán.

Me gustaría explicarle eso a la profesora. Que mis hijos no son tontos, pero necesitan tiempo para llenar sus mochilas. Quizá tres veces más tiempo que otros. Necesitan jugar con instrumentos para aprender qué es un Geige, y jugar al ajedrez para aprender los nombres de las piezas y desde luego no puedo pedirles que guarden en un armario el español porque no quiero privarles de la oportunidad de aprender palabras tan bonitas como mandil, que sólo les puede regalar su abuela. Me gustaría explicarle a la profesora que entiendo que no es "su tarea" solucionar "el problema" de mis hijos con el alemán, pero quizá si dejáramos de verlo como un problema y entendiéramos que los que tienen una tarea son mis hijos, que tienen que ir recogiendo lo que los demás les ofrecemos, y que eso, simplemente lleva tiempo, se nos ocurriría cómo podemos ayudarles de la mejor manera.

jueves, 17 de agosto de 2017

Empieza el cole

El tiempo pasa que da miedo y así a lo tonto ayer fue la despedida del monstruito trilingüe en la guardería.

Cómo las educadoras son gente astuta, la fiesta fue sólo para los niños, con lo que todos nos ahorramos una tonelada de kleenex, un buen número de frases hechas, y vacías promesas selladas con intercambios de número de teléfono.

Los niños no hacen nada de eso. Los niños comieron tarta y constataron que su mochila era la más bonita de todas. Sí. Cuatro semanas antes de que empiecen las clases se da por hecho que todos los niños tienen ya su mochila. Porque al parecer las mochilas de escuela se acaban en Junio y ¡pobre del que no la tenga ya comprada! Por una vez, ésto lo hemos hecho bien. Fuimos a un outlet de mochilas en Mayo y hace ya meses que tenemos el resto del material. Es importante hacer estas cosas pronto, para tener toda la atención de las señoritas de la papelería que se encargan de explicarte que estás equivocada cuando pretendes comprar un paquete de lápices a un euro la docena. Los lápices blandos que un escolar de hoy en día requiere deben ser triangulares, gordotes, y costar cuatro veces más que uno normal. La situación me recuerda mucho a cuando nos vendieron un cepillo de dientes como parte del equipamiento para el nuevo bebé. Y como entonces, mi única reacción es asentir y presentar cuando requerida mi tarjeta de crédito.

Después de la fiesta los niños se llevaron un archivador con una colección de fotos y trabajos de sus años de guardería. Así los padres pueden emocionarse tranquilamente en casa con el progreso del pequeño vástago y lo joven que una misma parecía en la fiesta de Navidad de hace tres años.

En mi caso, abrí el archivador ya con las lágrimas en el rabillo del ojo. Esperaba encontrarme dos grandes épocas artísticas. La época de los transportes, que fue de los tres a los cuatro y medio, en la que el pequeño artista representaba remolques, limusinas, trenes de vapor y locomotoras eléctricas a base de círculos y óvalos cada vez más complejos. Luego, sin pasos intermedios, vino la época submarina, con folios pintados en azul y una fauna en aumento de animales y vegetales marinos. En un acto de genialidad absoluta, las obras de arte venían acompañadas de un folio adicional, con una isla de las de palmera gigante en el medio, y un ocasional submarino. Este folio se colocaría encima del anterior para darle perspectiva, resultando en un díptico que ríete  tú de los retablos románicos.

En lugar de eso me encuentro la evolución, mes a mes, de tres elementos: una casa, un árbol, y una persona. Y sí, uno ve cómo el monstruito dibuja cada vez mejor la casa, el árbol y la persona. Pero es que a mi hijo no le gusta dibujar casas, ni árboles (salvo la palmera mencionada), ni personas. Mi hijo dibuja tiburones, algas, tortugas y limusinas con todas sus ruedas. Sus dibujos de personas son una mierda, con perdón. Aquí hay que hacer un inciso para explicar que la madurez de un niño para empezar la escuela se valora, entre otras cosas, en la medida en que es capaz de dibujar el arbolito, la casa y el monigote, así que, al parecer eso es lo que practican en la guarde. A dibujar casas, árboles y señores.

Tengo que decir que ésto me ha dejado en estado de shock. Con unos pocos dibujos, mi hijo ha dinamitado una de las pocas cosas en las que todavía tenía una fe inquebrantable: La educación, sobre todo la pública, y el sistema de calificaciones. ¿Cómo es posible que se coarten los instintos creativos de mi retoño de tal manera? Si se busca una medida de la evolución del niño, que se cuente el número de especies submarinas que incluye en sus dibujos, en lugar de buscarla en los cuatro palos con los que mi hijo da por terminada con desgana absoluta la tediosa tarea de producir un ser humano en el papel. 

Así que ahora, además de emocionada, estoy acojonada. ¿Eso es lo que va a hacer el cole? ¿Contribuir a la extinción de su rica fauna imaginaria? ¿Necesitaremos clases de apoyo para que no olvide la creatividad con la que viene de serie? Por de pronto voy a buscar uno de sus bodegones marinos y colgarlo bien visible en su habitación. 

Océano con tiburón, peces y plancton. Pintura de lápiz sobre papel.